(navigation image)
Home American Libraries | Canadian Libraries | Universal Library | Community Texts | Project Gutenberg | Children's Library | Biodiversity Heritage Library | Additional Collections
Search: Advanced Search
Anonymous User (login or join us)
Upload
See other formats

Full text of "Dos campañas"

IFP325 

M35 







(S S//Y/YY/.J 




THE LIBRARY OF THE 

UNIVERSITY OF 

NORTH CAROLINA 




ENDOWED BY THE 

DIALECTIC AND PHILANTHROPIC 

SOCIETIES 



F2325 

.M35 







Dos Campañas. 



Digitized by the Internet Archive 

in 2012 with funding from 

University of North Carolina at Chapel Hill 



http://archive.org/details/doscampaasOOmrqu 



Caracas: 19 de diciembre de Í916. 

Señor General J. Y. Gómez, etc., etc., etc. 

Maracay. 

Mi respetado General y amigo: 

Desde la memorable semana en que se inauguró el ramal 
de la Carretera del Este que demora en Gualire y la admirable 
Carretera de Maracay a Ocumare de la Costa, concebí el pro- 
pósito de hacer público, en las páginas de un libro, el concepto 
que sugiere la personalidad benemérita de usted, en las dos 
faces que mejor la revelan: esto es, como guerrero y como ad- 
ministrador. Ese propósito adquirió creces en mi pensamiento 
cuando le oí a usted en tres ocasiones durante aquellos días: 
primero a la sombra de un procero samán en su finca denomi- 
nada "La Aduana", después en esa misma ciudad con motivo 
de habernos hecho usted leer importantes documentos de ac- 
tualidad y por último en un apacible sitio de "El Castaño", otra 
de sus ricas fincas de Aragua y Carabobo. 

En esas ocasiones nos habló usted de la manera familiar y 
convincente que sabe hacerlo, cada vez que se refiere a su lim- 
pia historia de hombre de trabajo, de militar y de Magistrado, 
y su conversación, fácil y sencilla, pero llena de verdades y de 
saludables enseñanzas para toda mente patrióla, me dio los 
elementos indispensables para escribir este libro. 



Hacía ya seis años que le conocía a usled muy bien como 
persona pública y ¡trinada, seis años durante los cuales lo he 
servido estando a su lado casi lodo ese tiempo; el suficiente 
para valorarlo en sus crecientes cualidades de amigo personal 
y político, pero nunca como en tales ocasiones fué tan cabal 
ese conocimiento ni de laníos quilates la apreciación que he 
hecho de la nobleza de alma de usled, de su lealtad sin lacha, 
de su honradez a toda prueba y de su espíritu bondadoso y 
tolerante, pero muy enérgico cuando el deber lo reclama, tan 
enérgico que generó la voluntad férrea del Héroe del 19 de 
Diciembre de 1908. 

Yo, General, he culi i nado el l ralo de muchos hombres de 
bastante significación política y los he senado con la fidelidad 
con que por índole y educación sé hacerlo, mas en ninguno he 
Judiado esa altísima consecuencia de usled para con el compa- 
ñero de Causa y con el subalterno, esa eminente magnanimi- 
dad suya que no se agola ni varía y de cuyo heroísmo — tan es- 
pléndido como la valentía de usled ante los peligros — es lesli- 
monio evidente la carta dirigida '(d general Cipriano Castro el 
2'nle mayo de 1906. 

Por eso en las páginas de este libro campea el lenguaje 
augusto de la Verdad — aliada inseparable de la Justicia — y 
abundan las frases de alabanza para el General Juan Vicente 
Gómez y las de reprobación para el hombre que por la con- 
duela que observara con usled es un ejemplo viviente del grado 
de iniquidad a que puede llegar la ingratitud humana. 

He aquí mi homenaje para el Bienhechor de Venezuela, el 
19 de Diciembre de 1916. 

Su leal amigo y servidor, 

V. MHRQUEZ BUST/LLOS. 



PREFACIO 



El título de esta obra no es uno de esos nombres llamativos — más 
o menos raros — que se colocan a la portada de un libro, sólo para atraer 
la atención de los lectores, sin cuidar que corresponda a los hecbos que 
se narran y comentan, a las ideas que se expresan, a los propósitos, en 
fin, que guian al autor cuando enuncia su manera de apreciar épocas y 
sucesos, hombres y cosas. 

"Dos Campañas" es el título de este estudio en que a la luz de la 
verdad se exponen también dos jornadas de la vida pública del General 
Juan Vicente Gómez: aquélla que arranca del 21 de Diciembre de 1901 
y va a su ápice el día de la expugnación de Ciudad Bolívar ante la arre- 
metida del Caudillo previsor e impetuoso, y esta otra, comenzada ocho 
años hace, en la fecha que rememora hoy el patriotismo venezolano. 
Ambas destacan al guerrero y al hombre de Estado y serán definitiva- 
mente rendidas cuando el brazo y la mente del Paladín de Diciembre 
den el fruto máximo de sus esfuerzos, por medio de la acción y del pen- 
samiento, hasta legar a lo futuro, junto con la magna empresa cabal- 
mente verificada, una Patria plena de salud por la función normal de 
todas las fuerzas vivas que la integran. 

Campaña, en la rigurosa acepción de la frase, no debería llamar- 
se la obra administrativa y política del General Gómez, pero la palabra 
es tan vigorosa, expresa tan bien el compendio de luchas y peripecias que 
tiene que superar un estadista en nuestras democracias para obtener 
éxito en sus labores e imponer el progreso en todas sus manifestaciones 
sin que las pasiones ni los intereses individuales lo entraben, que no he- 
mos podido resistir el deseo de emplear ese vocablo para calificar la labor 
gubernativa del General Gómez y su actuación como supremo Director 
de la Causa Rehabilitadora. 



— VI — 

Por las páginas de este volumen desfilan uno a uno los recuerdos 
evocando la individualidad del Caudillo cuando guiaba su corcel de com- 
batiente bajo el tórrido sol nativo, siempre orientado por sus intuiciones 
de estratega Inicia las cumbres de la Victoria; cuando en las brevísimas 
horas del vivac trazaba ya en su imaginación los planes de la próxima 
batalla campal o del futuro asedio de la ciudad que convenía arrebatar al 
enemigo; cuando en las marchas interminables y fulmíneas — que a todos 
menos a él fatigaban — preparaba a sus huestes y las aguerría para que 
pudieran superar los obstáculos; cuando dialogaba con sus oficiales co- 
municándoles el ardor perenne de .su alma marcial y haciéndoles oportu- 
nas advertencias — siempre persuasivas — de cómo debían pelear apro- 
vechando las circunstancias favorables al éxito; cuando presentía, en 
fin, con la sagacidad peculiar de su espíritu, que tras la lueba cruenta 
vendría la pugna contra otros enemigos no menos empecinados que 
aquellos a quienes venia venciendo: los recelos del amigo ensoberbeci- 
do, ciego en su intemperancia basta desconocer los grandes beneficios que 
recibiera del compañero esforzado y noble, las confabulaciones de las 
camarillas de áulicos que saboreaban los placeres de Capua mientras 
el Pacificador comía el pan acérrimo del espartano y vertía su sangre en- 
tre los fragores de la fusilería y los estragos del arma blanca. 

Y también en estas páginas nos referimos a las incesantes labo- 
res del adalid de la paz y del trabajo. Son los fastos «le la República en 
una era menor que un decenio, pero cuyos resultados, por lo sorpren- 
dentes, parece que no hubieran podido lograrse sino a través (k 1 un ma- 
yor discurrir del tiempo. 

Este libro ha sido escrito con el único propósito de que constituya 
un apreciable homenaje de nuestra admiración partidaria al General 
Juan Vicente Gómez, y nada mejor para la consecución del objeto que 
nos proponemos como esbozar su figura de Conductor de Pueblos, en 
las dos fases que mejor la fijan. 

Pocos son en Venezuela quienes no conocen a este hombre excep- 
cionalmente apto para el mando, tanto en los asuntos y problemas de 
la paz como en las faenas de la guerra. En él se hermanan en consorcio 
maravilloso las facultades del Magistrado hábil para regir la suerte de 
un pueblo y las del Jefe de Ejércitos que conoce los secretos por los cua- 
les se mantiene cautiva la Victoria. Las veces que las pasiones de sus con- 
ciudadanos han querido romper todos los diques del orden y los intere- 



— Vil — 

ses de ellos han obedecido a ambiciones desatentadas amenazando des- 
truirse unos a otros, él ha encontrado siempre la fórmula de eficacia 
salvadora para calmar aquellas pasiones y regularizar el desenvolvimien- 
to normal de estos intereses. Así, acertado y sereno lo encontraremos 
ante las circunstancias difíciles que se suscitaron en los comienzos del 
Gobierno que entró a ejercer en las postrimerías de 1908. Las muche- 
dumbres se encolerizaban en aquellos memorables días de Diciembre, 
y en su vehemencia, no era ya a la Justicia sino a una Némesis implaca- 
ble la inspiradora que solicitaran sedientas de desagravios; pero ante las 
gentes enfurecidas apareció el austero repúblico que más motivos tenía 
para aborrecer la bamboleante autocracia, y al solo acento de su voz 
que aconsejaba cordura y calma con la autoridad que le daba su proce- 
der magnánimo — pues, nadie como él tenía derecho a vengarse de felo- 
nías c ingratitudes — calló la algarada del odio y los ánimos se serenaron 
haciéndose fácil la admirable evolución que se realizaba en aquellos 
días. Poco tiempo después, una anacrónica resurrección de partidos pre- 
tendió señorear en el palenque de la existencia publica, y a este nuevo 
resabio de nuestra antojadiza democracia contestó el General Gómez 
con la célebre frase "Patria y Unión"; la elocuente síntesis de su progra- 
ma político y administrativo enunciada en el sitio de la Providencia y 
que ha sido canon jamás por el violado, durante los ocho años en que, 
ora como Presidente de la República, ya como Jefe de la Causa Rehabi- 
litadora, ha dirigido los destinos de Venezuela. 

Y ese ha sido siempre el afán incesante del General Gómez: pro- 
curar el bien de la Patria y la unión de sus conciudadanos haciéndolos 
plenamente aptos para que, por medio del trabajo y las prácticas del 
orden sean prósperos y venturosos. Tarea ingente de educador que co- 
noce intuitiva y prácticamente los defectos y necesidades, la índole y el 
carácter del pueblo que recibe sus enseñanzas y se dedica — con una 
consagración patriótica que nunca sabremos agradecerle bastante — a 
corregir y satisfacer esos defectos y necesidades, a hacer más temperan- 
te esa índole y a moderar el carácter de los venezolanos. 

Porque no es verdadero el temerario juicio que han formado de 
nosotros escritores pesimistas y detractores sistemáticos. El pueblo nues- 
tro posee virtudes latentes que estimuladas por el ejemplo y disciplina- 
das por la voluntad de un Conductor prudente y sagaz, como lo es el 
General Gómez y que esté animado invariablemente del deseo de hacer 



— VIII — 

el bien — aunque para ello sean menester la reprimenda y el castigo jus- 
tos — son virtudes que llegaran a su Tuerza eficiente elevando a Venezuela 
por el ejercicio metódico de ellas al rango de Nación poderosa, tal cual 
corresponde a nuestra gloriosa historia de cruzados del Derecho y de la 
Libertad, cuando nuestros guerreros y nuestros pensadores escribieron 
— desde los valles del Avila hasta las cumbres del Potosí esa inmensa 
página que se deslaca, hecha verbo inmortal, en la Ilíada de la Indepen- 
dencia suramericana. 

El más escrupuloso análisis de los actos tlel General Gómez, en 
esta época de su existencia que historiamos, nos lo revela intachable en 
su conducta, } sólo la pasión política — consejera perennemente torva e 
injusta — podría inculparle, por los procedimientos enérgicos que lia te- 
nido que emplear a veces, las faltas de ser severo, dominador e intole- 
rante. Esos procedimientos son en parte, la garantía de la paz que dis- 
frutamos. Ahí, donde la insinuación y la advertencia oportuna no lian 
surtido efectos para acabar con el desenfreno del compatriota extraviado 
por los senderos del mal, la diestra del Jefe de la Causa, que es inagota- 
ble para favorecer a los buenos y sabe extenderse en ademán de perdón 
hacia el adversario que solicita clemencia, se yergue, fuerte y férrea para 
castigar, en nombre de una ley que, escrita o nó, es por todas las socie- 
dades acatada: la ley del bien colectivo. 

Libro de justicia es éste. Por sus páginas tal vez vibra el clarín de 
¡a epopeya para pregonar las glorias del estadista y del guerrero que en 
medio de su modestia proverbial y de sus arraigados sentimientos de re- 
publicano no ha querido nunca exhibirse tal cual es él: virtuoso y fuerte 
como un varón de la Roma consular, de aquéllos que sabían de las faenas 
rudas pero enaltecedoras del campo; que conocían los hombres y las 
cosas mucho mejor que los oradores embuidos en la ciencia del Derecho 
y de la Política y no siempre tributarios de Temis; que iban a los comba- 
tes y a las batallas sin miedo al infortunio ni a la muerte y animados sólo 
de un fervoroso amor por la Patria; que tenían del Poder una idea alta, 
jamás contaminada del apetito torpe del lucro y de la tiranía; que al 
terminar las fatigas y los riesgos de la guerra nada les importaba dese- 
char la espada victoriosa y empuñar el instrumento di' labranza para 
hacer fructífera la tierra antes agostada por el riego de la sangre y et 
furor de los incendios. 



— IX — 

Nada tiene, pues, de censurable que al hablar de un hombre tal, 
vibre en nuestro estilo el sonido de los épicos cantos, aunque bien sabe- 
mos cómo esos acentos de epinicio no halagarán vanidades en el ánimo 
austero del General Juan Vicente Gómez. 

En uno de los capítulos de esta obra hay una narración que bas- 
taría para que la pluma más indiferente y el autor más severo irrumpie- 
ra en la frase entusiasta al referirse al Héroe de 1908. Se trata ahí de la 
batalla del Guapo, la más cruenta de toda aquella época de combates y 
de luchas implacables. La batalla estaba indecisa y hasta parecía incli- 
narse el triunfo de parte de los adversarios. Las tropas del Gobierno ha- 
bían llegado a la extenuación diezmadas por el plomo y por tres días de 
incesante pelear. 

Era uno de esos momentos soberanamente decisivos en la suerte 
individual o colectiva: el General Gómez aparece sereno entre los su- 
yos. Circundado de hombres cuyo ánimo comienza a decaer, él tiene 
que mostrarse con un alma superiorísima, capaz de infundir bríos en 
aquella masa humana que siente ya los calofríos del fracaso. Es necesa- 
rio este esfuerzo más en el hombre potente cpie lia venido realizando 
tantos esfuerzos y que habrá de realizar durante el tiempo que falla de 
luchas infinitas y enormes esfuerzos más. 

En tales momentos es cuando se presenta ante el heroico Jefe, su 
inmediato inferior el general Diego Bautista Ferrer, viejo soldado éste 
de ojo experto para interrogar el aspecto cambiante de las batallas y que 
por lo tanto se está dando cuenta de las posibilidades de una derrota. 
Fué aquélla una escena digna de la musa homérica, magnífica escena 
en la que se destaca entera la figura moral y física del paladín de Diciem- 
bre, escena que reclama de nuestra pluma la frase resonante que es en 
los himnos y en las epopeyas signo de luz vibrador y expresivo. 

Yacen muertos cien valientes, entre ellos aquel Secundino Torres 
que era soberbio y fuerte como un león y dondequiera que combatía era 
admirable por el arrojo personal: mudas están las bocas de todos los 
circunstantes y únicamente se oye el ruido atronador de la fusilería que 
de no ser tan violento y continuado dejaría oír también el trepidar de 
los corazones en aquellas horas de angustia y de ansiedad. Los de valor 
reconocido; los hombres que han venido jugando con la muerte en mul- 
titud de trances peligrosos, palidecen todos en aquellos momentos y no 
se atreven ni a proferir una palabra. Pero, superior al espectáculo del 



— X — 

amigo y compañero de armas queridísimo que yace sin vida, más impo- 
nente y grande que el estruendo asordador de la matanza y con un espí- 
ritu mucho más elevado que el de lodos aquellos valientes que lo ro- 
dean, el General Gómez presencia impasible la batalla. En una de las 
peripecias de ésta es cuando se le acerca el general Fcrrcr a hacerle pro- 
nósticos adversos acerca del resultado de la acción, y entre otras cosas 
a asegurarle que el ejército contrario montaba a tres mil hombres; pero 
el General Gómez no lo dejó concluir y le dijo lo siguiente: ¡General Fe- 
rrer, tenemos refuerzos, ya vamos a decidir esto! ¡Contamos con tres 
mil hombres también! "¿Cómo — General, interroga el aludido presa de 
súbita alegría, y por dónde vienen? 

"Ese batallón que vale mil (se refería al batallón Gómez), usted, 
que vale mil y yo que represento los otros mil en estos momentos en 
que están cayendo terrones en el Palacio de Mirallores!" 

¡El arranque de supremo valor y de grandiosa energía que tra- 
ducen estas palabras es inaudito. Los que estuvieron en la batalla al 
lado de tal Jefe deben todavía estremecerse de orgullo, de heroísmo, de 
admiración y de estupor al recuerdo de esas frases lacónicas que él pro- 
nunciara para avivar la fe en tanto cerebro anonadado y el ritmo en 
todos aquellos corazones decaídos. 

A poco de lanzar esa expresión en que se revela una voluntad ca- 
paz de vencer los imposibles y como si aquélla fuera la fórmula maravi- 
llosa que, conteniendo una ironía altísima y una avasalladora confianza 
en sí mismo, había de cambiar la suerte de la acción del Guapo, el Ge- 
neral Gómez cabalgó en su corcel de guerra y por sobre la adversidad y 
las mil causas que se oponían a ello ganó en una arremetida impetuosa 
la batalla. 

La pérdida de esta batalla, según se verá en la parte narrativa de 
esta obra, fué casi decisiva para la pacificación del país. Los revolucio- 
narios orientales comenzaron desde entonces su éxodo del centro de la 
República hacia la capital de Guayana, desprovistos hasta de parque, 
porque dos o trecientos mil tiros con que podían contar los había entre- 
gado, en Palmira, dejándose coger prisionero por una guerrilla, el doctor 
J. M. Ortega Martínez. 

Al referirnos a la labor administrativa y política del Jefe de la 
Causa Rehabilitadora, no seremos nimios en detalles sino que abarca- 
remos en compendiosa síntesis toda la serie de éxitos obtenidos por el 



— XI — 

General Juan Vicente Gómez en tan difíciles asuntos, y al efecto nos 
bastará comentar la magnífica Alocución que él dio a los venezolanos el 
20 de Diciembre de 1908. 

Muy conocida es la obra ingente del austero Repúblico en lo re- 
lativo a Administración: sus triunfos en esa rama esencial de la activi- 
dad pública están perpetuados en la conciencia del pueblo venezolano, 
de ese noble y grande pueblo calumniado muchas veces por escritores pe- 
simistas y por detractores sistemáticos, pero que sin embargo está de- 
mostrando continuamente que guarda en su mente ideales muy altos y 
en sus músculos fuerzas omnipotentes para abrirse paso hacia el Ca- 
naán de todas las colectividades humanas: la riqueza, la prosperidad y 
el respeto impuesto a los semejantes por medio de una conducta cir- 
cunspecta y una preparación material que les permita no temer la agi*e- 
sión ajena. 

Esas fuerzas y esos ideales los representa el General Gómez en el 
actual período histórico. El es el Conductor de la familia venezolana en 
su marcha a los dominios de la felicidad y de la grandeza y ninguno sino 
él podría hacerlo. 

Nacido en un ambiente de trabajo y de honradez, su vida ha ve- 
nido discurriendo serena hasta llegar a constituir una necesidad ingente 
para el funcionamiento normal de los intereses nacionales. 

Venezuela, reconocida, guarda en su corazón y en su conciencia 
sentimientos e ideas invariables hacia este ciudadano lleno de modestia 
en su vida pública y privada, pero grande y noble en todos sus procede- 
res. La gratitud de este pueblo está consignada en manifestaciones muy 
elocuentes de su voluntad: Cuando el 3 de mayo de 1915 se verificó la 
elección para Presidente Constitucional de la República, ese pueblo, in- 
terpretado por sus representantes legítimos: los miembros del Congreso 
Nacional, lo eligió a él unánimemente para el ejercicio de la alta Ma- 
gistratura. Y esa unanimidad tuvo un mérito excepcional: ninguno de 
los senadores y diputados que componen aquel Cuerpo, recibió insinua- 
ción alguna oficial para proceder como procedió y ni siquiera se vio 
precisado a hacer el nombramiento porque propagandas eleccionarias 
le hubieran exhibido al Repúblico de Diciembre como el candidato de 
los venezolanos. Rien, es cierto, que esa propaganda comenzó a practi- 
carse, pero apenas aconteció esto, el austero patriota en memorable do- 
cumento significó su deseo de que su nombre no fuera postulado con tal 



— XII — 

propósito. ¡Un ciudadano de la República de Platón no habría procedido 
con más desinterés ni más escrúpulo ! 

Nosotros, al escribir estas páginas, interpretamos también la vo- 
luntad de nuestros compatriotas. 

¡Queden ellas como un tributo de perdurable justicia, en home- 
naje al ciudadano eminente que hace ocho años se ajiganló en su talla 
moral de hombre de Estado y hombre de acción, hasta dar la más bi- 
zarra prueba de valor cívico eme pueda esperarse de un Magistrado ce- 
loso de su honra y de un Ciudadano amante de su Patria. 



PRIMERA ETAPA 

CAPITULO I 

Estalla la revolución llamada Libertadora en La Victoria. — Paralelo de fechas. — Llamamiento 
del General Gómez a Miraflores el 20 de diciembre de 1901. — Consejo de Generales. — nom- 
bramiento del General Gómez de Jefe de Operaciones sobre la revolución. — Frases del 
General Gómez al serle notificado el nombramiento. — Asombro de los viejos veteranos. 
Organización del pequeño ejército expedicionario y partida del General Gómez el 21 
de diciembre. — Falsas informaciones obtenidas en Los Teques. — El General Gómez y 
todos sus Oficiales se arman con un mausser cada uno. — Primera señal que da el Gene- 
ral Gómez de su confianza en sí mismo al emprender aquella campaña. — Alarmas de 
una familia que iba en el tren. — Calma que inspira la palabra del Jefe. — Llegada a 
La Victoria y salida para Cagua donde acampa el Ejército. — Marcha sobre Villa de 
Cura. — Escaramuzas en La Casablanca y Los Colorados. — Plan de combate del Ge- 
neral Gómez cuyo éxito cabal se frustra por el demasiado arrojo de sus subalternos. 
Primeras derrotas sufridas por el afamado general Luciano Mendoza. 

El 20 de diciembre de 1901 estalla en La Victoria aquel movi- 
miento revolucionario que tuvo por cuna una ciudad magnificada por el 
heroísmo de los fundadores de la Patria, como si el destino hubiese que- 
rido en esta vez hacer alianza con las enseñanzas de la Historia, para 
demostrar a los venezolanos que las guerras no son nunca necesarias 
así estallen en lugares consagrados por hechos leyendarios y gloriosos 
— si el móvil que arma los brazos y lleva a los hombres al sacrificio no 
lo constituye un alto ideal de justicia. 

En ese mismo día, un septenio después, ha de encargarse el desti- 
no de consagrar la verdad de aquellas enseñanzas. El 20 de diciembre 
de 1908, expide el General Gómez su célebre proclama a los Venezolanos 
donde dijo a sus compatriotas, en el lenguaje austero del Derecho, la 
necesidad que había de acabar con una situación ya intolerable. 

Lo que fué en La Victoria un alzamiento contra el orden legal 
vino a ser en Caracas — ciudad tanto o más ilustre que aquélla en los 
fastos de la República — movimiento redentor que se realizaría de ma- 
nera incruenta, no obstante ser el derrocamiento, en el breve espacio 
de una semana, de esa misma situación que siete años antes no bastaron 
ríos de sangre, ejércitos poderosos y 19 meses de guerra para derribarla. 
2 



— 2 — 

Y esto tiene su razón lógica. El Cipriano Castro de 1901 no es el Ci- 
priano Castro de 1908. Aquel está sentado bajo el solio presidencial en 
virtud de la voluntad del pueblo y no se ha revelado detentador: es pues, 
un gobernante constitucional. Este es ya el autócrata ensoberbecido, que 
como uno de tantos providenciales arrullados por cantos de sirena ha 
tomado muy en serio la frase "Siempre vencedor, jamás vencido" con 
que le regala los oídos el feriante dé empleos o de favores. El no es ya 
capaz de reflexionar en la parte de verdad de aquella su exclamación al 
celebrar los triunfos del auténtico sostenedor de su Gobierno: "Usted es 
el salvador del salvador" dijo Castro en memorable ocasión al dirigirse 
al General Gómez, y ¿quién duda que estaba en lo cierto al asegurarlo? 

Hecho el suscinto comentario que antecede, continuemos la rela- 
ción de los sucesos. 

Tan pronto como el Presidente Castro se impuso del comienzo de 
la revolución, hizo llamar al General Juan Vicente Gómez a la residencia 
presidencial de Miraflores y también llamó a un grupo de Jefes militares 
de nombradla para celebrar una especie de Consejo de Generales y expo- 
nerles la situación tomando el parecer de ellos, ya que eran personas ex- 
perimentadas en estos achaques y antiguos luchadores que desde la pugna 
por la Federación venían distinguiéndose en todas nuestras contiendas 
bélicas. Allí estuvieron presentes veteranos de fama como los generales 
Velutini, Ayala, Rodríguez y otros más. Era aquella reunión algo como 
un concilio en que quería saberse la opinión de los que muchas veces fue- 
ron compañeros de armas del Caudillo revolucionario, pero en manera 
alguna se congregaba a esos veteranos para escoger entre ellos la persona 
que habria de ir al frente de la hueste expedicionaria a asestar golpes de- 
cisivos a la naciente revolución. Esa persona estaba de antemano elegida 
por el Presidente Castro, y no podía ser otra que el valiente e insospecha- 
ble amigo que desde el paso del río Táchira el 23 de mayo hasta el recio 
batallar de Tocuyito, había ofrendado a la causa de los nuevos hombres 
y los nuevos ideales junto con todos sus bienes de fortuna, la respetabi- 
lidad de su nombre sin tacha, su consagración a la ley del deber, su raro 
don de saber mandar hombres en toda clase de luchas, la vida de uno, 
su denodado hermano, muerto a consecuencias de las penalidades de la 
campaña y que, en suma, fué el Bayardo de los sesenta bravos que desde 
las empinadas cumbres del Ande nativo hasta los valles avílenos vinie- 
ron purpurando con sangre la tierra recorrida, impelidos por una sed 
insaciable de heroísmo. 

Al participar el Presidente Castro al General Gómez, la elección 
que había hecho en él, éste le contestó con el laconismo de un espartano: 
"Sí, señor General, yo voy, esas son las paradas que a mi me gustan; me 
llevo al General Secundino Torres con el batallón Junín y las fuerzas que 
encuentre en La Victoria, con eso es suficiente". Esas frases, dichas 



— 3 — 

por otro que no fuera el valiente y experto luchador que había sido el 
brazo y el nervio de la fulminante revolución de Mayo, parecerían una 
fanfarronada, pero pronunciadas con acento entero y viril por el Gene- 
ral Gómez, significaban la derrota de los alzados de Aragua, y el eclipse 
total de la leyenda guerrera que había consagrado al General Luciano 
Mendoza como el más estratégico de nuestros capitanes. Los viejos vete- 
ranos allí reunidos se asombraron al oírlas, porque ellos se imaginaban 
que el vencedor de Páez, el héroe de la gesta liberal, era un contendor 
formidable a quien únicamente con grandes ejércitos cuyo mando se les 
encomendase, era come» podía hacérsele frente. 

Con la rapidez característica de quien conoce los secretos del 
triunfo y sabe que cualquier momento perdido en los conflictos de la 
guerra, puede acarrear un insuceso, se dedicó el General Gómez durante 
ese mismo día a organizar su pequeña hueste, la que estaba ya lista en 
la mañana del 21 y partía en el tren ordinario hacia La Victoria acaudi- 
llada por su bravo Jefe. 

Al pasar por Los Teques, los empleados del ferrocarril intentaron 
producir confusión en el ánimo entero del Jefe expedicionario propa- 
lando la falsa especie de que era casi seguro un ataque del tren, a mano 
armada, antes de que éste llegase a La Victoria y añadían que se temía 
hubiese sido volado ya uno de los puentes del tránsito. Ante aquellas 
alarmas, el General Gómez, acostumbrado a superar dificultades, a 
afrontar peligros cualquiera que fuese la magnitud de ellos y conocedor 
además de la circundante atmósfera revolucionaria donde prosperaban 
aquellas consejas, previo lo que podía pasar hasta dar por sentado que 
pudieran ser ciertas tales informaciones y ordenó, sin dilación, que todos 
sus oficiales se armasen de máusser, siendo él el primero en tomar una 
de aquellas armas. Se preparaba de esta manera para lo que sucediese 
y para defenderse y atacar a la partida o partidas de alzados que osaran 
detenerlo en su camino. 

Cuéntase que una familia se dirigía en el mismo tren con destino 
a Valencia y que, al ver el aparato o preparación para combatir y al en- 
terarse de los riesgos anunciados, se llenó de pavor y quiso interrumpir 
al punto su viaje. Es ese el momento en que el General Gómez, da la pri- 
mera señal de la plena confianza que tenía en sí mismo al emprender 
aquella campaña, confianza que como toda revelación de una fuerza su- 
perior, llega a comunicarse a aquéllos seres en quienes el miedo producía 
naturalmente sus estragos. A las súplicas y llanto de la familia dicha que 
se creía irremisiblemente perdida si no dejaba el ferrocarril para que- 
darse en Los Teques, contesta la palabra persuasiva del Jefe y su ade- 
mán reposado y sereno, y es tal la virtud de supremo valor que emana 
de aquel ánimo viril y de aquel gran espíritu, que las mujeres medrosas 
antes y hasta un sacerdote también aterrorizado, cobran bríos y resuel- 



ven correr las contingencias del camino. Tal aconteció cuando Julio 
César, al regresar a las costas de Roma procedente de Bitinia, por entre 
un mar embravecido y amenazado del ataque de unos piratas, disipó el 
temor a la muerte entre sus acompañantes, con la célebre frase: "Nada 
temáis, Julio César va con vosotros." 

Toda la leyenda del puente volado y del presumible ataque a mano 
armada, forjada por aquellos tontos que se imaginaron producirían tur- 
bación en el imperturbable adalid, viene a resultar una farsa, una men- 
tira irritante y burda y a la hora de reglamento se detiene el tren en 1.a 
Victoria sin que el más mínimo percance hubiese ocurrido. 

A las dos se continuó la marcha hasta la plaza de Cagua, donde 
acampó el General Gómez, para al día siguiente, a eso de las 8 de la ma- 
ñana ser formado el Ejército en disposición de proseguir la marcha. 
Este Ejército se componía de los batallones Junín y Victoria, no comple- 
tos y de un pequeño cuerpo de artillería ligera. Allí fué nombrado el 
personal del Estado Mayor General y verificada la parada se marcho 
inmediatamente, con dirección a Villa de Cura. La tropa iba con alguna 
lentitud, pues era la primera gran jornada que hacía y le faltaba adquirir 
esa celeridad con que en breve podría secundar la actividad incesante y 
eficaz, característica del experto caudillo que la comandaba. 

Era muy probable que en Villa de Cura se encontrase por pri- 
mera vez al adversario, pues, según cálculos, allí debía éste haber hecho 
alto, en la creencia de poder combatir con ventajas a su perseguidor. 

El General Gómez, tenía ya previsto el encuentro y había manda- 
do unos oficiales montados, para que inspeccionasen con la mayor acu- 
ciosidad aquel lugar, y tras de ellos, a marcha forzada, iba una columna 
del batallón Victoria destinada a comenzar la lucha tan pronto como 
aquella descubierta avistase el enemigo y lo advirtiese con las señales 
del caso. En el punto denominado "La Casablanca" columbró la mosca 
o descubierta dicha las primeras avanzadas revolucionarias, y habién- 
dose dejado divisar aquellos oficiales a caballo fué menester que dispa- 
rasen sobre los núcleos que estaban a poca distancia de ellos. Como una 
derivación del impetuoso avance de estos ginetes destacados, el enemigo 
replegó sobre su cuartel general, hasta detenerse en el sitio llamado Los 
Colorados, teatro otras veces, en nuestras contiendas civiles, de sangrien- 
tos combates. Allí, se tirotearon de nuevo los grupos de tropas en acción. 
Llegado que fué el General Gómez al sitio en referencia, comenzó sin 
pérdida de momentos a disponer el ataque y previamente orden(') a uno de 
sus más bravos tenientes que se adelantase al frente de dos compañías por 
los cerros que se extienden al norte de la ciudad ocupada a la sazón por 
el general Mendoza y los suyos, de manera de atacar simultáneamente 
por el flanco izquierdo y por el centro, plan éste de operaciones que era 
el mejor que podía trazarse en aquellos momentos, dada la celeridad con 



— 5 — 

que tenía que precederse. Las dos compañías que embestían por el flan- 
co izquierdo debían caer al camino que va de la ciudad a los llanos, ce- 
rrándole al enemigo la retirada, que sólo por ahí podía efectuar. Este 
plan de ataque concebido por el General Gómez con la rapidez del rayo, 
hubiera sido decisivo para acabar allí mismo con Mendoza y su gente, 
quienes hubieran caídos todos prisioneros, a ser que los ya nombrados 
oficiales que componían la descubierta, como ya lo hemos narrado, hu- 
biesen podido no dejarse ver en La Casablanca, por las avanzadas que 
tenía colocadas en este punto el adversario, que no presumía se le ven- 
dría encima un Jefe del empuje y talla del General Gómez. Pero no 
se debió la tal falta a desobediencia de los hombres de la mosca, sino al 
demasiado ardimiento de ellos que en su arrojo de valientes sintieron 
una necesidad imperiosa de ir hacia el peligro. 

Los revolucionarios, se retiraron casi a la desbandada, desconcer- 
tados por la repentina acometida, la cual ni siquiera sospechaban, pues 
sintieron el calofrío del temor ante algo que ellos percibieron airulla- 
dor e incontenible. A escape se fueron como les fué posible por la vía 
que conduce a San Juan de Los Morros. Los pocos que quedaron en 
el lugar para proteger aquella buida, cayeron al certero fuego de las 
huestes del Gobierno que acometía con la violencia del huracán sacu- 
dido en su espíritu guerrero por el fuego avasallador del alma de su cau- 
dillo. A galope tendido penetró éste con su comitiva hasta la plaza prin- 
cipal de la ciudad, donde le salió al encuentro el General Juan Carabaño. 
adversario de los alzados, quien le esperaba en la puerta de su casa para 
darle información cierta de todo. Obtenidas estas informaciones, com- 
probó al punto el General Gómez, que si su plan de ataque se hubiese 
estrictamente cumplido. Villa de Cura habría sido el fracaso irremedia- 
ble de la revolución, pues, no se hubiera escapado ni uno solo de los al- 
zados, inclusive su insigne Capitán. 

La derrota sufrirla por el general Mendoza en Villa de Cura, ante 
el certero y fulmíneo ataque del General Gómez, es el anuncio de cómo 
aquella revolución, que había de durar todavía algún tiempo, sería por 
él definitivamente aniquilada. 

El Jefe derrotado, se había imaginado que las cosas pasarían de 
otra manera. Discurrió él que podía esperar sin zozobras al general An- 
tonio Fernández, quien alzado también debía concurrir, según los planes 
ya trazados, a Villa de Cura a engrosar las filas de los revolucionarios. 
Suponía el General Mendoza que aquél traería un fuerte contingente de 
hombres y de elementos que unidos a los sacados de La Victoria, llega- 
rían a constituir una apreciable cantidad de gente armada con que poder 
ellos defenderse mientras la chispa prendía por todas partes desde el 
Centro hasta el Occidente y Oriente de la República. También entraba 
en los cálculos del veterano, la creencia de cómo en Caracas habría cau- 



sado estupor su actitud armada y que al sólo prestigio de su nombre, 
atemorizados los del Gobierno hubieran buscado el modo de levantar un 
gran Ejército encomendándole su dirección a uno de los caudillos di' 
vieja fama, y que, mientras tal aconteciese, las tropas facciosas aumenta- 
rían de tal manera que a poco andar del tiempo y después de breve com- 
batir, entrarían triunfantes a Caracas. 

Pero los acontecimientos fueron bien distintos: ni el Expediciona- 
rio de Cordero llegó a unirse al general Mendoza, detenido como quedó 
según veremos adelante, por la táctica infalible del General Gómez -ni 
en Caracas se perdió el tiempo tratando de reclutar y equipar ejércitos 
jerjesianos que enviar contra los Alzados de Aragua, ni se solicitó la 
ayuda de antiguos generales para ponerlos al frente de esos ejércitos, 
sino que el Presidente Castro, que conocía bastante a sus compañeros de 
armas y sabía cómo entre ellos el futuro debelador de la revolución se 
distinguía por sus talentos indiscutibles de guerrero, cuyo arrojo y peri- 
cia ningún General podía igualar, dio — como lo liemos narrado ya — sin 
perder instantes, el mando de unos dos batallones al General Gómez, 
pues, tenía la evidencia de cómo este compañero de armas no necesitaba 
miles de soldados para vencer y que, con unos pocos que supieran secun- 
dar sus órdenes e imitarlo en su desprecio a la muerte y en su actividad 
maravillosa, arrollaría cuantos revolucionarios se le atravesaran en el 
camino. 

Así, pues, el plan del General Luciano Mendoza y sus conjeturas 
quedaron ruidosamente frustrados y a los dos días de haberse declarado 
en campaña y haber lanzado su proclama, estaba ya desmantelado, lleno 
de confusión y pensando únicamente en retirarse. 

Las operaciones que se prometía Mendoza emprender por lo pronto 
eran las siguientes: aguardar la incorporación del General Antonio Fer- 
nández, marchar sobre Calabozo donde fácilmente apresarían al Gene- 
ral Pedro Arteche y después dejar que los sucesos se desarrollasen para 
iniciar una campaña en forma. Pero todos estos alegrones se volvieron 
confusión y derrotas como queda referido. 

En Villa de Cura, el General Gómez, que está muy distante de ser 
hombre que se duerma sobre sus laureles, tomó apenas una taza de café, 
único alimento que necesitaba este guerrero de voluntad indómita y 
constitución de acero. En los momentos en que descabalgó se ocupó de 
ordenar (pie activase la persecución de los derrotados y al efecto dispuso 
que el Doctor Luis Godoy— uno de sus subalternos partiese a escape a 
alcanzar al Coronel Vicente Alfonzo, quien marchaba por la carretera 
bajo las órdenes del General Secundino Torres, comisión (pie tenía por 
objeto decir al referido Coronel Alfonzo que continuase la persecución 
sin reposar. El Doctor Godoy cumplió su comisión y a poco andar el 
mismo General Gómez alcanzó a Alfonzo con la oficialidad que le seguía 



— 7 — 

a caballo y ahí le reiteró la orden enviada con Godoy, aprovechando la 
ocasión para alentar con frases de vigoroso estímulo al oficial y a la 
gente eme conducía. 

A una hora, más o menos, de continuarse la marcha se dejó oír un 
tiroteo a la vanguardia; esto se debía a que el general Secundino Torres, 
digno teniente del General Gómez por su valor extraordinario, le había 
dado caza a los revolucionarios y a fuego de fusilería los había constre- 
ñido a pararse a combatir. Breve fué esta escaramuza, a la cual habían 
de suceder otras más durante aquella continua acometida, que tenía el 
poder violento y la fuerza inextinguible de los leviatanes. 

En ese incesante marchar y embestir tras el contrario en retirada 
llegaron las huestes del Gobierno hasta la histórica Puerta, donde los 
revolucionarios intentaron acabar con sus perseguidores y se afirmaron 
para pelear reciamente. Allí cambiaron de láctica en la manera de hacer 
fuego y se colocaron en una serie de colinas que en sucesión van prote- 
giendo el camino. Su posición era muy ventajosa porque podían esperar 
a las tropas del General Gómez, dominando la sabana que éstas tenían 
que atravesar irremisiblemente, soportando el fuego enemigo a campo 
raso, para lograr asaltar aquellas posiciones. La topografía del terreno, 
pues, representaba para los revolucionarios una gran ventaja para dete- 
ner — con las probabilidades de éxito que hasta entonces no habían te- 
nido, a sus tenaces perseguidores. 

El General Gómez no experimentó la menor contrariedad con el 
hecho de que el adversario aguardara en aquellas posiciones ventajosas. 
Muy al contrario, se sintió satisfecho porque se le presentaba un lance en 
que daría severa lección a aquellos enemigos que osaban enfrentársele 
en el punto estratégico más importante. Contra posiciones difíciles de 
expugnar, el Jefe experto tenía el inagotable recurso de sus conocimien- 
tos militares y de su acierto para concebir un plan de combate que no 
fallase, así fuera breve el tiempo de que disponía para concebirlo. 

Al instante quedó trazado ese plan de ataque y fué el siguiente: 
Dividió sus fuerzas en dos alas según la táctica clásica- y tomó el man- 
do directo del centro de ellas, aunque en rigor el flanco derecho en aquella 
posición, quedaba confundido con el centro, pues, examinado nimia- 
mente el terreno y la colocación de la gente, no había allí ala derecha, 
porque en el espacio que ella pudiera ocupar corría el río a poca distan- 
cia del camino real, que indispensablemente era el centro de las opera- 
ciones. 

La duración del combate en el histórico sitio de La Puerta, fué 
como de una hora. El enemigo, merced a sus formidables posiciones, pudo 
resistir allí el empuje de las fuerzas del Gobierno. 

En realidad, esta nueva derrota de los hombres del General Men- 
doza y de él mismo, se debió a que aquéllos no saldan hasta entonces 



quién era el rayo de la guerra que los venía aniquilando en un implaca- 
ble combatir, desde dos días después de la verificación del movimiento 
de que eran iniciadores. Pero al escuchar entre el estruendo de la pelea 
la voz de "Viva Gómez!" dada por los soldados entusiasmados ante el 
arrojo de su Capitán, comprendieron que se las habían con un Jete de 
talla a quien los hechos — que valen en estos casos mucho más que todas 
las famas — les revelaban General superiorísimo. 

Ese grito de guerra ha de ser más tarde la palabra indispensable 
que formulen los soldados, como un conjuro infalible al éxito, cuantas 
veces disparen sus fusiles y esgriman sus espadas en aquella guerra que 
ha de durar todavía muchos meses más. 

"Viva Gómez!" Bajo las tiendas de campaña, sobre las colinas en- 
hiestas, por cima de las llanuras agostadas por el furor de la contienda, 
no ha de pronunciarse en lo venidero más que ese vítor, el único que ha 
de galvanizar el ánimo de las tropas, durante esos largos meses de guerra, 
en (pie los Jefes que utilizó Castro, sufrieron la amargura del fracaso, 
delante de las avalanchas revolucionarias que llegaron a constituir gran- 
des núcleos de fuerza en todas partes del país. 

Es el verdadero grito de combate que sacude los nervios del vete- 
rano o del recluta, con el viejo sacudimiento heroico que les hizo inven- 
cibles en los días en que fueron, devorando distancias y destruyendo 
Ejércitos formidables, hasta tender sus cuerpos fatigados por el cansan- 
cio pero homéricamente vencedores, en las crestas más empinadas del 
Alto Perú. El grito cpie pone pasmo en el alma de los revolucionarios, 
pues, donde quiera (pie lo han oído, sus filas se han roto y lian tenido que 
volver las espaldas, como si el propio Genio de las Batallas, agitase con- 
tinuamente sus alas sobre los batallones y las banderas del pacificador. 

Una a una, tomaron las tropas del General Gómez, todas las po- 
siciones en que trataron de afirmarse los revolucionarios, en su anhelo 
de resistir allí para ver si llegaba el general Antonio Fernández de San 
Sebastián y les daba más elementos con que soportar aquella serie 
de derrotas que venían sufriendo desde Villa de Cura hasta La Puerta, 
en pocas horas. 

En una de las colinas tomadas al enemigo, combatió el General 
Gómez en persona expuesto a todos los peligros y con un mausser en la 
mano que disparaba sin cesar hasta que sus subalternos: el Doctor Go- 
doy y el general Gorroehotegui, se lo sustituían por otro ya cargado. 
Eran diez, eran veinte, eran treinta disparos que la mano firme y segura 
del paladín arrojaba sobre el contrario, dando ejemplo de cómo se 
debía pelear. 

Es inconcebible el valor y la fe que tenía que comunicar a sus 
hombres de armas el caudillo impávido que con absoluto menosprecio de 



la vida se erguía en aquella colina, demostrando con la elocuencia de 
los hechos, cómo es de poderoso el deseo de triunfar y cómo es de eficaz, 
cuando alienta dentro de un corazón como el del General Gómez, en 
cuyo interior no medró nunca el miedo. 

Bajo las órdenes de aquel valiente tenían que sentirse orgullosos 
de ser mandados hombres como Seeundino Torres y tantos otros 
más que constituían la Oficialidad que salió a luchar con el general 
Mendoza el 21 de diciembre. 

Desde aquella colina el General Gómez no sólo combatió perso- 
nalmente sino que se sirvió de ella para observar atentamente todo el 
terreno que ocupaba el adversario y el que se extendía en el horizonte 
y por donde habría de verificarse forzosamente la retirada de los revolu- 
cionarios. Las balas en esta ocasión lo respetaron, no obstante ser diri- 
gidas expresamente contra él por el enemigo que llegó a comprender 
que el General Gómez estaba ahí, por la circunstancia de llegarle de 
aquel sitio con mucho más calor y más intensidad de sonido el vítor a 
su Jefe, que lanzaban desde el lugar los subalternos, locos de entusiasmo 
al presenciar el heroísmo de aquel que de manera tan magnífica se batía. 

Una nube inmensa de polvo elevóse del campo adverso para ad- 
vertir a los gobiernistas que los contrarios se declaraban en derrota. Al 
punto, el General Gómez dirigió a sus hombres de armas la siguiente 
lacónica arenga: "A ver; todo el que esté a caballo que coja un mausser; 
y sigan todos con el General Seeundino Torres la persecución : esa gente 
no se para ya más". El hombre a quien aludía el General Gómez, indi- 
cando a sus oficíales y gente montada que lo siguiese en la marcha tras 
de los facciosos, era uno de esos seres nacidos para vivir entre el fragor 
de los combates para arrastrar en pos de sí a los soldados, aun a aque- 
llos que fuesen cobardes. El cayó como saben hacerlo los valientes, en 
una carga tremenda, al frente de los suyos. 

A la breve arenga del General Gómez, todos los hombres de a 
caballo, se movilizaron para ir a la persecución de los vencidos. Como 
un torbellino se esparcieron estos fieles legionarios por el camino y se 
fueron tras el bravo teniente que su Jefe les señalara para seguir ani- 
quilando las huestes maltrechas del General Mendoza. 

Unos pocos oficiales se quedaron con el General Gómez, para obe- 
decer y comunicar cualquier orden que trasmitiese él. 

El experto Jefe no se equivocó ni en lo más mínimo cuando al 
arengar a los suyos les dijo que aquellos derrotados no se pararían más 
a pelear. Así sucedió: los revolucionarios alzados en Aragua no volvie- 
ron a pelear más, en toda la primera etapa de la revolución. 

La noche vino y con ella el descanso para aquellos soldados que 
tan alto ejemplo habían dado de valor y resistencia indomable a la 
3 



— 10 — 

fatiga; veteranos los unos y los otros no, pero todos bajo las órdenes de 
un capitán de músculos férreos y voluntad inquebrantable, baldan hecho 
en dos días lo que otros ejércitos en las diversas guerras civiles que 
liemos tenido, no llegaron a hacer nunca en menos de meses, de marchas 
y contramarchas. Pero los tiempos eran muy diferentes y el General que 
mandaba estos bravos bahía salido a combatir y a combatir sin tregua; 
esa fué su consigna desde que aceptó el mando que le ofreciera el Pre- 
sidente Castro, y fiel a esa consigna él y únicamente él había de ser al 
cabo de más de año y medio de luchas y de marchas a través de casi todo 
el Oriente, Centro y Occidente de la República, el vencedor de la deno- 
minada Revolución Libertadora, que si la vemos débil en sus comienzos 
había de adquirir, al discurrir del tiempo, todos los caracteres de un 
movimiento gigantesco de hombres, aspiraciones y deseos de mando: 
esto es, un poder formidable que había de amenazar al Gobierno de 
Castro con su inminente pérdida, de no ser que el General Gómez lo hu- 
biera evitado. 

Mientras los vencedores dormían en el propio campo conquistado 
con su sangre y sus esfuerzos, después de haber realizado aquellos tra- 
bajos de Hércules, la vanguardia del Ejército espedicionario llegaba a 
San Juan de los Morros, donde arrollaba y desalojaba a los primeros 
combatientes de aquella revolución : los generales Mendoza, Lutowsky, 
Herrera Sucre, etc., etc. 

El 23 al aparecer el alba llegaron las tropas al referido pueblo 
de San Juan de los Morros, donde fué imprescindible que comiesen, pues, 
no lo hacían desde el 21 en la tarde en Cagua. 

En este punto, el General Gómez dictó nuevas medidas necesarias 
a la pronta y cabal persecución de los facciosos, organizando de una 
vez el escuadrón de oficiales que seguían bajo las órdenes inmediatas 
del General Secundino 'forres, escuadrón que fué despachado adelante, 
entre nueve y diez de la mañana para seguir los demás la marcha a las 
diez. Se ocupó el General Gómez de dirigir telegramas al Presidente de 
la República dándole cuenta de la acción del día anterior con todos los 
pormenores del caso, como prisioneros hechos, heridos, muertos, pér- 
didas de una y otra parte. Los prisioneros de tropas ilesos fueron pues- 
tos en libertad y también se hizo participación de que el Junín quedaría 
mandado por los Coroneles Rufo Nieves y Luis De Pascuali, batallón 
que quedaba destinado a atajar al General Antonio Fernández y con 
órdenes de que al día siguiente siguiera la marcha detrás del resto del 
Ejército que adelantaba su camino desde luego, basta esperar nuevas 
órdenes en Ortiz. A esta población llegó el Ejército la misma noche del 
23 más o menos a las 8. Allí se unió otra vez con el Escuadrón, que una 
hora antes había dado alcance en dicho pueblo a los derrotados, quienes 
no tuvieron tiempo para comer y siguieron en su sálvese quien pueda, 



— 11 — 

ya incapaces de intentar ningún esfuerzo que no fuera el de alejarse del 
peligro. Como a las 12 de la noche continuó el Escuadrón su marcha de 
persecución, después de unos pocos momentos de descanso y el grueso 
de las tropas siguió también la marcha en la madrugada del 24, quedan- 
do en Ortiz, como lo hemos dicho antes, el batallón Junín. 

En Morrocoyes se tuvo noticia de cómo el Escuadrón había tiro- 
teado en ese punto a los revolucionarios, lugar donde uno de ellos se sui- 
cidó, presa de la más horrible desesperación por el terror que llevaban 
aquellas gentes, sintiendo incesantemente atrás la boca de los fusiles con 
que les amenazaba a todo momento el grupo de ginetes que iba coman- 
dando el General Secundino Torres. Esos revolucionarios jamás llegaron 
a imaginarse que iban a ser desalojados de todas las posiciones que ocu- 
paran, batidos y destrozados en menos de tres días. Las esperanzas y 
mentidos espejismos que acariciaron de triunfar vinieron a trocarse en 
el más tremendo desengaño. 



PRIMERA ETAPA 

CAPITULO II 

Envío de los comisionados a los Presidentes del Guárico, Apure y Zamora. — Ligeros com- 
bates en San José de Tiznados y el Paso de Esteves. — El General Gómez contramarcha 
de San José a Parapara. — El general Mendoza derrotado se interna en el llano. — El 
general Secundino Torres lo persigue hasta el hato Santa Isabel. — Llegada del general 
Silverio al Cuartel General. — El general Fernández choca con las tropas que le ha es- 
calonado el General Gómez. — Combate del general Fernández con Torres. — Queda de- 
rrotado y huye con unos pocos. — El ejército sale de Parapara y se queda en San Juan 
de los Morros. — El coronel Miguel Guardia es nombrado Jefe Civil del lugar. — El 
General Gómez continúa la marcha hacia Villa de Cura. — Deja en la serranía de la 
Virgen Pura al doctor Godoy y a otros oficiales para que busquen a los revolucionarios 
que hayan podido quedar ocultos en este lugar. — Eminente acto de clemencia del Ge- 
neral Gómez. — Marcha sobre la Sierra de Carabobo. — Facilidades de este lugar para 
guarida de guerrilleros. — Difícil campaña efectuada allí por el General Gómez. — El 
general Arvelo pelea con el general Mendoza en El Barro. — Caen más prisioneros. 
Regreso del General Gómez a Villa de Cura después de haber recorrido toda la Sierra 
de Carabobo y sus contornos. — Salida para los llanos de Cojedes a combatir al general 
Loreto Lima. — El viejo centauro cae en los lazos de la infalible pericia del General Gó- 
mez y es hecho prisionero. — Marcha sobre la facción del general Barraez. — Regreso a 
Caracas. 

En Morrocoyes despachó el General Gómez dos comisionados que 
fuesen en busca de los Presidentes del Guárico, de Apure y de Zamora, 
a efecto de que éstos mandasen gente al encuentro de los dispersos para 
capturarlos. 

De Morrocoyes se siguió a San José de Tiznados, pueblo en que 
de nuevo habían sido alcanzados los revolucionarios por el Escuadrón 
comandado por el general Secundino Torres. Este continuó su marcha 
en la madrugada del día 25. 

El Ejército acampó en esta población, en sus afueras, para entrar 
en ella en la mañana, después de haber salido la caballería. 

Serían las 10 de esa mañana, cuando el General Gómez recibió un 
comisionado del general Secundino Torres; era éste un oficial devuelto 
del lugar llamado del Desembocadero o Paso de Esteves, sitio equidis- 
tante entre San José y San Francisco de Tiznados. Allí peleó el Escua- 



— 13 — 

drón por última vez con el enemigo, aniquilando la gente del general 
Mendoza, la cual dispersa del todo, huyó por diferentes vías a la des- 
bandada. 

De San José contramarchó el General Gómez a situarse en Para- 
para, conceptuando éste el lugar más a propósito para ir sobre los revo- 
lucionarios dondequiera que ellos apareciesen por aquellos lugares, o 
bien por la Sierra de Carabobo. 

El general Secundino Torres había adelantado de San Francis- 
co de Tiznados por la vía del hato de Santa Isabel, donde llegó ese mismo 
día permaneciendo allí hasta el 27 a las 11 de la noche, hora en que 
recibió orden de contramarchar también haciendo camino derecho pa- 
sando por San José y Ortiz solamente. El Escuadrón llegó a Parapara 
a las 5 de la madrugada del 29. 

El general Mendoza electivamente había pasado por el hato de 
Santa Isabel, pero desde allí fué imposible saber con fijeza el rumbo que 
tomara : se hicieron suposiciones y entre ellas, como la más probable, 
la de que el Jefe contendor hubiese tomado la via del Barbasco, rumbo 
hacia Apure, pues, en el alto llano, dada la situación desesperada en que 
se encontraba, era donde podría esquivar con mayor facilidad las pes- 
quisas e incesantes diligencias del General Gómez por capturarlo. 

El General Gómez, sin darse treguas para ningún linaje de descan- 
so ni mental ni corporal, se ocupó toda la mañana del 29 en despachar 
con el Doctor Luis Godoy, quien le servía también de Secretario, — una 
extensa correspondencia de telegramas que salían incesantemente por 
la Oficina respectiva y por medio de postas que iban por distintas vías. 
El inmenso trabajo de esa mañana dio como resultado inmediato el que, 
en virtud de las órdenes expedidas, el general Antonio Fernández tuvo 
que empeñar una acción de armas donde salió muy mal librado. Y fué 
que el General Gómez en sus telegramas dispuso las cosas de tal manera 
que este Jefe revolucionario, cuyo valor y experiencia militar eran bien 
conocidos, no pudo escapar de caer en la red que le fué tendida con la 
habilidad más consumada; no hubo detalles de caminos, tiempo, dura- 
ción de marchas y demás peculiaridades que pudiesen preverse en el ad- 
versario, las cuales no tuviera en cuenta el experto Caudillo Expedicio- 
nario, para obligar al general Fernández a que pelease. 

Entre estos telegramas se señala el que dirigió el General Gómez 
al Presidente Castro, en que le comunicaba como verificada la derrota 
del general Fernández, era tal la fe que él tenía en este triunfo y en que 
ninguno de sus cálculos fallaría. El telegrama más o menos iba conce- 
bido en estos términos : "Tengo el gusto de ofrecerle esta nueva derrota 
del enemigo en la Pascua de Año Nuevo". El Presidente Castro contestó 
este telegrama haciendo mención de la circunstancia de ser aquel lugar 
(La Puerta) tristemente célebre por las derrotas sufridas allí por las ar- 



— 14 — 

mas libertadoras pero que bajo su Gobierno se vengaban esas derrotas 
con ésta que el infligía a quienes se daban el nombre de libertadores. 

El mismo día 29 llegó al Cuartel General de Parapara el veterano 
Carlos Silverio, con una columna. Estos traían prisioneros a varios de 
los alzados. 

El General Gómez, en la red que había tendido para esperar a 
Fernández, tenía escalonadas Tuerzas por todo el camino basta más allá 
de La Puerta. Fué por este lugar donde vino a chocar el mencionado re- 
volucionario junto con sus tropas — unos cien hombres armados. 

La acción contra Fernández le tocó al general Torres librarla, por 
haber sido el mencionado lugar el sitio en el cual el General Gómez lo 
colocara con gente lista para combatir. 

La duración del combate sería una hora, tiempo suficiente para 
que los revolucionarios quedasen derrotados. La pelea, que fué de coila 
duración pero intensa, se verificó a la proximidad de la noche del día 30 
y sólo favorecido por esta circunstancia, es como logró escaparse el ge- 
neral Antonio Fernández sin ser capturado. 

Al clarear de la mañana del 31 salió el General Gómez de Para- 
para y al pasar por San Juan de los Morros dispuso que el Ejército se 
quedara en este pueblo para que se arbitrase de algo de vestuarios, si- 
quiera fuesen alpargatas, de que estaban muy escasos los soldados. Tam- 
bién era la intención del General Gómez que esta tropa descansase ahí un 
poco y se repusiera para darla vigor para nuevas marchas en la conti- 
nuación de la primera etapa de la campaña emprendida y que iba a ser 
rematada con un éxito de importancia. 

A los electos de este aprovisionamiento de las tropas el General 
Gómez constituyó en autoridad del lugar al coronel Miguel Guardia, que 
era activo y muy apropiado para el caso. 

Al pasar el General Gómez por La Puerta para tomar el camino 
llamado de Las Minas de Cbacao, (pie atraviesa una serranía llamada a 
su vez la Serranía de la Virgen Pura, en el trayecto hacia Villa de Cura, 
ordenó que el Doctor Luis Godoy con los coroneles Arturo Uslar y Vic- 
toriano Valero, unidos a unos números de tropa, se quedasen para regis- 
trar minuciosamente aquel lugar y sus contornos, capturando los disper- 
sos de los últimos combates que pudiesen estar escondidos por esos mon- 
tes. Después, el General Gómez continuó hacia la Villa, en compañía del 
general Carlos Silverio. 

Godoy y sus hombres cumplieron de la manera más cabal las ór- 
denes que recibieran. Al ser las cinco de la tarde de aquel día descubrie- 
ron ellos, desde la altura del camino por donde marchaban, del lado 
opuesto del río Guárico -que corre en esos sitios por entre enormes ba- 
rrancos—un montón de gente, al parecer, que desmontada de sus caballc- 



— 15 — 

rías trataba de ocultárseles entre la montaña. Pero Godoy y sus com- 
pañeros hicieron unos disparos, descendieron por los barrancos pasando 
a la otra margen del río a pie, y sólo encontraron al general M. Silva Pa- 
redes, a un hijo de éste y a unos oficiales de escasa significación, quienes 
junto con el general Fernández, habían llegado a aquel punto desde La 
Puerta, habiendo éste último, con otros, huido por sus propios pasos y 
dejado allí sus bestias aperadas del todo, las cuales constituyeron apre- 
ciable presa hecha por aquellos valientes y dignos servidores del General 
Gómez, que tanto habían aprendido ya por el hecho de estar al lado de 
un Jefe de tal talla y conocimientos. Al día siguiente llegaron estos ofi- 
ciales al Cuartel General de Villa de Cura, portadores de todo lo que 
habían adquirido al desempeñar su comisión. 

El General Gómez efectuó en dicha ciudad una acción de clemen- 
cia que jamás podrán olvidar los villacuranos ni ninguno de los que esta- 
ban ahí presentes, así fué ésta de noble y generosa, habida consideración 
que se comenzaba una guerra en cpie eran necesarias las represalias para 
atemorizar al adversario. Mas, el alma grande del pacificador no fué 
capaz de dejarse seducir por los odios reinantes y plena de fe en la jus- 
ticia de su causa y en que la victoria sabría él cautivarla sin necesidad 
de ser cruel ni de inspirar terror, sino a fuerza de valentía y de constan- 
cia indomable, reunió al punto a todos los prisioneros — excepto a los 
traidores — y en la plaza principal de Villa de Cura, a la vista de casi la 
totalidad de la población, púsoles en libertad, aconsejándoles con pala- 
bras reveladoras de una conciencia enamorada siempre del bien, aunque 
plena de confianza en la virtud soberana de las energías propias, que 
se fuesen a sus casas a atender a sus familias y a trabajar, como la mejor 
manera de componer una Patria que aquellos extraviados querían liber- 
tar de unos males imaginarios por medio de los males reales de la ma- 
tanza y la destrucción de la propiedad. 

Ese mismo día se ocupó el General Gómez en dictar diversas órde- 
nes y las medidas conducentes a la captura de los revolucionarios fugi- 
tivos y de los que andaban vagando por los lugares por donde habían 
podido asilarse. Como tuviese conocimiento de que el general Luciano 
Mendoza, con algunos compañeros había abandonado la vía de los llanos, 
buscando la Sierra de Carabobo en solicitud del general Cedeño, los 
Colmenares y otros alzados que merodeaban por dicha sierra, dispuso, 
con su acostumbrada celeridad, que las fuerzas se movieran hacia aquella 
región, lugar muy favorable a ser teatro de asaltos y de guerrillas y gua- 
rida de bandas que quisiesen hacer una guerra larga y salvarse con ven- 
tajas de toda persecución. Pero para el hábil Capitán expedicionario no 
existían ni existen posiciones infranqueables ni selvas que no se puedan 
penetrar ni enemigos que logren burlarse de una persecución que él efec- 
túe. Y así tenemos, que él se internó en el laberinto de caminos, atajos, 



— 16 — 

desfiladeros y escondrijos de la tal Sierra, animado sólo de la voluntad 
de pelear y de vencer y con el mayor menosprecio de las fatigas del 
cuerpo y de los riesgos a que su espíritu impetuoso y resuelto lo exponía. 

El ejército salió de Villa de Cura el dia 3 de enero en la mañana. 

El General Gómez se internó con sus tropas en la referida Sierra 
de Carabobo y tras marebas largas y fatigantes, que únicamente aquellos 
bombres animados del espíritu superior de su Jefe podían soportar, 
acampóse en la primera noche en Los Naranjos y la segunda en la tila 
de Pacaragua, a donde llegaron a las seis de la tarde del día 4. Al ene- 
migo vinieron a encontrarlo en El Barro el 5 en la mañana, esta vez en 
combinación con el general Jesús María Arvelo, quien venía por los lados 
de Valencia. 

Pero acaeció que éste llegó primero que el ejército expedicionario, 
al punto en que se hallaban el general Mendoza y los suyos, y como 
quiera que dicho general Arvelo ignoraba la ida del General Gómez por 
Manuare y Pacaragua, rompió los fuegos sobre el enemigo, anticipándose 
a la acción combinada de ambas tropas, que hubiera sido la derrota defi- 
nitiva del general Mendoza, pues, sin la menor duda habría caído allí 
prisionero con todos sus acompañantes. No obstante se hizo un regular 
número de prisioneros, entre ellos Simeón Colmenares, Candelario Matos 
y otros oficiales que el General Gómez dispuso que fuesen conducidos a 
Valencia bajo la custodia de Pedro Felipe Rueda, oficial que había ve- 
nido con una pequeña fuerza. Con este mismo oficial mandó el General 
Gómez llevarse la artillería, arma que resultaría inútil en aquellos luga- 
res, donde el terreno está lleno de accidentes y los caminos son vericue- 
tos de difícil acceso aun para tropas muy ligeras. 

El Jefe expedicionario distribuyó todas las fuerzas de que dispo- 
nía de la siguiente manera : Las del general Jesús M* Arvelo, el batallón 
"Junín" y las del general Carlos Silverio en diferentes vías y con diversas 
comisiones, operaciones éstas que fueron dictadas en el pueblo llamado 
Juan Félix el día 5 de enero en la tarde. El general Carlos Silverio fué 
despachado hacia El Pao, llevando de Secretario al Doctor Luis Godoy. 

Entre tanto, el General Gómez, con parte del batallón "Junín", 
recorrió por todas partes en persona la abrupta y escarpada Sierra, ¡ja- 
sando por Espinito, Gengibre y El Viento y situándose finalmente en 
Carabobito, el más estratégico punto de aquellas serranías en relación 
con las operaciones militares que se practicaban. En este lugar volvióse 
a reunir con el ejército el general Silverio, después de haber efectuado 
una gran recorrida por San Francisco de Tiznados, hasta el Pao de San 
Juan Bautista. 

El regreso a Villa de Cura se verificó por Belén y Magdaleno. 
Próximamente el 25 de enero llegó el General Gómez a la primera de las 
poblaciones mencionadas. De allí se salió nuevamente, siendo el trayecto 



— 17 — 

por Güigüe, Tocuyito y Tinaquillo, vía otra vez del llano para caerle en- 
cima al renombrado caudillo llanero, general Loreto Lima, vencerlo y 
hacerlo prisionero. 

Era éste un elemento verdaderamente temible en la guerra. Espe- 
cie de fanático por las glorias de que hablan las consejas y falsas leyen- 
das al referirse a los hombres que portan lanza y retan todos los peligros 
sobre el lomo de sus indómitas caballerías, así sean esos peligros los furo- 
res de grandes ríos y caños desbordados, el zarpazo o la cornada de 
las fieras, la inclemencia de las estaciones y el semejante frente a frente 
armado y firme en fogoso corcel. De todas esas historias fácilmente 
aprendidas en el reposo de las cálidas noches tropicales, estaba nutrida 
la rudimentaria mente de aquel centauro, que no obstante estar para la 
época a que nos referimos ya entrado en años, era robusto y de una cons- 
titución tan vigorosa que nada ni nadie parecía capaz de vencerla. 

Pero la historia del temible lancero había de quedar terminada en 
esos días, pues de las empinadas cumbres había descendido ya el cóndor 
que iba a quebrantar el pecho del centauro y a relegar su fama y su re- 
nombre a esas mismas consejas que fueran los libros de caballería en que 
aprendió a ser valiente aquel terrible hijo de las llanuras. 

Llegado que fué al Tinaco el Ejército Expedicionario en los pri- 
meros dias de febrero, el General Gómez preparó una hábil estratagema 
en que tenía que caer el general Loreto Lima, a pesar de su astucia de 
zorro y de su natural sagacidad de llanero. 

Como estuviera el General Gómez ocupando con su Estado Mayor 
la plaza principal como campamento, las pocas fuerzas que tenía 
las distribuyó en las afueras de la población en acuartelamientos estra- 
tégicos: el río por el paso, lo tenía cubierto con gente. Habiendo sabido el 
General Gómez que Luis Loreto — como familiarmente se le llamaba en 
Cojedes — andaba cerca y se comunicaba con los habitantes del Tinaco, 
que eran en su mayoría revolucionarios, hizo mover en la mañana del 7 
de febrero todos los campamentos, poniéndose las tropas en disposición 
de marcha, y salió él de la plaza, vía San Carlos, pero antes había preve- 
nido a la gente dejada para cubrir el río que sólo se movilizara de allí a 
la plaza. 

El General Gómez continuó su camino hasta Orupe, adonde llegó 
a eso de las 11 de la mañana y recibió el posta por él esperado con la par- 
ticipación de lo sucedido y que era la siguiente : a poco de salir el General 
Gómez con su Estado Mayor, Luis Loreto se vino sobre ésta creyéndola 
desguarnecida, indudablemente por avisos recibidos de que había sido 
evacuada por las tropas del Gobierno. Cayó, pues, en la trampa el con- 
sumado veterano y como era bravo se metió impetuosamente y salió he- 
rido en el hombro izquierdo, durante la refriega que tuvo que sostener 
en el paso del río, desde donde las tropas del General Gómez lo llevaron 
4 



en derrota hasta el camino de Las Galeras y si no se continuó la persecu- 
ción fué debido a que toda la gente de Luis Loreto era de caballería. 

A los cuatro días de este choque en El Tinaco, cayó prisionero el 
célebre general Loreto Lima en el mencionado sitio de Las Galeras y mal 
herido. Con esta presa valiosa regresaba ya el General Gómez rumbo a 
Caracas, cuando recibió en Tinaquillo una orden del Gobierno de buscar 
a otro revolucionario que aun quedaba merodeando por los Distritos 
occidentales de Carabobo. 

Con ocasión di' la captura del general Loreto Lima el Presidente 
Castro envió un telegrama al General Gómez, diciéndole que él era el 
único que le daba resultados, como se verá en el Apéndice de este libro. 

Despachó el General Gómez para Valencia a Torres con el preso, 
y los demás Oficiales y tropas siguieron con el Jefe Expedicionario a 
acabar con el general Barráez. Después de pasar por Bejuma y Miranda 
tropezó el General Gómez al mencionado general Barráez, cerca de 
Temerla y lo desbarató, pues, ya venía el guerrillero acorralado pol- 
los generales Torrellas Urquiola y Arvelo, quien había sido el primero 
que lo tiroteara en el punto llamado el Alto de Lara. Allí cayó prisio- 
nero el general Nicomedes Aguilar, segundo Jefe de Barráez. 

El regreso se efectuó, pasando por los siguientes lugares: Tocu- 
yito, Güigüe, Villa de Cura, Pao de Zarate. Palomas y de Los Teques a 
Caracas, donde hizo su entrada el General Gómez, el 26 de febrero 
de 1902. 

Había realizado el experto adalid una campaña brillante desde 
todos los puntos de vista que quiera considerársela. Era la primera etapa 
de otra larga campaña que duraría un poco más de año y medio y en 
la cual el General Gómez dejaría consagrado su nombre de guerrero con- 
sumado y de táctico insuperable con hechos de elocuencia real tan mani- 
fiesta, que nadie, ni los más mal intencionados de sus pocos adversarios 
políticos osarán negárselos. 

Es preciso conocer la naturaleza del terreno por donde acababa 
de militar el bravo paladín de las instituciones y del orden legal. Llanu- 
ras sin ningún camino de fácil tránsito y anegadas ya de aguas por ser 
la estación del invierno; comarcas donde el espíritu revolucionario tenía 
dominados a los crédulos habitantes de esos lugares con las promesas 
de los jefes del movimiento armado; serranías abruptas propicias al 
bandolerismo y a los tiros a mansalva donde la vida corría incesante 
peligro. Eso en lo relativo a las dificultades para marchar y obtener re- 
cursos para la subsistencia de las tropas, pues, también el estado finan- 
ciero del Gobierno en aquella época las más veces padecía estrecheces 
por imprevisión y falta de buenos planes fiscales, lo que originaba un 



— 19 — 

mal para el mantenimiento de las expediciones armadas que en su 
tránsito por regiones hostiles tenían que adquirir a fuerza de dinero las 
provisiones que necesitaban. 

Todos esos inconvenientes supo superarlos el General Gómez, a 
fuerza de método, sacrificios de bienes personales, constancia de ánimo 
y energía para no dejarse abatir por las cosas adversas ni por lo impe- 
rativo de las necesidades materiales. 

Esa primera etapa de la campaña militar del pacificador, era la 
advertencia cierta de cómo iba a ser él la figura culminante de todo 
aquel proceso de luchas, de sangre derramada, de heroísmos inauditos, 
de holocaustos de riqueza, de todo ese cúmulo de cosas y sucesos, ruinas 
y grandezas que constituyen la guerra. 



SEGUNDA ETAPA 

CAPITULO III 

El General Gómez es nombrado Delegado Nacional en el Occidente de la República. — Sale 
para el Estado Falcón en ejercicio de su cargo. — Jefes y Oficiales que le acompañan. — 
Llegada a Puerto Cabello. — Alli se embarca el ejército expedicionario que va a obrar 
en Falcón. — Se avista un vapor de guerra que parecía ser la nave de los revoluciona- 
rios. — Llegada del General Gómez a Coro. — Ordena la persecución de los revoluciona- 
rios y al efecto destina a los generales Régulo Olivares y Luis Várela. — Falta de efi- 
cacia del primero de estos jefes y triunfo y derrota del segundo. — El General Gómez 
sale en persona a batir a los rebeldes. — Sangrienta batalla de Urucure en donde que- 
dan derrotados completamente los generales Gregorio Segundo Riera y Juan Pablo 
Peñalosa. — Comentarios acerca de esta Campaña del General Gómez y relación de 
estado del país en aquellos días. — Fragmentos de la proclama que dirigió el General 
Gómez a los falconianos al despedirse de ellos, después de haberles pacificado tempo- 
ralmente su territorio. 

Ya para principios de marzo la chispa revolucionaria había 
prendido en el suelo coriano, tierra clásica como productora de hombres 
aptos para la guerra. Fuertes contingentes armados estaban allí alzados 
bajo las órdenes de caudillos de celebridad en nuestras contiendas civi- 
les. Los generales Hiera, Montilla, Peñalosa y otros señoreaban por la 
mayor parte del territorio falconiano y mantenían en jaque a todas las 
tropas del Gobierno que guarnecían aquel Estado. 

Contra éstos era indispensable enviar un Jete de talla, prestigiado 
entre los soldados como valiente, hábil, experto en los asuntos de la 
guerra y que, sobre todo hubiera dado ejemplos evidentes de sus méritos 
como combatiente. 

Ninguno, sino el General Gómez reunía estas condiciones. Fué 
el elegido. 

El estaba destinado a hacer que palideciera para siempre la estre- 
lla de todos los caudillos venezolanos. A los esfuerzos de su brazo de 
cíclope y de su mente sagaz y previsora se debería no muy tarde un fe- 
cundo resultado en nuestra política estacionaria, apegada desde antaño 
a la vieja práctica de endiosar por medio de la leyenda a hombres de 



— 21 — 

fortuna y de espada para constituirlos en arbitros de la suerte de los par- 
tidos y lo que era peor, de la suerte de la Patria. Ese resultado ha sido 
la extinción del caudillaje. Así, pues, la elección del vencedor del gene- 
ral Luciano Mendoza, en cuya frente lucían todavía frescos los laureles 
conquistados en Villa de Cura, La Puerta y demás combates donde había 
vencido definitivamente al viejo y valiente soldado federalista, fué la 
elección más acertada. 

El General Gómez salió para el Estado Falcón el día 17 de marzo 
de 1902, investido con el alto cargo de Delegado Nacional en aquel Es- 
tado y en los Estados Lara, Yaracuy, Zulia, Trujillo, Mérida y Tácbira. 
Era, puede decirse, el representante o personero civil y militar en media 
República. ¡Nunca fué más merecida ni más justa la contianza que podía 
depositar un Gobierno — temeroso continuamente de deslealtades — en 
un Jefe militar! 

Los buenos elementos urbanos de Coro y otras poblaciones reci- 
bieron alborozados al pacificador, pues él les prometía paz y confianza 
en medio de aquella anormal situación. 

Llevó el General Gómez consigo un grupo de generales y oficiales 
escogidos cuidadosamente por él. Entre éstos estaban Secundino Torres, 
Tobías Uribe, F. de B. Terán, Luis Godoy, Graciliano Jaime, Santiago 
Otalora, José Ardila y otros más de mucbos servicios todos y de la ma- 
yor confianza del Delegado Nacional. 

Se arribó a Puerto Cabello el 18 de marzo y en la noche de ese 
mismo día se embarcaron a bordo del vapor de guerra Restaurador, el 
General Gómez, sus oficiales de Estado Mayor y los demás que le acom- 
pañaban para destinarlos a otros mandos, y todas las tropas de que cons- 
taba la expedición. No fué suficiente el vapor dicho para contener la 
gente y se utilizaron dos goletas que irían a remolque. 

La salida de Puerto Cabello se efectuó con el mayor orden y se 
hizo rumbo a las costas de Coro, como a las 11 de la noche. La primera 
costa avistada vino a ser la de San Juan de Capadare, lugar en que dis- 
puso el General Gómez verificar su primer desembarco por vía de explo- 
ración y acompañado de algunos de los suyos. Serían las 8 de la mañana 
del día y después que él tuvo el pleno convencimiento de que por aque- 
llos contornos no se hallaban partidas revolucionarias y era por tanto 
innecesario todo conato de expedición, reembarcóse para continuar viaje 
hacia La Vela de Coro. 

Durante este trayecto ocurrió la circunstancia momentáneamente 
alarmante de aparecer a la proa del Restaurador un buque de combate, 
perfectamente iluminado y el que por la natural sorpresa del momento 
parecía ser el navio de guerra de los revolucionarios, denominado Ban- 



— 22 — 

right, que no hacía mucho había hundido en aquellos mismos lugares al 
cañonero nacional Crespo. 

El Jefe Expedicionario con su proverbial presencia de ánimo y 
acierto ordenó inmediatamente poner en zafarrancho la nave que tripu- 
laba con su Ejército, pues era muy presumible que fuese el Banright el 
vapor que se venía encima, ya que decíase con insistencia que éste 
no se había alejado mucho del lugar de su primera hazaña marítima y 
que esperaba efectuar la segunda con la Hola que condujese tropas 
a Coro. Pero no resultó nada de lo temido, pues la nave en referencia 
era un buque de guerra de nacionalidad extranjera, del cual se destacó 
a poco una comisión a saludar al General Gómez, comisión que fué re- 
cibida por él con demostraciones de la más deferente cortesía. 

Al día siguiente amaneció el Restaurador ante La Vela de Coro, y 
ahí desembarcó la expedición para seguir viaje en ese mismo día, a la 
capital del Estado. 

Ya en Coro el General Gómez procedió a informarse, en el propio 
terreno, de todo lo (pie estaba pasando por esas comarcas, y previa la po- 
sible seguridad que tuvo de la verdadera situación de los enemigos y de 
los recursos y situación de las escasas guarniciones cpie defendían la 
parte de territorio ocupada por el Gobierno, ordenó las medidas del 
caso; las más oportunas y acertadas que podían concebirse en aquellos 
momentos para después irse orientando mejor del poder de los adver- 
sarios, de su resistencia y de si era menester salir a combatirlos personal- 
mente, como en efecto vino a suceder al transcurrir unos breves días. 

Las fuerzas del Gobierno (pie estaban repartidas en varios puntos 
las organizó y acreció el General Gómez dividiéndolas en dos columnas 
capaces para vencer cualquiera de ellas al enemigo; una de esas colum- 
nas se puso bajo las órdenes del general Luis Várela y la olía fué enco- 
mendada al general Régulo Olivares. 

Pronto había de entrar Várela en acción. En Píritu de Jacura tro- 
pezó al general Rafael Montilla, lo peleó bravamente y lo derrotó, pero 
esta buena fortuna había de durarle sólo algunos días; a su vez fué de- 
rrotado por el general Gregorio Segundo Riera, Jefe principal de los 
alzados falconianos, y la derrota fué de magnitud, pues Várela tuvo que 
huir, herido, por la vía de Barquisimeto. 

Entretanto el general Régulo Olivares perdía un tiempo precioso 
en marchas y contramarchas, en una campaña diametralmente opuesta 
al modo de combatir el General Gómez, cuya característica como Jefe en 
acción es buscar al enemigo donde esté para combatirlo. Presa, pues, el 
General Gómez de una impaciencia creciente, ya (pie su lema es pensar 
con tino v una vez determinado a una cosa obrar con velocidad fulmínea 



— 23 — 

para aturdir al contrario con la tuerza cíe lo imprevisto y de lo extraordi- 
nario, dispúsose a salir el sin tardanza a combatir a los generales Riera, 
Peñalosa y demás revolucionarios. 

Al efecto se movió de Coro el 13 de abril al mediodía, tomando la 
vía de Acurigua. por donde pasó el 14 en la mañana, llevándole ya la 
pista a Riera. Lo que no había hecho el general Olivares en muchos días 
lo efectuaba el propio Delegado Nacional en día y medio. El 15 a las 8 de 
la mañana ya el infatigable adalid tenía asidos a los revolucionarios en 
Barrio Nuevo y Urucure. 

Allí mordieron el polvo centenares de valientes corianos que se- 
guían a los Jefes revolucionarios con la reconocida candidez y ceguera 
de nuestros hombres del pueblo, a quienes seduce la fama guerrera y 
exalta la mente, fatalmente conformada para fantasear en materia de 
patriotismo, el canto de sirena de las reivindicaciones nacionales, de la 
felicidad común, del desagravio de las leyes ultrajadas y miles de hala- 
gos más con los que los empuja, la ambición de mando, a la matanza. 

La batalla de Urucure es la primera de una serie de cruentas ac- 
ciones de guerra que han de librarse en todo el territorio venezolano 
durante el tiempo que había de durar el estado anormal y de luchas 
bélicas por el cual estaba atravesando la Nación. En esa batalla se delínea 
por entero el genio militar del General Juan Vicente Gómez. 

Las tropas corianas, valientes, aguerridas, prestas siempre al com- 
bate y dóciles a acatar la disciplina de los superiores, fueron las fuerzas 
con que tuvo que habérselas en aquella ocasión el Jefe expedicionario. 
Puede asegurarse que el general Riera y los demás capitanes de la revo- 
lución en aquella parte de Occidente constituían lo selecto de todos los 
cabecillas del movimiento armado en aquellas regiones: experimenta- 
dos en la guerra, prestigiosos, con nombres que no recordaban ninguna 
felonía a sus correligionarios políticos, estos Jefes de Occidente llegaron 
a formar un verdadero ejército, armado y listo para todas las operacio- 
nes de una larga campaña y acostumbrado ya al triunfo, que es sin duda 
el mayor acicate que impele a los soldados a buscar nuevas victorias. 

A tales tropas y tales Jefes logra alcanzar el General Gómez en 
los puntos ya mencionados y los obliga a combatir. 

Sangrienta y reñidísima fué la batalla y desde la cumbre de Uru- 
cure, se cernió el General Gómez sobre la hueste de intrépidos corianos 
hasta batirla y destruirla como para dejar testimonio irrebatible de cómo 
el hijo de las cordilleras, recienvenido de combatir en la llanura no ha- 
bía olvidado lo empinado de la serranía, donde los laureles del guerrero 
se conquistan con más esfuerzos, porque ahí el hombre há menester de 
alas en el corazón para no sufrir las influencias del vértigo. 

Fué tan tremendo el golpe asestado por el General Gómez a los 
alzados en aquella ocasión, que por más de dos meses nadie volvería a 



— 24 — 

oír hablar de ellos en Coro, quienes llegaron a constituir antes de su 
fracaso una alentadora y fundada esperanza para la causa revolucio- 
naria. 

La situación de Venezuela en aquellos días era ya critica. Kl furor 
de las pasiones no reconocía diques que lo contuviesen; los hombres se 
comprometían a una cosa y por mala fe o por otras causas no cumplían 
lo pactado. Junto a la deslealtad crecía su aliada inseparable : la descon- 
fianza, miserias humanas que unidas a otro factor: el mal estado de la 
riqueza pública y la consiguiente escasez de numerario circulante, im- 
pelían al obrero y al artesano y al campesino sin pan a irse a las filas de 
los revolucionarios los más, en la falsa creencia, mantenida hasta enton- 
ces por nuestro pueblo, de que en las guerras civiles es preferible alzarse 
en armas contra las instituciones y el orden legal a servir a éstas. 

Dondequiera surgían partidas de alzados, especialmente en el 
Oriente de la República, que llegó a convertirse en un vasto Cuartel Ge- 
neral de la Revolución. Allí militaban los Jefes de más empuje que ésta 
poseía: los generales Rolando, Pancho Vásquez, los Dúchame y otros; 
entre ellos el viejo veterano general Domingo Monagas, que era muy afa- 
mado, con una fama por demás justa, por su valentía y pericia militar y 
por sus limpias ejecutorias de guerrero. 

Dentro de este caos donde lodo el mundo vacilaba inclusive el 
Presidente Castro — sólo se vinculaba la esperanza del triunfo en el bi- 
zarro paladín que hacía poco había puesto a los revolucionarios occiden- 
tales en trance de aniquilamiento con su campaña fulmínea de unas 
semanas por el territorio de los Estados Aragua, Guárico. Carabobo y 
Cojedes, y con su brillante victoria de la Cumbre de Urucure, en el suelo 
coriano. 

Puede decirse, sin pecar de exageración y mucho menos de men- 
tira, puede decirse que el nervio de aquel Gobierno que comenzaba a 
bambolear fué el General Juan Vicente Gómez: cuantas veces él aparecía 
en los lugares donde más se intensificaba la guerra y eran los enemigos y 
los peligros mayores, allí había que pelear sin tregua, allí comunicaba 
sus alientos de gigante en el ánimo decaído de los que perdían la fe y allí 
quedaban vencidos los hombres y las cosas adversas. Fué el Hércules que 
habría de asestar el golpe decisivo y formidable a aquella revolución 
que, como el monstruo mitológico, tenia cabezas múltiples y estaba ad- 
herida con tentáculos terribles sobre el suelo calcinado de la Patria. 

Y el testimonio evidente de esta verdad lo dan los hechos: el 
Presidente Castro envía a todas las comarcas donde es más cruel y 
más violenta la guerra al General Juan Vicente Gómez. Del Centro a 
Occidente, de ahí a Oriente y de nuevo a los mismos lugares antes some- 
tidos a los esfuerzos ciclópeos del Pacificador, — pero que tan pronto 



— 25 — 

como él se aleja vuelven a ser focos poderosos de la contienda, — como 
para comprobar hasta la saciedad que el único Jefe del Gobierno capaz 
de dominar la inmensidad de aquel conflicto, era el General Juan 
Vicente Gómez. 

Aunque en todas las páginas de este libro, con la sola narración de 
lo sucedido en la guerra, ha de comprender el lector como fué el General 
Gómez el vencedor de la revolución y el sostén del Gobierno de Castro; 
ha sido necesario que nos extendamos en este comentario para que per- 
dure en explicación clara la verdad de este aserto: el general Castro, 
con todos los recursos de que disponía y con la brillante fama que había 
adquirido comandando la revolución del 23 de mayo no hubiera vencido 
jamás a sus enemigos si no hubiese podido contar con un Jefe de la talla 
del General Gómez, quien en su abnegación y grandeza de alma no 
quiso que nadie mencionase esta circunstancia, la circunstancia de que 
era él el pacificador auténtico y Castro — el amigo más tarde ingrato y 
lleno del furor satánico de la envidia — el afortunado que había de dis- 
frutar de las satisfacciones, las glorias y las magnificencias de un triunfo 
tan grande como aquél y tan heroicamente obtenido. 

Ya para dejar el General Gómez la tierra coriana que merced a 
su pericia y actividad había vuelto a la vida del orden, lanzó una memo- 
rable alocución, de la cual reinsertamos los siguientes párrafos, pues, 
no hemos podido resistir el deseo de comentar con merecidas alabanzas 
el lenguaje austero y sencillo del Delegado Nacional, en que, más que 
como General victorioso se exhibe como el Magistrado paternal que hace 
un reclamo de cordura a los hombres obsecados cuyo gobierno ejerce. 

Oigamos al Jefe de espada sanativa y de conciencia iluminada 
por la llama del más ardiente patriotismo : 

"Una rápida campaña nos bastó para destruir a un enemigo tan 
tenaz en sus propósitos como engreído por una ya larga vida de facción". 
"Me voy contento de vosotros y convencido de que en este pueblo no 
vegeta el espíritu de rebeldía; de que como pueblo honrado es amante 
de la paz y del trabajo y sólo se arma para la defensa de toda causa 
justa, de toda idea grandiosa. Sueño vano, ilusión era el prestigio con 
que contaban los revolucionarios urbanos, esos eternos enemigos de las 
virtudes y del orden amamantados en el vicio y las pasiones que enervan, 
sin valor para compartir con el pobre recluta las durezas de la campaña". 

Con su acostumbrado laconismo, propio de quien da más mérito 
a los hechos que a las palabras, el General Gómez se dirige elocuente- 
mente al corazón del pueblo coriano para hacerle comprender que no 
debe dejarse engañar por los fomentadores de revoluciones que viven 
en las ciudades, linaje de plaga asquerosa que alimenta la hoguera de la 
matanza con el insano anhelo de feriar empleos y favores a la hora 
del éxito. 
5 



— 26 — 

¿Qué venezolano de buen sentido no conoce y aborrece a esos 
sustentadores de la ruina y de la muerte que constituyen los llamados 
comités revolucionarios? A esos se refiere el General Gómez, porque con 
su ojo experto y sagaz ha palpado que en estos centros inicuos es donde 
germina, se nutre y prospera la furia de la guerra civil. Al lanzar ese 
anatema contra los tales se revela ya el futuro bienhechor de la familia 
venezolana, el repúblico benemérito que inspira estas páginas en (pie hay 
mucho entusiasmo y efusión partidaria, pero en las cuales se rinde tam- 
bién tributo fiel a la verdad. 

Antes de despedirse el General Gómez de los corianos con la refe- 
rida alocución, había verificado una gran recorrida por casi todo el 
Estado, recogiendo dispersos y prisioneros y empleando para ello a los 
corianos general Chirinos y coroneles Hodulfo Roque y Pedro José Peña. 
Esta recorrida se efectuó por Sabancta, Taratara, Curimagua, Cabure, 
San Luis, Huequc y Acurigua, y el regreso a Coro fué el 22 de abril en la 
noche. El 27 del mismo salía el General Gómez para La Guaira des- 
pués de haber cumplido con absoluta cabalidad su misión de pacificador. 



SEGUNDA ETAPA 

CAPITULO IV 

Llegada del General Gómez a La Guaira después de la expedición a Coro. — Sigue desde allí, 
a pelear a Oriente y ni siquiera pasa a Caracas. — Situación crítica para el Gobierno 
Nacional en esas regiones de Oriente. — Ocupación de Cumaná después de una breve 
resistencia. — Se dispone el ataque a Carúpano donde están los mayores contingentes 
de la revolución mandados por el general Nicolás Rolando. — Ataque a Carúpano. 
El General Gómez combate con un mausser y es herido de gravedad en una pierna. 
Energía moral y física del Jefe Expedicionario. — El general Obdulio Bello hace reti- 
rar las tropas del Gobierno a Cariaco. — Inexplicable conducta de éste. — Regreso del 
General Gómez a Cumaná donde organiza nueva expedición sobre Carúpano. — Regreso 
a Caracas. 

El 27 de abril de 1902 regresó de La Vela hacia La Guaira el Ge- 
neral Gómez y llegó a este puerto el día 29. De una vez se ocupó en pre- 
pararse para expedicionar sobre el oriente de la República con tanto 
ahinco que no le fué dado poder ir a Caracas a ver a los suyos antes de 
seguir al peligro. En su característica actividad y con sus arraigadas 
ideas de consagración al deber, el Jefe benemérito posponía hasta los 
carísimos afectos de la familia en ara del cumplimiento de sus obli- 
gaciones. 

Esta actividad la reclamaba el estado crítico en que se hallaban a 
la sazón para el Gobierno todas las regiones genéricamente comprendi- 
das con el nombre de Oriente de la República. Allí estaba el nervio y la 
mayor fuerza de la revolución. Desde Rarlovento hasta Paria por el 
Naciente y desde estas extensas costas hasta Guayana, todo aquel terri- 
torio era un extenso campamento de los enemigos del orden de cosas 
que imperaba entonces. En aquellas tierras se intensificó el rencor regio- 
nalista, rencor que más tarde había de perder sus caracteres de violencia 
y de venganzas, merced a la amplia y paternal política de Patria y Unión 
que desarrollaría al frente de los destinos de Venezuela, el mismo hom- 
bre que en aquellos momentos marchaba con la espada en la mano y ple- 
no de indomable valor el corazón a enfrentarse a todas aquellas fuerzas 
y a aquellos apetitos de mando. 

Ya habían sido vencidas por las masas de la revolución, tan bien 
armadas como las tropas del Gobierno, expediciones considerables que 
organizó Castro a las órdenes de Calixto Escalante y general Ramón 



— 28 — 

Castillo García, Arístides Fandeo y otros jetes conocidos. En Guana- 
guana cayó casi todo el ejército expedicionario en una trampa hábil- 
mente preparada por los revolucionarios. 

Tenemos, pues, que éstos eran poderosos y estaban dirigidos por 
Jefes experimentados y aptos para la guerra, especialmente por los gene- 
rales Domingo Monagas y Nicolás Rolando. Aquél de historia abundante 
y de hechos lamosos en todas las contiendas intestinas de Venezuela de 
las cuales era contemporáneo y éste todavía con el renombre (pie habla 
adquirido venciendo al general José Manuel Hernández unos meses an- 
tes, cuando el contumaz ambicioso llegó con un ejército aguerrido hasta 
cerca de Ciudad Bolívar. 

En esos días se exaltaba el sentimiento revolucionario entre los 
orientales, pues esperaban al general Manuel Antonio Matos, quien de- 
bía venir con bastantes sumas de dinero y más parque a ponerse al líenle 
de ellos y darle unidad al movimiento armado, como .lele Supremo 
que era de aquella Revolución y como la persona más poderosa de ésta, 
pues a la circunstancia de tener un crédito ilimitado en el extranjero 
para conseguir recursos, unía la de ser enérgico y valeroso. 

Contra todos esos elementos iba a combatir el General Gómez y de 
ahí cpie se ocupara con el mayor empeño en organizar lo mejor posible 
su gente, insuficiente a la verdad para una empresa de la magnitud de la 
que iba a acometer, pero que bajo las órdenes de un militar consumado 
podía tener probabilidades de quedar airosa en su empeño. 

El 30 de abril zarpó para Oriente el General Gómez con sus tropas 
repartidas entre el vapor Zumbador y dos goletas (pie se llevaban a re- 
molque. En Guanta se agregó a la expedición el vapor Ossnn, para des- 
pués penetrar la pequeña tlota en el Gollete de Santa Fe y efectuarse el 
desembarco en el fondo de su ensenada, en un punto llamado Yaguara- 
cual, costa de Cumaná. De allí marchó por tierra el General Gómez acom- 
pañado de la oficialidad y con parte de las tropas, casi todas a pie. En- 
tre tanto él había ordenado que el general José Antonio Yelulini, quien 
acababa de llegar a bordo del vapor Miranda, continuara con la Ilota 
a contribuir a la expugnación de Cumaná, ocupada por el general Zoilo 
Vidal, operación que sería combinada por el ataque a dicha plaza con la 
gente que llevaba el General Gómez en persona por tierra. Pero ocurrió 
que no hubo necesidad de la intervención de los vapores para llevar a 
cabo la operación: éstos arribaron cuando ya Cumaná estaba tomada 
por el Jefe Expedicionario, después de una débil resistencia que opuso el 
enemigo. 

De allí salió el ejército el 5 de mayo con deslino a Carúpano. que 
sería atacada por medio de una combinación semejante a la que se ha- 
bía ideado para la toma de Cumaná. En Carúpano se encontraba el 



— 29 — 

grueso del ejército revolucionario, con todos los recursos del caso y co- 
mandado por el general Nicolás Piolando. 

El desembarco correspondiente se efectuó por Guatapanare el 
mismo día 5 de mayo en la noche y muy de madrugada fué emprendida 
la marcha — a pie la mayoría de la gente — hacia Carúpano. Las tropas 
que iban al asedio y sitio de la ciudad se componían de una División al 
inmediato mando del general José Rafael Bazo, de los restos de un bata- 
llón denominado "23 de Mayo" y de una Sagrada a las órdenes del gene- 
ral Simón Echenique. 

El ataque a Carúpano comenzó, pues, el día (i de aquel mes y casi 
toda la tropa que comandaba el General Gómez le era desconocida, sir- 
viéndose sólo de ayuda, al dictar sus disposiciones para el éxito de la 
pelea, de aquellos oficiales, en quienes tenía plena confianza y siendo el 
conjunto del plan de ataque no del General Gómez sino del general Ve- 
lutini, que había sido recomendado por el Presidente Castro como el 
hombre entendido en la guerra de Oriente. Esc ataque fué organizado en 
las mismas entradas de la población por una extensión de costa llamada 
Playa Grande, que estaba dominada completamente por la tuerte posi- 
ción denominada El Vigía. Y era tal la desventaja de la posición por la 
cual iba a atacar el ejército constitucional, que el propio General Gómez, 
que se había visto precisado a asentir a aquella forma de ataque, tuvo 
que encontrarse constantemente en la línea de batalla, donde combatió 
con su acostumbrado arrojo con un mausser en la mano, el que disparaba 
contra los enemigos con el noble pecho expuesto en todo instante a las 
líalas que caían alrededor en prolusión, siendo al fin herido de gravedad 
en una pierna a las 2 de la tarde del día en referencia. 

Mas, esto no fué un obstáculo para que ese valiente entre los más 
valientes siguiera peleando. Allí continuó en el puesto de honor sin ma- 
nifestar en los músculos de la cara la más leve señal de dolor material 
por la sangre que vertía su herida, tal vez con el espíritu lleno de contra- 
riedades por no tener la seguridad del triunfo en el plan de asedio que 
se verificaba y que no había sido concebido por él. Hasta las cinco y media 
de aquella tarde permaneció el General Gómez al frente de la batalla de 
Carúpano sin querer aceptar ninguna curación para su herida y ocupán- 
dose de mejorar las condiciones en que se realizaba el ataque de la ciu- 
dad. A esa hora es cuando vino a consentir en irse a curar y en reembar- 
carse. 

La pelea de Carúpano fué recia y con tal empuje embistieron sobre 
la plaza las columnas de ataque, al mando del General Gómez en persona 
y de los generales Secundino Torres, Enrique Urdaneta y Bravo Cañiza- 
les, que el enemigo evacuó el recinto defendido a la media noche y algu- 
nos de la gente del Gobierno penetraron en la ciudad la mañana siguiente. 



— 30 — 

Pero ocurrió que el general Obdulio Bello, quien a muchas instan- 
cias había logrado que el general Gómez, al separarse mal herido lo en- 
cargase de la dirección de las Tuerzas, las hizo retirar también en la 
noche hacia Cariaco. No se sabe qué idea pudo tener este general al 
ordenar esta retirada cuando ya el enemigo estaba derrotado. 

La jornada de Carúpano fué desgraciada sólo por esta circuns- 
tancia, pues, el experto Jete Expedicionario, a pesar de todos los incon- 
venientes que tuvo que superar, entre ellos la fatalidad de ser grave- 
mente herido, había logrado cambiar en victoria el combate que comen- 
zó con todas las apariencias de un suceso para las tropas pacificadoras. 

Reembarcado ya el General Gómez en una goleta, recibió los más 
asiduos cuidados de sus subalternos. El Doctor Godoy, su médico; el 
comandante Serrano, su ayudante y lodos sus demás fieles oficiales se 
empeñaron con la más tierna y deferente solicitud en hacer que sanara 
pronto el Jefe, a quien los vinculaba y vincula el más alto sentimiento de 
alecto y de respeto. Merced a la constitución vigorosa y al ánimo entero 
del General Gómez, que no se abate jamás, él pudo recuperar la salud 
pronto, no obstante que el pronóstico de su herida fué de que era peli- 
grosa. 

Tan pronto como regresó él a Cumaná, todavía sin poderse mover 
del lecho, organizó con actividad, echando mano de todos los recursos 
posibles, una nueva expedición que fuese a embestir a Carúpano. Tam- 
bién organizó otras expediciones destinadas a diferentes puntos de 
Oriente. 

Practicados todos estos trabajos, regresó a Caracas a fines del mes 
de mavo. 



SEGUNDA ETAPA 

CAPITULO V 

El General Gómez se encarga de la Presidencia de la República, en su carácter de Vicepresi- 
dente y por haberse declarado en campaña el Presidente Castro. — Parte principal y 
decisiva que toma el General Gómez en la batalla de La Victoria. — Sin su concurso hu- 
biera sido totalmente derrotado el ejército del Gobierno sitiado en dicha ciudad. — Comen- 
tarios acerca de esta derrota de las tropas revolucionarias. 

El 5 de julio de 1902 fué llamado el General Juan Vicente Gómez a 
ocupar la Presidencia de la República, en su carácter de Vicepresidente. 
Ese mismo día se declaró en campaña el Presidente Castro. 

Esa campaña que comienza con el desembarco a los costas orien- 
tales, la llegada a Barcelona, a tiempo que los ejércitos del Gobierno y 
de la Revolución libraban la reñida acción de Aragua, y que luego va a 
prolongarse desde los valles del Tuy para adquirir su máximo punto de 
extensión en tierras guariqueñas, no tiene hasta entonces ningún suceso 
que mencionarse a no ser marchas y contramarchas, pérdidas de hom- 
bres por deserciones e infidencias, como pasó con la división de Miran- 
dinos que comandaba Pérez Crespo y Palacios y que se fué íntegra a 
engrosar las filas enemigas. 

El suceso que da nombre y fama muy justo y muy merecido a toda 
esa campaña es la batalla de La Victoria. 

Reseñemos antes ligeramente lo ocurrido durante el tiempo que 
comienza el mencionado 5 de julio y termina con la acción de La Victo- 
ria; reseña que será sumamente somera, pues no entra en el plan de este 
estudio hablar de cosas que no estén directamente relacionadas con la 
personalidad del General Gómez. Este libro es sólo un homenaje de 
justicia, de cariño y admiración al hombre que llena la historia presente 
de Venezuela, desde hace quince años. 

Dijimos ya que al pisar el general Castro tierra oriental, se pe- 
leaba duramente en Aragua de Barcelona, batalla en que, a decir verdad, 
no salieron muy bien libradas las tropas nuestras, aunque también los 
revolucionarios quedaron desprovistos de parque y diezmados conside- 
rablemente en sus filas. 

Después, las huestes revolucionarias de Oriente emprendieron 
marcha hacia el centro y vinieron a plantar su cuartel general en Alta- 



— 32 — 

gracia de Orituco. A este movimiento correspondió el del ejercito del Pre- 
sidente en campaña, que regresó de Barcelona a irse a enfrentar a la 
avalancha que avanzaba victoriosa sobre su objetivo táctico del mo- 
mento : la unión de los revolucionarios orientales y occidentales, para 
luego embestir a Caracas. 

Castro se mantuvo esperando el enemigo, sin osar nunca ir a com- 
batirlo en donde estaba, ocupando y desocupando pueblos de Miranda. 
Unas veces en Santa Teresa, otras en Ocumare y las más en marcha, dejó 
pasar un tiempo precioso en que si hubiera procedido con la celeridad 
di' rayo con que sabe proceder el General Gómez en la guerra, habría 
quebrantado el poder de los enemigos, pues ellos ya venían maltrechos 
de su aventura en Aragua de Barcelona. 

Mas, parece que toda la estrategia de aquel soldado de fortuna se 
concretaba a no dejar unir los dos contingentes del adversario que con- 
vergían hacia el centro, viniendo ambos por los llanos de Oriente y Oc- 
cidente. "Flores" y "Mal Paso" son dos combates en que el general Cas- 
tro demostró su impericia para llegar con éxito a ese objetivo ambicio- 
nado. En estos combales fueron las únicas veces que combatió éste sin 
estar acompañado del General Gómez, y en ambos fué derrotado. 

En los días críticos en que el general Castro se hallaba en Ocumare 
del Tuy, perdiendo por las deserciones y deslealtades de que antes hemos 
hablado, aquel ejército que mantenía sin llevarlo al encuentro del ene- 
migo; el General Gómez, siempre vigilante y como empeñado en ser la 
mano providencial que había de salvar en lodo momento a aquel que era 
hasta entonces su amigo, ordenó a la División de Tachirenses que estaba 
en Tocuyito a la sazón, unida a tropas trujillanas y mandada por el 
general Pedro M. Cárdenas y el coronel Antonio José Cárdenas, que 
marchara junto a esas tropas trujillanas a engrosar las fdas del ejército 
del Presidente en campaña. El mismo general Castro no vino a saber que 
le venía este auxilio precioso sino cuando estaba a media jornada de 
Ocumare del Tuy. Fué tanta la alegría del futuro dictador al tener cono- 
cimiento de este refuerzo que le enviaba el general Gómez, que mandó 
a formar todo el ejército y él en persona salió al encuentro de tachiren- 
ses y trujillanos. Sin este importante auxilio los revolucionarios orienta- 
les hubieran caído sobre la hueste del Presidente Castro, poniéndola en 
serio peligro, pues ya ella estaba mermada y casi quebrantada en su dis- 
ciplina; empero se abstuvieron de hacerlo al tener el aviso de los nuevos 
contingentes que habían venido a galvanizar la moral del ejército pre- 
sidencial y a elevarlo a un número considerable de hombres. 

Ocupémonos de una vez en reseñar y comentar la parte culmi- 
nante de la campaña iniciada el 5 de julio de 1902. Ocupémonos de la 
batalla de La Victoria. 



— 33 — 

No obstante ser esta plaza un lugar de muy difícil defensa y unir- 
se a esta circunstancia la de ser las tropas revolucionarias superiorísimas 
en cantidad a los defensores de La Victoria, el general Castro cometió 
el craso error táctico de encerrarse en ella para presentar batalla a todo 
el ejército enemigo unido ya en sus contingentes de Oriente y Occidente 
y mandado en persona por el Jefe Supremo de la Revolución y por 
militares de tanta nombradla y valor como los generales Mendoza, Ro- 
lando, Riera, ambos Peñalosa, Rafael Montilla, Lorenzo Guevara, Crespo 
Torres y otros muchos más. 

Veamos como fué el General Juan Vicente Gómez quien, con su 
acierto acostumbrado en todo lo relativo a operaciones militares, voló 
de Caracas a La Victoria, en el momento oportuno, a salvar al general 
Castro de una pérdida irremediable, pues, mermada la gente que defen- 
día aquella plaza, disminuida sus provisiones de boca y escasos de per- 
trechos para mantener activa la pelea, era seguro que los atacados se 
rendirían al enemigo. 

El General Gómez cambia en un instante todo el lúgubre cuadro 
de derrota que tomaba formas precisas en el recinto fortificado de La 
Victoria. 

Encargado de la Presidencia de la República hacía cuatro meses, 
él no había descansado ni en lo más mínimo como Director efectivo que 
venía siendo de cuantos planes estratégicos y combinaciones militares 
se practicaran para destruir la potente revolución que señoreaba en casi 
todo el territorio venezolano. No obstante tener íntegra sobre sus hom- 
bros la carga de la Administración civil del País, su capacidad asombrosa 
para abarcar asuntos y negocios públicos de diversa índole, le permitía 
ocuparse también de los problemas y dificultades (pie venía creando 
de continuo la guerra. A él no pudo escapársele el estado conflictivo a 
que había de llegar el general Castro, creyendo bastarse a sí mismo para 
librar con éxito la batalla de cpie nos ocupamos, y en consecuencia se 
dio a la tarea de organizar una división de mil hombres para tenerla 
lista del todo y poder caer con ella, en el momento decisivo, sobre los 
sitiadores de La Victoria. 

Este momento llegó pronto. Para fines de octubre ya el general 
Castro vacilaba y los revolucionarios ganaban terreno en el asedio de 
la ciudad. Es entonces cuando el General Gómez se puso al frente de la 
división de que antes liemos hablado y en wagones de carga del Ferro- 
carril Alemán, arrostrando los mayores peligros pues toda la línea esta- 
ba a merced de los ataques revolucionarios — fué de Caracas a La 
Victoria. 

Cuando el General Gómez se despidió de sus amigos en la Esta- 
ción para irse a combatir, dijo las siguientes frases que lo evidencian 
6 



— 34 — 

tal como es él, siempre entero de ánimo aun en los mayores conflictos y 
en las circunstancias más difíciles: "Cambio la muleta por la espada". 
Se refería a la grave herida que recibiera en Carúpano, peleando cara 
a cara con esos mismos revolucionarios que iba a vencer, herida que lo 
obligara hasta aquellos momentos a usar muleta. El brazo férreo empu- 
ñaba de nuevo la espada victoriosa en el heroico empeño de segar más 
frescos laureles para la frente del vencedor. Ya sus dedos no se crispa- 
rían más impacientes sobre el artefacto de madera que por necesidad 
habían soportado. Ahora se estremecían de entusiasmo al posarse en la 
guarnición del acero que iba a abrir una herida mortal en el seno de la 
Revolución. 

El General Gómez llegó a La Victoria en medio de la alegría fre- 
nética de los defensores de esta plaza que se juzgaban perdidos y repen- 
tinamente cobraban esperanzas al ver entre ellos al General que se había 
destacado en aquella guerra como el único capaz de vencer siempre. 

Inmediatamente comienza a sentirse en todo el Cuartel General 
de los sitiados la influencia alentadora que les comunicara la presencia 
del denodado Jefe Pacificador y éste comienza a su vez a probar que no 
son injustificadas las esperanzas que ha despertado en aquellas tropas. 

Al frente de un pelotón de artillería con dos piezas de esta arma, 
de los batallones 1" de línea, Gómez, Bravos del Táchira y de una colum- 
na de aragüeños inicia el Encargado de la Presidencia de la República 
con todas las precauciones estratégicas del caso un hábil movimiento 
sobre la línea revolucionaria, comprendida de los picachos cercanos a 
San Mateo hasta las cumbres de El Zamuro. La operación era dificilísima 
y requería para ser practicada con éxito toda la experiencia y arrojo del 
General Gómez en los acontecimientos de la guerra. El experto luchador 
se agiganta para cumplir su cometido con absoluta cabalidad. La mayor 
dificultad consistía en el flanquear toda esa línea enemiga, en un trayecto 
como de cuatro leguas por entre desechos y laderas casi inaccesibles, 
para después volverse sobre El Zamuro y atacar allí de repente al ene- 
migo. Esta operación fué emprendida cuatro veces y otras tantas no 
pudo realizarse porque las dificultades que había que superar eran 
inmensas. Se preparaba el valiente y experto capitán a intentar el golpe 
de mano por la quinta vez. con una tenacidad digna de su constancia 
incontrastable, cuando la columna de vanguardia al mando de varios 
oficiales ocupó El Zamuro sin quemar una cápsula, pues, la gente ene- 
miga situada allí, en la creencia de que nadie podría atacar por ese lugar, 
había ido a dar un rodeo por las haciendas vecinas. Cuando esta gen- 
te regresó a ocupar la posición que juzgaban tan segura, una lluvia de 
balas que la produjo muchísimas bajas, la obligó forzosamente a reti- 
rarse al campamento revolucionario que estaba más cerca. 



— 35 — 

La dificultad más ardua de aquel movimiento estaba vencida. 
Merced a la tenacidad heroica del General Gómez el flanco izquierdo de 
los llamados libertadores era perfectamente accesible a las tropas del 
Gobierno y la retaguardia de aquellos revolucionarios estaba cortada 
por el camino de Brazen hacia Turmero. 

Cambiaba ya, pues, completamente la faz de la batalla: los re- 
volucionarios hasta entonces con todas las ventajas de su parte, eran 
a la sazón los amenazados por la derrota que no tardaría en sobrevenir; 
terrible derrota que por lo pronto dejaría a la causa de los enemigos en 
situación moral deplorable, no obstante quedarle todavía enormes con- 
tingentes de hombres, de parque y de otros recursos que tenían a su dis- 
posición ocupando como ocupaban gran parte del territorio nacional 
rica en ciudades, y en abastecimientos de lodo género. 

Tenemos, pues, que el General Gómez al llegar a La Victoria con 
sus tropas, hace el mismo efecto que Desaix, cuando en la gesta napoleó- 
nica, decide con su hueste traída del Egipto del éxito de una batalla ya 
perdida por los franceses. No es el General Gómez, de ésos que se em- 
briagan con un éxito momentáneo, sin aprovechar las circunstancias fa- 
vorables que se derivan del primer golpe anonadador asentado al adver- 
sario. Tan pronto como El Zamuro epiedó en poder de las tropas que él 
comandaba hizo montar sus dos piezas de artillería en un punto preci- 
so, que dominaba completamente la línea enemiga y otras posiciones 
que el contrario había juzgado hasta entonces de la mayor eficacia es- 
tratégica. Después de esta preparación de artillería, el General Gómez 
mandó avanzar el batallón de línea número 1' hasta El Zamuro, y orde- 
naba en tanto al batallón que llevaba su nombre desplegarse en guerri- 
llas de ataque para conducirlas con el sigilo mayor a las trincheras 
opuestas. Valientes ayudantes del General Gómez comandaban esas gue- 
rrillas. Con el apoyo de fuegos de artillería, el experto Jefe estableció 
un asedio formidable contra los revolucionarios. Este asedio daría al 
traste con la resistencia que éstos pudieran oponer y a los tres días, des- 
pués de asaltos que se sucedían en la noche y hasta en el día, el enemigo 
fué arrojado de sus posiciones mejores y obligado a quedar resistiendo 
en lugares de donde sería menos difícil echarlo. 

Entonces vino a verificarse el asalto de El Copey, en que, según el 
parte de la batalla que tenemos a la vista, el General Gómez fué factor 
importantísimo por la dirección que le correspondió en el famoso golpe 
de audacia, que naturalmente debía derivarse de las operaciones de 
ataque a que hemos venido refiriéndonos. 

El enemigo presa de pavor se despeñó por los barrancos de la 
posición perdida y vino a producir el desacierto y la derrota en las tro- 
pas que no habían sufrido directamente el asalto final de aquella jor- 
nada. Es en estos momentos cuando el General Gómez carga con el ím- 



— 36 — 

petu irresistible con que él sabe hacerlo sobre las gentes enemigas que 
se habían hecho fuertes en "Pipe" y de allí en adelante avanza con la 
potencia de un huracán que todo lo avasalla hasta convertir en completa 
huida para los revolucionarios, aquella batalla tremenda que ha podido 
llegar a ser la tumba del prestigio militar del general ('astro, si no hu- 
biera contado éste con el apoyo decisivo e infalible de su noble compa- 
ñero de armas: el General Juan Vicente Gómez. 

La pérdida de la batalla de La Victoria no entró nunca en los 
cálculos de la arrogante vanagloria de los revolucionarios. Alentados 
con el poder cpie había llegado a adquirir su causa, confiados en la supe- 
rioridad abrumadora del número de hombres y de elementos que tenían 
a su disposición, y sabiendo como sabían (pie el general Castro liaba al 
azar, más que nada, los resultados de la guerra, ellos juzgaron (pie veri- 
ficada aquella batalla, rendidos o muertos el Presidente en campaña y 
sus conmilitones, el triunfo de la revolución que se iniciara en aquella 
misma plaza sería un hecho. Pero no contaron con que entre los servi- 
dores de aquel Gobierno que se derrumbaba estaba el campeón bizarro 
que había aniquilado meses antes al renombrado general Mendoza, que 
los había vencido a todos ellos donde quiera que se le habían enfrentado, 
que aun herido de gravedad en Carúpano permaneció de cara al enemigo 
hasta que, equivocándose acerca de la competencia militar del general 
Bello, a quien dejaba dirigiendo un combate ganado, creyó que podía irse 
a curar. No contaron con que este hombre múltiple dejaría a Caracas 
en un momento dado para irse a La Victoria a probarles de nuevo la 
pujanza de su brazo y la precisión de su mente en las cosas de la guerra. 

En la batalla de La Victoria estuvieron presentes, en las filas revo- 
lucionarias, casi todos los caudillos prestigiosos y afamados- (pie cons- 
titían hasta entonces los factores decisivos de nuestras contiendas intes- 
tinas. Así, pues, esta derrota como las de El Guapo, Coro, Barquisimeto 
y Ciudad Bolívar que sobrevendrían después — fué el comienzo del pro- 
ceso rápido de decaimiento y extinción que sufriría nuestra caudillocra- 
cia. Esa batalla, es de suma trascendencia en los anales y fastos de 
la Bcpública y no debe juzgársela sólo como un suceso militar: es tam- 
bién un acontecimiento político y demarea un progreso importantísimo 
en la historia de la sociología venezolana. 

Hasta el día en que los Jefes del movimiento armado en referen- 
cia volvieron la espalda a La Victoria -porque ésta fué conquista impo- 
sible para ellos — el renombre de cualquiera de aquellos caudillos bas- 
taba para mover el rebaño humano a la matanza. Una proclama patrio- 
tera escrita en lenguaje altisonante por el plumario que cargase a su 
lado el guerrero en rebeldía, un grupo de audaces que le siguieran y 
una junta o comité de especuladores políticos que se reuniesen en la ciu- 
dad para propalar noticias falsas y hacer ofertas de dinero casi siempre 



— 37 — 

mentirosas a los ilusos alzados, he aquí todo lo que era suficiente para 
conmover el país y producir por meses y hasta por años la destrucción 
de gran parte de sus fuerzas vivas. 

Este estado de cosas, o mejor dicho ese viejo achaque de nuestra 
raza, había de acabar, porque todo cuanto existe está sometido a las leyes 
de la finalidad; pero fué una fortuna para los que vivimos en esta época, 
el que comenzará a extinguirse rápidamente, frente a los bastiones y 
campo atrincherado de La Victoria. 

Los derrotados de La Victoria son el símbolo vivo del más grande 
esfuerzo frustrado que pudieran intentar los caudillos en su deseo de 
señorear todavía por largo tiempo en la conciencia y en el corazón de los 
venezolanos. 

Para esos derrotados no habrá una voz potente que infunda ener- 
gías extraordinarias al conjuro di' un "Vuelvan caras". Quede el grito 
homérico, de suprema invocación al valor humano, para los paladines 
de la libertad verdadera que al escucharlo supieron verificar el prodigio. 

El General Juan Vicente Gómez, se destaca en La Victoria, como el 
héroe legítimo. A él corresponden, pues, los laureles del brillante triunfo 
y la alta gloria de haber asestado el primer golpe anonadador a los que 
se imaginaron que el hogar venezolano sería todavía por muchos años 
patrimonio de los poderosos. 



TERCERA ETAPA 

CAPITULO VI 

El General Gómez se dispone a emprender la campaña de Barlovento. — Su salida de La Guaira 
hacia aquellas regiones y su llegada a Carenero el 3 de abril de 1903. — El desembarco 
se efectúa peleando. — El ejército expedicionario vence la primera resistencia del ad- 
versario. — Pelea de Tacarigua de Mamporal. — Muerte del coronel Antonio Vega. 
Marcha a Río Chico. — Mala interpretación del general Ferrer a una orden del General 
Gómez. — Consecuencias de este error. — Apresamiento de un parque para los revolucio- 
narios y de la goleta que lo había conducido. — Comienza el asedio de El Guapo. — Inten- 
sidad de la batalla que se libra en este lugar. — Tres das de tremendo combatir. 
Heroico comportamiento del General Gómez. — Memorables frases que dijo en los mo- 
mentos más críticos y angustiosos del ejército expedicionario. — El General Gómez en 
persona decide la batalla con una carga formidable que da a la cabeza del Batallón 
que llevaba su nombre. 

La campaña de Barlovento se verifica en los tremendos días en que 
Venezuela sufría el bloqueo de sus costas por parte de poderosas nacio- 
nes europeas. Fué emprendida por el General Gómez en aquellos mo- 
mentos y no obstante ser estas circunstancias conflictivas de mal presagio 
para el éxito de aquella empresa guerrera, el militar hasta entonces vic- 
torioso va a dar una nueva prueba de sus indiscutibles dotes de Jefe 
triunfando otra vez de los hombres y de la hostilidad de las cosas. Ks un 
poderoso esfuerzo el que va a ejecutar el bravo paladín de aquella época, 
el denodado sostenedor de aquel Gobierno contra el cual parece que se 
hubieran unido todas las dificultades. Con esta campaña queda profun- 
damente quebrantado el poder de los revolucionarios orientales, quienes 
fueron a hacerse fuertes dentro de Ciudad Bolívar, de donde no tarda- 
rían en ser absolutamente destruidos por el mismo General que en esta 
ocasión y en medio de los mayores inconvenientes y los más sombríos 
auspicios había sabido derrotarlos a fuero de valiente, de perseverante 
y de competente en asuntos militares. 

La campaña en referencia comienza con el arribo a Carenero el 
día 3 de abril de 1903, después de haber zarpado de La Guaira, el Gene- 
ral Gómez y la gente expedicionaria la cual se componía de la Oficiali- 
dad que había acompañado al Jefe pacificador a todas partes, y del ba- 



— 39 — 

tallón que estaba bajo las órdenes del general Secundino Torres, como 
Comandante que era éste de todo el litoral comprendido hasta Tucacas. 
En Carenero se desembarcó peleando el mismo día que los revolucio- 
narios introducían un parque por las cercanías de La Boca de Páparo. 
El General Gómez mandó — tan pronto como pisó tierra — que saliesen 
fuerzas a combatir al enemigo que se encontraba atrincherado en el 
puente sobre el río mencionado. En este primer choque fueron vencidos 
los revolucionarios y quedó libre la vía para Río Chico. 

Fué entonces cuando el General Gómez dispuso que saliera el ge- 
neral Secundino Torres bacía Tacarigua de Mamporal al frente de una 
pequeña fuerza a reconocer al enemigo, pero aconteció que por allí ¡ja- 
saba el grueso de las tropas revolucionarias, lo que trajo por resultado 
que el general Secundino Torres tuvo que combatirlas con su escasa 
gente, encuentro en que este soldado valerosísimo dio una nueva demos- 
tración de su valor hectóreo. Allí murió un bravo oficial del Jefe Expe- 
dicionario, el coronel Antonio Vegas, y Torres salvó milagrosamente 
la vida. 

Al día siguiente se marchó para Río Cbico y ordenó el General 
Gómez que su Jefe de Estado Mayor, el general Diego Bautista Ferrer, 
fuera adelante para situar fuerzas en VA Guapo, las cuales debían atrin- 
cherarse allí. La operación fué frustrada, pues, el general Ferrer, por 
una falsa interpretación dispuso desocupar el pueblo que fué luego ocu- 
pado por los adversarios aprovechándose éstos de las trincheras hechas 
por la gente del Gobierno. 

Pero en compensación de esta pequeña ventaja obtenida por los 

revolucionarios, merced a un error, ellos se dejaron quitar parte del par- 
que que desembarcaban y la goleta que lo conducía, barco que fué bau- 
tizado por el General Gómez con el nombre de Tres de Abril. 

En estas operaciones y en espera de las fuerzas de Aragua que 
debían concurrir con su Presidente, a atacar a los revolucionarios, 
viniendo por la vía del Tuy, pasaron los días hasta el 11 de abril en la 
noche, horas en que comenzó el asedio de El Guapo. 

Fué esta la más cruenta batalla que se librara en territorio vene- 
zolano durante toda la guerra que reseñamos; se peleó duro, con la indo- 
mable valentía con que saben pelear los venezolanos en cuya sangre 
circula el fuego de una sangre ardorosa; de la sangre mezclada de sus 
abuelos nativos y sus antecesores hispanos. Batalla de intensidad tal que 
durante su verificación y siendo el número de combatientes de ambos 
bandos sólo de cuatro mil hombres, más o menos, quedaron tendidos 
seiscientos muertos y cuatrocientos heridos. Superó, pues, el número de 
muertos al de heridos. 

Durante tres días se estuvieron disputando el terreno los bravos 
contendientes; y las tropas del Gobierno, a quienes tocaba atacar trin- 



— 40 — 

cheras, naturalmente tenían que equilibrarse su inferioridad de posicio- 
nes y de situación a fuerza de energías y merced a la indómita valentía y 
conocimientos militares de su Jefe. 

Es en los momentos más recios de la batalla cuando acontece un 
incidente magnífico, que conocen todos los sobrevivientes de aquella 
lucha formidable. 

Los alrededores del pueblo de El Guapo están sembrados de cadá- 
veres y columna tras columna, cuerpo tras cuerpo del denodado ejército 
pacificador se ve rechazado ante los casi inexpugnables atrincheramien- 
tos y demás sistemas de defensa de los revolucionarios. Tomar aquellas 
posiciones y expugnar el campo enemigo parece un imposible. Las ague- 
rridas tropas orientales, las que más bravamente lian peleado hasta en- 
tonces en toda esa época de sangre, de sacrificios y hasta de exterminio, 
defienden el terreno palmo a palmo y su resistencia es como la resisten- 
cia de una enorme mole adherida al suelo que un gigante se afane por 
remover. En una brecha abierta a las compactas líneas enemigas, cae 
el más impetuoso de los tenientes del General Gómez. Aquel Secundino 
Torres, cuya fiera valentía hacía pensar en que las leyendas caballerescas 
de un Bayardo y de un Orlando bien pudieron haber acontecido. Las 
tropas de Aragua estaban mermadas y el desaliento cundía en sus filas. 
Allí cayeron también muchos valientes, dignos subalternos del General 
Gómez. 

Quien diga haber asistido a la batalla de El Guapo es merecedor de 
que se le acate como persona avezada al peligro, porque en esa soberbia 
justa de leones no hubo rezagados ni pusilánimes; todos riñeron con 
coraje, con el coraje criollo que impele a nuestros hombres, una vez 
listos a afrontar las penalidades y la muerte, a ir al abismo si es menes- 
ter hundirse en él para realizar el propósito concebido y no dejar lugar 
a que se les llame cobardes. 

Terrible batalla donde se exhibió con toda su magnificencia el 
valor venezolano : ahí peleaban los hombres como cíclopes y desapare- 
cían como las figuras fantásticas de un sueño. 

El incidente a que vamos a referirnos es de lo más épico y más 
gallardo que haya acontecido entre las filas de un ejército donde sólo 
la muerte señorea y donde los semblantes de los más intrépidos palide- 
cen ante el temor de la derrota y por la fiereza de la lucha. 

El general Diego Bautista Fcrrer, Jefe de Estado Mayor del Ge- 
neral Gómez, se acerca a éste en uno de los instantes más críticos 
del combate; precisamente en el momento en que los soldados del Go- 
bierno parecían ya destinados a volverle la espalda al enemigo, agotados 
en su resistencia física y moral : el general Ferrer venía a decirle al Ge- 
neral Gómez que los defensores de El Guapo eran tres mil hombres y que. 



— 41 — 

dada la situación en que se encontraba la batalla, él la conceptuaba casi 
perdida porque era imposible vencer a un enemigo superior en número, 
colocado en terreno mucho más ventajoso que el ocupado por las tropas 
del Gobierno y formidablemente atrincherado. El heroico Jefe Expedi- 
cionario lo dejó hablar y a todos estos pronósticos fatales contestó 
con las siguientes palabras: ¡General Ferrer, tenemos refuerzos y ya 
vamos a decidir esto! ¡Contamos con tres mil hombres también! A lo 
cual argüyó el general Ferrer, ya reanimado: ¿Cómo, General, y por 
dónde vienen? La respuesta fué ésta: "Ese batallón que vale mil hombres 
(se refería al batallón de su mismo nombre), usted que vale mil más y 
yo que represento los mil restantes en estos momentos en que están 
cayendo terrones en el Palacio de Miraflores! 

Esa frase en una boca que no fuera la del General Gómez hubiera 
parecido una fanfarronada, pero pronunciada por él cuando todos te- 
mían el fracaso era un rayo de indomable energía que se esparciera en 
el ánimo de cuantos estaban presentes: desde el Jefe de Estado Mayor, 
hasta el último soldado del ejército. Y así fué en efecto. A poco de haber- 
se expresado de esa manera el invencible adalid, cabalgó sobre el corcel 
de guerra, se colocó a la cabeza del batallón que llevaba su nombre y se 
lanzó contra el muro de bayonetas enemigas con la potencia de una 
fuerza que nadie ni nada podía resistir. Con esta carga impetuosa se 
decidió la acción, y El Guapo, igual que La Victoria, que amenazaba 
ser una derrota para la hueste pacificadora, se tornó en un triunfo 
espléndido. 

Las consecuencias de este ruidoso triunfo de los gobiernistas fueron 
de valor incalculable. Merced a ese éxito los revolucionarios de Oriente 
abandonaron por completo la idea que hasta entonces acariciaran de 
apoderarse de Caracas. El centro de la República puede decirse que se 
vio libre de enemigos que pudieran tenerse en consideración, pues, las 
guerrillas de alzados que merodeaban por los contornos de la Capital 
y las que se daban las manos con ellas y que estallan diseminadas por el 
Tuy, el camino de La Guaira, Aragua y otros lugares no lejanos de Ca- 
racas, empezaron a disolverse y muchas a acogerse a la clemencia del 
Gobierno. Con la batalla de El Guapo comienza definitivamente la agonía 
de aquella revolución que recibió el nombre de Libertadora. 

Al verse derrotados los revolucionarios que mandaba el general 
Nicolás Rolando, replegaron por la vía de los llanos de Maturín hacia 
Ciudad Bolívar, marcha que habla bien de la disciplina de aquellas 
tropas y de la pericia y energía de aquel Jefe oriental, pues, a más 
de ir ellas derrotadas y expuestas a quedar reducidas a carnadas es- 
casas por la deserción en un trayecto tan extenso como el que iban a 
recorrer, dos causas más contribuían a hacer que el desaliento cundiese 

7 



— 42 — 

en sus filas: el general Horacio Dúchame, que constituía la base de apro- 
visionamiento de aquel ejército y el contingente apreciable con que él 
contara para el caso de una derrota, había reconocido al Gobierno im- 
plícitamente con una aparente declaratoria de autonomía del Estado 
Maturín, donde la confianza del general Rolando lo había colocado como 
Jefe Civil y Militar. Eso por una parte, que por la otra el Doctor José 
María Ortega Martínez, que estaba a la retaguardia del ejército que com- 
batía en El Guapo, y que tenía un buen número de tropas y un parque 
precioso para los revolucionarios en aquellos momentos, — pues llegaba a 
trescientos mil tiros y los orientales habían agotado sus pertrechos, — se 
dejó quitar ese parque y hacer prisionero en Palmira, por una guerrilla 
comandada por un oficial del Gobierno. 

Con El Guapo y después con Ciudad Bolívar, quedará totalmente 
destruida aquella tremenda conflagración que llegó a poner en aprietos 
al Gobierno de Castro y que sin disputa ninguna hubiera acabado con 
este Gobierno a no encontrarse entre sus defensores un Jefe de la talla 
del General Gómez. 



TERCERA ETAPA 

CAPITULO VII 

El General Gómez parte el « de mayo de 1903 para su nueva campaña de Occidente, con el 
carácter de Comandante en Jefe del Ejército Expedicionario. — Lo acompaña un luci- 
do cuadro de subalternos. — Desembarco en Tucacas el 2 en la tarde. — Horas antes 
había desembarcado en el puerto nombrado el Jefe de la Revolución general Manuel 
Antonio Matos. — Referencias acerca del general Matos. — El General Gómez organiza 
la marcha del ejército por la línea del ferrocarril que va de Tucacas a Barquisimeto. — 
Llegada a Palmasola donde planta el Comandante en Jefe su Cuartel General. — 
Comienzan las hostilidades contra el enemigo que estaba extendido por toda la línea 
hasta Barquisimeto. — Pelea en el puente de Yumare. — Triunfo del Gobierno en este 
combate donde muere el valiente general Avelino Figuera. — Estratagema del Gene- 
ral Gómez. — Su marcha sobre Barquisimeto por la vía de San Felipe. — El general Ra- 
fael González Pacheco marcha también con un ejército sobre Barquisimeto. — El ene- 
migo, que había desocupado esta plaza, vuelve a ocuparla al darse cuenta del movi- 
miento de diversión del General Gómez. — Reunión del General Gómez y de González 
Pacheco. — Ataque de Barquisimeto. — Entrada triunfante a ella el 23 de mayo. — Marcha 
hacía Coro en persecución del enemigo. — Batalla de Mata-Palo. — Cablegrama del Presi- 
dente Castro al General Gómez. 

El 1" de mayo de 1903 zarpó de La Guaira el General Gómez, 
rumbo a Tucacas, para ir a realizar su segunda y brillante campaña en 
el Occidente de la República. Iba investido con el alto cargo de Coman- 
dante en Jefe del Ejército Expedicionario sobre los revolucionarios que 
aun estaban muy fuertes en estas regiones, pues ocupaban casi todo el 
Estado Lara y el Estado Falcón. 

Acompañaban al General Gómez muchos Jefes y oficiales de nom- 
bradla y llevaba una tropa veterana compuesta del Batallón "Gómez", 
al mando del general Eustoquio Gómez y de una División bajo las órde- 
nes inmediatas del general Eulogio Moros. Mandaban cuerpos en esta 
División los generales Félix Galavís, Florencio Reyes y Avelino Figuera. 
Ayudantes del general Gómez eran el general Graciliano Jaime, los co- 
roneles Santiago Otalora, Luis Reaño y otros que le habían acompa- 
ñado también en todas sus campañas y le eran absolutamente fieles. 
Eran, pues, brillante este Estado Mayor, cuya Jefatura desempeñaba 
el general Diego Bautista Ferrer — veterano de reconocido valor — y este 



— 44 — 

grupo de subalternos. A más de la División y del Batallón "Gómez", for- 
maba parte del ejército un apreciable número de oficiales sueltos que 
constituían un cuerpo o "Sagrada", según el nombre usual que se da a 
estos contingentes. 

El desembarco en el puerto de Tucacas se verificó peleando el 
mismo día 2 de mayo en la tarde y prima noebe, lugar por donde había 
desembarcado también el general Manuel Antonio Matos, Jefe de la Re- 
volución, algunas boras antes. 

Al mencionar el nombre del Jefe de la Revolución, es justo que 
digamos algo acerca de la persona de éste. El tenía bastantes méritos 
para ser el Caudillo supremo de aquel movimiento armado. Su liistoria 
política lo señalaba como el hombre más prestigioso en aquella época 
para encabezar todo el cúmulo de aspiraciones, propósitos y planes de 
los adversarios. Hombre de negocios, acaudalado y con un crédito ilimi- 
tado en el extranjero— cosa que le facilitaba conseguir tunero y cuantos 
elementos de guerra requería la revolución — con energías bien cono- 
cidas para afrontar el peligro y hacerse respetar de sus subalternos y de 
una aquilatada conducta como ente público y social, él reunía las condi- 
ciones necesarias para ponerse al frente de una Causa y de allí que entre 
tanto elemento de lucha y de valor indiscutible, como lo eran los gene- 
rales Rolando, Monagas, Mendoza, Riera, Rafael Montilla, Lara, Antonio 
Fernández, Luis Lorelo Lima y muchos más Jefes de justa Hombradía, 
fuese él el elegido. 

El desembarco del general Matos en Tucacas, del cual acabamos 
de hablar, es una de sus acciones notables como hombre de acción audaz, 
de los que saben exponer la vida cuando la fidelidad a los compromisos 
contraídos se lo imponen. 

Ya en Tucacas se ocupó el General Gómez en organizar la marcha 
del Ejército por la línea del Ferrocarril que va de Tucacas a Rarquisi- 
meto, línea que en gran parle estaba defendida con obras formidables 
por los revolucionarios. Además, había la gran dificultad de tenerse que 
andar por aquel camino sobre el cascajo o ripio del cobre de las minas 
que es como si se anduviera por sobre vidrios rotos. Todas estas pe- 
nalidades tenía que afrontarlas el General Gómez y su heroico y ague- 
rrido Ejército. Las pocas bestias que se llevaban quedaron inutilizadas 
en la primera jornada rendida. El 4 de mayo en la mañana salió el 
General Gómez y su gente de Tucacas, pernoctó en El Almacén y llegó 
el 5 a Palmasola, donde fué plantado el Cuartel General. De una vez 
comenzó el General Gómez a trazar su plan de campaña sobre los re- 
volucionarios. El día 6 dio orden de atacarlo en el sitio de Yumare, 
donde hay un puente en la línea férrea; el ataque fué intenso y costó 
muchas vidas a las tropas del Gobierno, entre otras la del general Ave- 
lino Figuera, quien dirigió éste. Por fin, después de recio pelear, el ene- 



— 45 — 

migo se dejó quitar la fuerte posición que defendía en el lugar mencio- 
nado. Este triunfo representó para el Ejército Expedicionario la doble 
ventaja de advertir al adversario la inferioridad en que estaba respecto 
a nuestras tropas y la de hacer creer a los Jefes de la Revolución que el 
General Gómez continuaría atacando por la línea, cosa que aquéllos 
preferían porque desde Yumare basta Barquisimeto tenían formidable- 
mente atrincherado el camino de hierro y se hacían el cargo de cómo las 
tropas que venían sobre ellos irían poco a poco gastándose en ataques 
tan recios como éste que acababa de costar la vida al valiente general 
Avelino Figucra. 

Pero esa misma creencia de los Jefes revolucionarios fué para el 
General Gómez muy favorable, pues, dándose él cuenta cabal de como 
pensaban los enemigos aprovechó esta circunstancia para continuar ha- 
ciendo el aparato de preparativos para seguirlos asediando por aquellos 
lugares. Al efecto dejó gente que los estuviera hostigando allí mientras 
él verificaba un movimiento divergente por la vía de San Felipe. Al darse 
cuenta los revolucionarios de este plan volverían a ocupar a Barquisi- 
meto, plaza que dejaron desguarnecida en la confianza de que nunca 
llegaría hasta ella el General Gómez por la línea del ferrocarril. Ellos 
habían dejado sin gente a la capital de Lara el 5 de mayo y entretanto el 
General Gómez realizaba su avance con el grueso de sus tropas hacia 
San Felipe, a donde había ordenado que permaneciera el general Pedro 
Linares. Tan pronto como llegó el Jefe Expedicionario a San Felipe, 
recibió órdenes este general de adelantarse sobre Duaca, pues el enemi- 
go se había situado en Pueblo Nuevo. Ya para entonces tenía el General 
Gómez noticias de cómo el general Rafael González Pacheco avanzaba 
con un ejército por Quíbbr y esperaba que se aproximase, teniendo qui- 
zá en mientes la combinación de que este Jefe militar ocupara primero 
a Barquisimeto para reducir al enemigo al pueblo de la línea donde se 
encontraba. 

Por otra parte, el General Gómez mantenía una constante comu- 
nicación con la gente que había dejado por Tueacas y la que estaba en 
Duaca. El continuó su marcha hacia Barquisimeto; pero al estar ya cerca 
de la ciudad, los revolucionarios como lo hemos indicado antes — se 
dieron cuenta cabal del plan estratégico del General Gómez y con la ra- 
pidez que les fué posible — por lo tarde que habían venido a compren- 
der el engaño que sufrieran — volviero a ocupar a Barquisimeto el día 
20 de mayo. Al siguiente, esto es, el 21, se reunieron el General Gómez y 
el general González Pacheco en un lugar denominado La Buezga. 

Sin perder momentos el General Gómez puso cerco a la plaza y 
el ataque comenzó para durar hasta la noche del 22 de mayo en que el 
enemigo, a favor de la oscuridad pudo huir por el camino de Siquisiquc 
y Bobure. Esta acción fué reñidísima, y tanto, que en ella perdieron las 



— 46 — 

tropas del Gobierno muchos más elementos de importancia que la Re- 
volución. Allí cayeron sin vida los valientes servidores generales Carlos 
Arvelo y Benjamín Pacheco; el general Jesús María Arvelo recibió una 
herida mortal que pocos días después tendría un íin fatal arrebatando 
al Gobierno la existencia de un veterano de fidelidad y valor com- 
probados. 

Pero los sacrificios correspondieron a la importancia y conse- 
cuencias del éxito logrado. 

El 23 de mayo entró triunfante a Barquisimeto el General Gómez, 
a la cabeza de su bravo Ejército y los revolucionarios occidentales que- 
daban ya humillados en su orgullo de imaginarse que podían volver a 
dar a su Causa, la fuerza y poder que llegase a adquirir hasta el tiempo 
en que fué duramente escarmentada en La Victoria. 

No descansó el General Gómez saboreando aquel triunfo, pues, 
para él vencer no es cosa que lo envanezca. Inmediatamente ordenó 
continuar la persecución de los derrotados y en la tarde del mismo 23 
de mayo salió tras ellos, yendo a acampar en la noche en el lugar lla- 
mado Cerritos Blancos. El 25 entró a Quíbor, donde definitivamente se 
informó de cómo los revolucionarios seguían por la vía que conduce a 
Coro. En consecuencia mandó que dos de sus subalternos se adelanta- 
sen con fuerzas sobre Baragua, para seguir él después con el fin de ver 
si lograba unirse al general Guillermo Aranguren, que venía de Coro con 
gente. Su intención no era reforzarse con esta gente del general Arangu- 
ren, pues, con la que llevaba había demostrado elocuentemente que po- 
día destruir al adversario; él lo que deseaba era hacer a Aranguren par- 
tícipe de las glorias de aquella campaña, como lo mencionó en su tele- 
grama para el general Castro, acerca del particular. 

Este proceder noble y generoso del heroico Jefe pacificador es 
una de las características de su trato y relaciones con el compañero de 
armas. Como hombre de propios y muy grandes méritos él no es capaz 
de sentir la torpeza de la envidia, que es en otros funesta consejera. El 
general Aranguren tendría su parte de glorias en una campaña que ne- 
cesariamente iba a ser ganada por el heroico vencedor de El Guapo. 

El General Gómez salió de Quíbor el día 26 y de esta población se 
separó el general Diego Bautista Ferrer, quien regresó a Barquisimeto 
investido con el cargo de Comandante de Armas de Lara. A Carora 
llegó el ejército el 28 para seguir por Baragua, Mamoncito y La Danta, 
hasta ocupar a Piedra Grande, a tiempo que dos subalternos del General 
Gómez deberían estar en Agua Clara. De este punto se marchó por Pu- 
rureche — vía Pedregal — donde se halló la huella de los fugitivos. Esto 
aconteció el día 2 de junio. Ese mismo día fué alcanzado el enemigo en 
el lugar llamado Mata Palo, a las ocho de la noche. 



— 47 — 

En este lugar habían de sufrir los revolucionarios occidentales su 
derrota final. Mata Palo sería la cesación de la formidable tempestad 
que se acumuló sobre el cielo de aquellas regiones hasta llegar a con- 
densarse, para perder su tremenda pujanza ante la voluntad férrea y 
omnipotente del hombre que había de dominarla. 

A esa misma hora, esto es a las ocho de la noche, ordenó el Ge- 
neral Gómez atacar al enemigo. La acción fué cruenta y duró toda esa 
noche y el día siguiente en cuya tarde se declaró el adversario en com- 
pleta derrota. Allí, como en Barquisimeto, las filas contrarias estaban 
mandadas por la flor y nata de los generales de Occidente: Gregorio Se- 
gundo Riera, Jacinto Lara y otros más de justa fama y nomb radía cedie- 
ron el terreno ante la arremetida incontenible de la gente del General 
Gómez. El espíritu de este guerrero estaba infundido en los suyos y don- 
dequiera que combatían era para vencer, así fueran barreras infranquea- 
bles de trincheras y de posiciones como en El Guapo, así la superioridad 
del número y la pericia de los caudillos adversarios como en Mata Palo. 
El mismo general Manuel Antonio Matos, Jefe Supremo de la Revolución, 
sufrió las amarguras de la última y tremenda derrota que les infligiera 
el General Gómez. 

Los caudillos revolucionarios huyeron a favor de la noche del 3 
de junio para ir a ganar la costa de Coro y embarcarse absolutamente 
vencidos con rumbo a Curazao si lograron ésto se debió a que no se 
cumplieron con exactitud las órdenes precisas que tenía dadas el Coman- 
dante en Jefe del Ejército de tener muy bien vigilado todo el litoral 
comprendido en los lugares de Agüide, Cápano y Cardonalito. 

En Mata Palo sufrió la tropa del Gobierno pérdidas considerables, 
pues, como lo hemos dicho, allí se riñó brava y sangrientamente. 

A contar de entonces todo el Occidente quedó pacificado y sin 
enemigos, pues, ya hasta el mismo general Rafael Montilla, el guerrillero 
de fama legendaria y fiera, derrotado con sus demás compañeros en 
Barquisimeto, se había ido a internarse a sus selvas y laberintos de 
Guaitó. 

La empresa confiada al General Juan Vicente Gómez por el Pre- 
sidente Castro estaba cabalmente realizada en la parte occidental de la 
República. Los laureles conquistados por el experto adalid eran legí- 
timos y quien osara disputárselos en lo porvenir sería víctima de su pro- 
pia envidia y felonía y quedaría castigado por esa Providencia infalible 
que rige los destinos humanos haciendo que la verdad y el mérito ven- 
zan contra todas las acechanzas del mal. 

Desde el 20 de diciembre de 1901 hasta el 3 de junio de 1903 el 
brazo incansable de este púgil mantiene firme entre los dedos hercúleos 
la espada y así la mantendrá mientras no expugne a los enemigos del 



— 48 — 

Gobierno de sus últimos baluartes en Ciudad Bolívar. Es más de año 
y medio de incesante combatir y casi no existe núcleo revolucionario 
que no haya sentido sobre sus flancos el duro acometer de aquella 
espada. Hoy Luciano Mendoza y Luis Loreto Lima, mañana Nicolás 
Rolando y después Riera y el mismo Matos, casi todos los caudillos revo- 
lucionarios han visto con sus propios ojos el relámpago de la espada 
victoriosa que finalmente iría a trazar en las márgenes del Orinoco 
— sobre los estragos que dejaría en pos de sí la matanza, — las promesas 
de una paz perdurable. 

Cuando el Presidente de la República recibió la noticia de la 
acción de Mata Palo y del triunfo definitivo obtenido por las armas del 
Gobierno sobre todos los elementos revolucionarios de Occidente dirigió 
al General Juan Vicente Gómez un telegrama que es muy conocido, 
pero que no podemos resistir el deseo de publicarlo en este libro y aun 
de comentarlo. (*) 

Ese telegrama fué escrito en un momento de sinceridad por el 
hombre que después de haber sentido tangiblemente que el poder se le 
iba de las manos, lo veía entonces reafirmado por el valiente compañero 
de armas que venía protegiéndolo desde que pasaran juntos el río Tá- 
chira el 23 de mayo de 1899 hasta aquellos instantes en que pleno de 
efusión consignaba todas las verdades "expresadas en esos renglones. 

Pero así es de veleidosa la conciencia en aquellos a quienes ciega 
el furor de la soberbia y llegan a creerse señores absolutos de los demás. 
Castro salvado en 1903 por el heroico combatiente a quien él mismo 
apellida el Pacificador, vendrá a ser breves años después, el más em- 
pecinado de los enemigos del General Gómez. Ansiará en su ira oculta 
el veneno y el puñal para acabar con la existencia noble y generosa de 
aquel que supo exponerla cien veces para mantenerlo al frente del 
poder. Autorizará, sigiloso y torpe, la acechanza para atentar contra 
aquella vida, pero no tendrá en cuenta esa misma Providencia que él 
invoca en su telegrama y que ha de encargarse de corresponder a quien 
él — Castro — no podía hacerlo dignamente. 

Ese telegrama constituirá siempre en el Tribunal augusto de la 
Historia, la prueba plena de cómo Castro reconocía los merecimientos 
altísimos del General Gómez para tener derecho a todo linaje de recom- 
pensas, aun las eminentes. Cuando al discurrir del tiempo, pasados ya 
los sucesos contemporáneos que por su influencia inmediata pueden 
hacer que no se juzguen éstos con la serenidad necesaria, los hombres 
leerán esa confesión explícita que hace Cipriano Castro de haber sido 
salvado por los esfuerzos del General Gómez y comprenderán cuanto fué 



(*) Véase en la Sección Apéndice el telegrama en que se califica al General Gómez 
de "El Salvador del Salvador". 



— 49 — 

de inicua, de mezquina y de punible la conducta de aquél para con éste, 
y comprenderán también que en virtud de las leyes sociológicas que 
rigen las colectividades humanas. Castro, el vanaglorioso, tenía que ser 
humillado al fin por la austeridad republicana del General Juan Vi- 
cente Gómez. 

Entre los dos hombres el pais no tenía porque dudar: ya para la 
fecha que narramos la mayoría del pueblo venezolano esperaba que el 
General Gómez, sería el sucesor del general Castro y como quiera que 
para esta época el Caudillo de la Revolución de Mayo había perdido su 
prestigio, aun entre los más de sus servidores que habían recibido el 
desdén de éste que se siluetaba como tirano al verse consolidado en el 
poder, toda esa mayoría, incluidos los revolucionarios vencidos, volvían 
los ojos hacia el magnánimo vencedor que había practicado sus campa- 
ñas sin atropellar a nadie, no obstante haber sido aquella guerra una 
guerra en que las pasiones de regionalismo más que las pasiones polí- 
ticas habían inspirado a los hombres de la revolución. 

Pasados los días de efusión por el triunfo que debía al General 
Gómez, vendrían para el general Castro las suspicacias y los recelos. 
Así es de mezquina la condición humana, cuando no se posee un cora- 
zón grande capaz de acallar con el compás sereno de sus palpitaciones 
el rumor halagüeño de la adulación, de esa mala consejera que forja 
fantasmas de efímera gloria en la mente de los gobernantes mediocres, 
conduciéndolos de la arrogancia a la megalomanía y de la megalomanía 
a la locura. 

De haberse mantenido el general Castro ecuánime y pensando 
siempre de la manera (pie pensara al dictar el notable telegrama que 
venimos comentando, su suerte como hombre público sería muy otra. 
Venezuela entera le habría perdonado sus errores si se hubiera aliado 
con esa Providencia que invocaba para dejar que el Pacificador de la Re- 
pública llegara a obtener la única recompensa digna de sus insignes ser- 
vicios: la Primera Magistratura Nacional. Pero no aconteció de esa 
manera, el camino que siguió fué el del mal y hoy sufre las consecuen- 
cias vagando de pais en país extranjero, torturado en sus dias y en sus 
sueños por la furia de la venganza, befado por los que antes quemaran 
incienso ante su frágil altar de ídolo y condenado a no volver a la patria 
sino como un paria a quien nadie se atreve a tender la mano sin rubor. 



TERCERA ETAPA 

CAPITULO VIII 

Organizase la expedición para Oriente. — Salida del General Gómez al frente de ella en la noche 
del 28 de junio de 1903. — Fuerzas que componían esa expedición. — El General Gómez 
se lleva de La Guaira sus tropas predilectas. — Arribo a Carúpano. — Combate de Campo 
Claro y Soro. — Entrada al Orinoco y desembarco en Santa Ana. — Comienza el asedio 
de Ciudad Bolívar. — Conferencias de paz para ver si se evitaba un nuevo derramamiento 
de sangre. — Los revolucionarios hacen imposible todo advenimiento y hay que comba- 
tir. — Confianza que tenían éstos en lo inexpugnable de la plaza, reputada la más fuerte 
de Venezuela. — Gran cantidad de tropas y elementos de que disponían. — Batalla de 
Ciudad Bolívar. — Consideraciones acerca del vencimiento de la Revolución y de la tras- 
cendencia de esta batalla. 

La expedición a Oriente se organizó en pocos dias y en la noche 
del 28 de junio estaban listas para embarcarse las tropas que llevaría el 
General Gómez de Caracas para formar aquella expedición. Entre los 
individuos que la componían iban el Doctor .1. R. García, con el carácter 
de Secretario General del Comandante en Jefe de ella, y el Doctor Luis 
Godoy, como Médico Cirujano Mayor. 

Las fuerzas de que había de constar el ejército que marchaba a 
dar el último golpe a la Revolución, serían las siguientes: una División 
y media que estaba en campaña en Maturín al mando del general Manuel 
Salvador Araujo, División cuyo efectivo no pasaba de 900 hombres; una 
División que debía incorporarse al General Gómez en Carúpano, la cual 
resultó no constar de más de cuatrocientos hombres, debiendo dejarse la 
mitad de ella en este lugar; mil quinientos hombres que tenía el general 
Emilio Rivas en Soledad y una pequeña partida de gente que se agregó 
en San Félix al General Gómez y que estaba mandada por el general An- 
selmo Zapata. A más de esa gente el General Gómez se llevó de La Guai- 
ra la División Vanguardia, mandada por el general Eustoquio Gómez, 
una Sagrada y un Cuerpo de Artillería. 

Con estos últimos contingentes salió el general Gómez de La 
Guaira en los vapores Restaurador, Zamora y Bolívar, y se hizo rumbo 
a Carúpano, para embarcar allí la gente a que hemos hecho referencia 
en el párrafo anterior. En este puerto se incorporó el vapor Miranda a 
la flota que conducía los expedicionarios y se siguió hacia la costa del 



— 51 — 

Golfo de Paria, donde habían muchas partidas de revolucionarios. El 
día 2 de julio atacó el General Gómez a esas partidas que se habían unido 
bajo el mando de los generales Antonio Paredes, Manuel Morales y 
Juancho Córcega y las derrotó y dispersó completamente. El lugar donde 
se libró esta acción se denomina Campo Claro y allí quedaron fuerzas 
suficientes del Gobierno al mando de un Jefe conocedor del terreno, a 
fin de que se verificase la recolección de presos y dispersos. 

El día 11 franqueó la flota expedicionaria la entrada al Orinoco y 
el 13 se efectuó el desembarco de las tropas en Santa Ana, después de ha- 
ber pasado en los vapores la gente que traía el general Manuel Salvador 
Araujo, la cual se encontró con los contingentes que llevaba el General 
Gómez en el punto llamado Palital. 

Para el día 15 ya tenía el General Gómez organizado el ejército 
en los alrededores de Ciudad Bolívar y comenzó a poner sitio a la plaza 
tanto por la parte del río como por tierra. 

Ciudad Bolívar, aun sin estar fortificada es por sí sola una formi- 
dable defensa contra los ejércitos que osen atacarla, así sean ellos nu- 
merosos y escasas las tropas que defiendan el recinto de esta ciudad. 
En diversas ocasiones fué ella el baluarte preferido de cuantos Genera- 
les previsores quisieron defenderse con pocos soldados de enemigos fuer- 
tes y no es sino con dificultades inmensas y con miles de hombres como 
puede ser expugnada esta plaza que, regularmente guarnecida, es casi 
imposible tomar. Especie de inmenso castillo roquero, protegida en gran 
parte por un río profundo y de anchura notable, para asaltarla a mano 
armada se necesitaría demolerla primero con una artillería poderosa y 
lanzar sobre sus ruinas un ejército aguerrido que fuera cuatro o cinco 
veces mayor que el ejército atacado. 

Más de tres mil hombres constituían los defensores de Ciudad 
Bolívar cuando la atacó el General Gómez; tres mil hombres bien arma- 
dos y municionados con provisiones de boca para resistir largo tiempo 
hasta rendirse o vencer y mandados por un General experto en el arte 
de la guerra y justamente prestigiado entre sus subalternos, pues había 
sido la figura descollante de la Revolución en Oriente. Bajo las órdenes 
del general Rolando estaban en la batalla que se riñó allí, la flor y nata 
de los soldados orientales, de esa brava gente que había venido triun- 
fando ruidosamente en otras batallas campales como Guanaguana. Los 
Jefes y oficiales que comandaba el defensor de la plaza eran todos afa- 
mados y los había de la talla de un Pancho Vásquez. Necesariamente, 
pues, el ataque de Ciudad Bolívar tenía que ser una empresa ardua y 
lograr éxito en ella era sumamente difícil. Este ataque lo acometió el 
General Gómez con tropas que no eran mayores que las revolucionarias. 

Inmensas eran las dificultades que tendría que superar el Coman- 
dante en Jefe del Ejército Expedicionario para llegar al fin que se pro- 



— 52 — 

ponía. Veamos cómo realizó cabalmente ese propósito y en 50 horas se 
adueñó de Ciudad Bolívar y acabó con la Revolución. 

Dispuso el General Gómez que las fuerzas del general Emilio Ri- 
vas adelantasen en el vapor Miranda hacia el laclo arriba de la ciudad, 
lo que se efectuó el día 12 por la noche. Ya antes se había estado en con- 
ferencias para ver si era posible llegar a un tratado de paz que finalizara 
la guerra sin necesidad del nuevo y terrible derramamiento de sangre 
cpie iba a sobrevenir; pero los Jefes de la plaza sitiada no quisieron acep- 
tar las liberales condiciones cpie el General Gómez les ofrecía y prefirie- 
ron librar a la suerte de las armas la causa (pie venían defendiendo. 
Kilos se creyeron muy fuertes en Ciudad Bolívar, y a la verdad (pie tenían 
razón, pues era casi un absurdo imaginarse (pie un número de tropas 
más o menos igual en todo a las tropas sitiadoras pudieran ser vencidos 
por éstas. El error de estos caudillos revolucionarios no estuvo en creerse 
suficientemente potentes para combatir y triunfar; ya hemos dicho (pie 
la antigua Angostura es un baluarte inexpugnable cuando está suficien- 
temente defendida. El error que sufrieron el general Rolando y sus 
compañeros de lucha estuvo en no valorar cabalmente las cualidades do 
láctico y hombre de acción que concurren en el General Gómez, el Jefe 
que tenían de frente. 

Durante las conferencias de paz a que nos venimos refiriendo, 
hubo un diálogo entre el General Gómez y el general José Manuel Pe- 
ñalosa — Jefe connotado de la Revolución diálogo que constituye un 
testimonio evidente de la fe absoluta que tenía el General Gómez de 
triunfar en Ciudad Bolívar. Estando presente el Obispo de la Diócesis de 
Guayana y previa presentación que hizo el General Gómez a este digna- 
tario de la Iglesia de los generales Emilio Rivas, Manuel Salvador 
Araujo y Enrique Urdanela, el general Peñalosa enumeraba al Jefe Ex- 
pedicionario las serias dificultades con que tropezaría en el asedio y 
toma de la formidable plaza que iba a atacar; entre otras cosas le dijo 
que el general Rolando contaba con tres mil hombres. A todo esto con- 
testó el General Gómez, dirigiéndose simultáneamente al general Pe- 
ñalosa y al Obispo Monseñor Duran: "Yo tomo a Ciudad Bolívar porque 
hay Dios y si hay Dios usted me dará el brandy en Ciudad Bolívar". En 
respuesta, el general Peñalosa le manifestó que no beberían el brandy 
juntos en Ciudad Bolívar, pero que si no se llegaba a un arreglo no le 
dispararía un solo tiro. Después, éste se fué en la noche a comunicarle 
todo lo hablado al general Rolando y a significarle que debía prepararse, 
porque el General Gómez le caería encima esa misma noche, pues le 
constaba que ardía en deseos de pelear. Así fué: a la madrugada del día 
siguiente, a las 3 a. m. comenzó el ataque. 

La fe al acometer toda empresa, es la característica del General 
Gómez como hombre de acción. En ese simple diálogo con su inlerlocu- 



— 53 — 

tor general Peñalosa, se revela todo el poder avasallador de esa fe. Por 
medio de esa virtud altísima ha de ejecutar prodigios. Obstáculos que 
se presentan insuperables son vencidos por él. Donde el número y la ca- 
lidad de sus tropas son de inferioridad manifiesta a las del adversario, 
el General Gómez se multiplica para suplir con su actividad y la exacta 
función que encomienda a cada uno de los cuerpos de esas tropas y hasta 
a cada individuo, aquella inferioridad. Sus subalternos, en los comba- 
tes, no son nunca partes que obren arbitrariamente sino elementos de 
un todo completamente subordinados al plan ya trazado hasta en sus 
ínfimos detalles. Para la eficacia de esos planes posee el General Gómez 
una sabiduría que no se aprende en los libros porque es congénita : e! 
entusiasmo fervoroso para ocuparse de los asuntos que le están enco- 
mendados y una energía sobrehumana para no fatigarse nunca en el 
trabajo, así le quite éste hasta las horas del sueño. 

En las páginas de este libro hemos de encontrar al General Gó- 
mez siempre pleno de confianza en sí mismo, que es una derivación de 
esa fe altisima en una Providencia Todopoderosa, guía infalible de los 
actos humanos inspirados en una firme creencia en Dios. En la batalla 
de El Guapo, cuando el Ejército Expedicionario parecía ya en derrota — 
desenlace fatal que todos esperaban desde el Jefe de Estado Mayor hasta 
el último Oficial, — él se agiganta en medio del desastre que comienza a 
desencadenarse, lanza aquellas memorables palabras dichas al general 
Ferrer y luego monta a caballo, carga a la cabeza de un Batallón y triun- 
fa: frente a los bastiones y formidables obras de defensa de Ciudad Bo- 
lívar dialoga con el Obispo de Guayana y con el general José Manuel 
Peñalosa y cuando éste le anota las dificultades inmensas que hay para 
tomar la plaza, él le asegura que la tomará y al asegurárselo invoca con 
el fervor del verdadero creyente el nombre de Dios. 

Si el sitiador de Ciudad Bolívar hubiera sido el mismo general 
Cipriano Castro, con toda la autoridad moral que le daba el hecho de 
ser el Presidente de la República y con toda su fama de acometivo, el 
general Rolando y sus subalternos se hubieran salido con la suya y la 
Revolución habría cobrado nuevos alientos derrotando a los ejércitos 
del Gobierno. Cualquiera otro eme dirigiera la ardua empresa habría 
fracasado; pero el General Juan Vicente Gómez no podía facasar: era 
el guerrero fulmíneo que saliera de Caracas el 21 de diciembre de 1901 
y en menos de una semana destruyera al general Luciano Mendoza, a 
quien antes se juzgó el primer general venezolano; era el formidable 
vencedor de Urucure que en tres días de campaña había derrotado a 
los generales Riera, Peñalosa y demás caudillos occidentales a quienes 
el general Régulo Olivares no logró ni siquiera tirotear en un largo pe- 
ríodo de persecución; era el defensor homérico de La Victoria que hizo 
morder el polvo a todos los ejércitos revolucionarios unidos y detuvo 



— 54 — 

con su brazo titánico la caída del edificio del Gobierno castrista; era el 
paladín de Barquisimeto, de Matapalo y de El Guapo, donde sus esfuerzos 
de cíclope habían quebrantado la resistencia indómita de ese mismo 
general Nicolás Rolando y de toda esa brava hueste de orientales. 

El ataque de Ciudad Bolívar comenzó, pues, tan pronto como cesa- 
ron los cambios di' comunicaciones para ver si se llegaba a un aveni- 
miento entre ambos contendientes. 

Organizó el General Gómez el asedio de la plaza en la forma y 
manera siguiente: El general Emilio Rivas, con su gente debía atacar por 
el Cementerio y el Convento, el general Araujo por La Esperanza y el ge- 
neral Enrique Urdaneta por el cerro llamado El Zamuro. La artillería 
fué distribuida y colocada de modo que dominara la ciudad sin cusar 
daño a los vapores que bombardearían las posiciones enemigas desde 
el río y que apoyarían el avance de las tropas di' tierra, efectuando algu- 
nos oportunos desembarcos, para lo cual el General Gómez había tenido 
la precaución de dejar fuerzas a bordo. 

El reparto de la artillería fué como sigue: un cañón quedó silua- 
ao en la Laja de la Llanera, y otros tres en los cerros de Santa Lucía, 
en el punto denominado Miraflores y en Soledad, respectivamente. En 
este mismo lugar había además, un batallón de las fuerzas del genera! 
Emilio Rivas. 

La batalla comenzó el día 19 en la madrugada y duró hasta la 
noche del 20, en que el enemigo, que iba reduciéndose cada vez más y 
más en un estrecho círculo de fuego que le extenuaba, no pudo resistir 
y resolvió rendirse sin condiciones en la mañana del 21. 

Cincuenta horas bastaron al General Gómez para verificar la 
gigantesca empresa de expugnar a Ciudad Bolívar, la plaza más fuerte 
de Venezuela, y la cual, como ya lo hemos dicho, estaba defendida por 
obras de fortificación cuidadosamente repartidas, y por un número de 
gente igual a las tropas que la atacaban. 

Esa batalla bastaría por sí sola para perpetuar en los fastos mili- 
tares de Venezuela el nombre del General Juan Vicente Gómez, y nadie 
que no sea un insensato osará negar a este guerrero la legítima gloria de 
haber vencido en una acción en que ningún general hubiera podido 
obtener éxito. 

Los resultados inmediatos de la batalla a (pie nos venimos refi- 
riendo fueron los siguientes: el Jefe de la revolución en Oriente, general 
Nicolás Rolando prisionero y prisioneros junto con él cincuenta y cuatro 
generales, cuarenta y dos coroneles, noventa y dos comandantes y como 
doscientos oficiales de menor graduación. Allí fueron capturados tres 
mil y más fusiles, cuatro piezas de artillería y los pertrechos correspon- 
dientes a todas estas armas. 



— 55 — 

Quedaba totalmente aniquilada la revolución que estalló en La 
Victoria el 20 de diciembre de 1901 y que, por espacio de más de año y 
medio habia soplado su aliento de exterminio por todo el territorio vene- 
zolano. Ningún movimiento armado, desde el tiempo de la guerra fede- 
ralista, llegó a ser tan grande ni a adquirir tanta magnitud como éste. 
Durante el trascurso de esos diez y nueve meses de incesante combatir 
y de violentos actos de venganza y de extravíos por pasiones políticas, 
únicamente, un hombre se mantuvo ecuánime, en generosidad y forta- 
leza: ese hombre fué el General Juan Vicente Gómez. Quienes más, 
quienes menos, todas las demás personas que tomaron parte en esa con- 
tienda recia, se dejaron arrebatar por los odios reinantes a la sazón. 

Al distinguirse de esa manera, en medio de un ambiente de moral 
política en que la razón no estuvo ciertamente acatada en sus fueros, el 
General Gómez adquirió los mayores méritos que posee para ser la 
mente y el brazo que rige a Venezuela en el actual período histórico. 

Cuando sus concepciones de estratega trazaron el plan de asedio 
y ataque de Ciudad Bolívar, era porque estaba ya señalado por los 
secretos designios que guían el destino de los hombres y de los pueblos, 
para efectuar cosas extraordinarias por la salud de la Patria. 

Era el Pacificador; y qué clase de pacificador! Hay que medir sus 
grandes esfuerzos y luchas con relación a la atmósfera política en que 
se debatía y a los recursos materiales de que podía disponer. 

Por una parte tuvo él que soportar con una habilidad y una pa- 
ciencia consumadas, las intemperancias del carácter de Cipriano Castro, 
y por otra, el General Gómez tuvo que ir en busca del enemigo con tro- 
pas proporcionalmente escasas cada vez que tuvo que hacerlo, inferiori- 
dad numérica que se agravaba con la circunstancia de no tener el erario 
nacional dinero para sostener los gastos de la guerra. Es bien sabido 
cómo el General Gómez, en más de una ocasión gastó en sus campañas 
partes de su peculio personal, para no tener que recurrir al conocido 
medio de racionar las tropas con dinero ajeno. 

Hechas las anteriores consideraciones, estudiemos las consecuen- 
cias del fracaso de la revolución que nos ocupa. 

El vencimiento absoluto de aquella formidable revolución no 
dejó en pie más que un solo prestigio militar: el prestigio del General 
Juan Vicente Gómez. 

El general Cipriano Castro no era ya el siempre vencedor jamás 
vencido que dijeron sus apologistas de la época. Su glorióla de soldado 
de fortuna, comenzó a disiparse en la campaña del Tuy y entre los muros 
de La Victoria, cuando se preparaba a la huida o la rendición de que lo 
salvó el General Gómez. 



— 56 — 

Los generales de fama, a cuyo solo nombre de caudillos se agitaba 
el sentimiento guerrero del pueblo venezolano para generar ideas de 
triunfos en que si se exponía la vida, se lograba el poder y la fortuna; 
esos generales, repetimos, quedaban con las espadas enfundadas para 
no desnudarlas más, pues, el último gigantesco esfuerzo de los brazos que 
las esgrimieran dejó extenuada la férrea energía de sus músculos. 

Las contiendas civiles no volverían a ser la ocupación preferida de 
cuantos blasonan de títulos y rangos militares, y el testimonio más gran- 
de de esa verdad será la intentona revolucionaria de Coro, cuando en las 
postrimerías de 1913 maquinó el mismo general Castro ensangrentar el 
país, con el único resultado de quedar en el más ruidoso ridículo. Esa 
revuelta fué debelada casi sin combatir porque sus promotores se llena- 
ron de pavor a la sola noticia de haberse declarado en campaña el Gene- 
ral Gómez al frente de un aguerrido ejército. 

Trece años de paz constituyen el mayor bien logrado para Vene- 
zuela por el valiente expugnador de Ciudad Bolívar, y puede asegurarse 
que esta batalla fué decisiva en los destinos actuales de la Patria. Por 
medio de esa cruenta acción de armas queda consagrado definitivamente 
el renombre marcial y político del General Juan Vicente Gómez. Su si- 
tuación es muy definida tan pronto como deja pasmados de asombro a 
sus adversarios, humillado a los que le envidian y llenos de admiración 
a sus amigos por la consecución de un triunfo de tanta magnitud. Aque- 
llos no dilatarán en volver los ojos hacia su magnánimo vencedor, con- 
vencidos de cómo es él quien está llamado a conciliar lodos los intereses 
de sus conciudadanos y a hacer más temperantes sus pasiones; los otros 
esconderán por miedo el encono de sus almas mezquinas y fraguarán en 
silencio tramas y confabulaciones que lejos de perder al héroe envidiado 
contribuirán a la mayor grandeza de su nombre y a la elevación más 
alta de su personalidad, y éstos; los fieles que fueron en pos del corcel 
de guerra del Pacificador, sin más ambición que la de servir a la Patria 
y servirlo a él y con él combatieron y con él vencieron en todas parles, 
y también los que fueron sus partidarios leales sin haberles sido posible 
acompañarlo en los peligros porque su puesto estaba señalado en diver- 
sos sitios, éstos, repetimos, han de rodearlo constantemente, puestas sus 
esperanzas en el Jefe a quienes están acostumbrado a ver dominando la 
adversidad y erguido noblemente ante la ira de sus enemigos. 

Pasado un breve tiempo, cuando todavía estaban muy frescos 
los laureles obtenidos por el General Gómez a las márgenes del Orinoco y 
el recuerdo de su sangre vertida en las batallas estaba vivo en la memoria 
de sus compañeros de armas, Castro se dejó dominar del recelo y de las 
más absurdas cavilaciones y empezó a exhibirse en su horrible desnudez 
moral iniciando una serie de ingratitudes y felonías contra el General 
Gómez hasta el punto de dejar preparados a sus servidores incondiciona- 



— 57 — 

les, — cuando se fué a Europa — para que no se detuviera ni ante el asesi- 
nato ni ante ninguna otra infamia en la ejecución de los planes sinies- 
tros que les dejaba trazados con el fin de deshacerse del General Gómez. 

Pero mientras el Presidente Castro maquinaba el hundimiento del 
bizarro paladín, las corrientes de la opinión pública iban dócilmente 
hacia éste y en un continuo y poderoso movimiento vinculaban en él 
todas las esperanzas de la Patria; esperanzas muy fundadas, pues el 
General Gómez era la personalidad única, cuyas condiciones eminentes 
de guerrero y de hombre de Estado lo hacían indispensable al frente 
de los destinos nacionales. 

La revolución vencida dejaba preparada a Venezuela para futu- 
ras orientaciones hacia una existencia de derechos y libertades mayores 
a las obtenidas hasta entonces. Los hombres sentían un anhelo vivo de 
paz y el amor al trabajo venía a modificar en las conciencias exaltadas 
por el resplandor fratricida de la guerra, los sueños heroicos — prontos a 
tornarse en realidad (pie fueran hasta entonces el ideal más caro del 
pueblo venezolano. 1 labia llegado para este pueblo el momento provi- 
dencial en que hiciese un balance entre los sacrificios y ventajas (pie ha- 
bía derivado de sus contiendas intestinas. El último de esos sacrificios: 
la revolución llamada Libertadora, no podía haber sido más grande, y 
¿qué ganaron con ella sus promotores? El trueque (pie había hecho 
Cipriano Castro del bastón del Magistrado por el cetro de los tiranos, 
una vez que se vio reafirmado en el poder. 

Con esta sola partida del balance quedaban reducidas a una can- 
tidad mínima cuantas ventajas alcanzaron nuestros antepasados y los 
contemporáneos al ocurrir al expediente de la guerra para buscar re- 
medio a los achaques de nuestra democracia. Pero he aquí que los nú- 
menes bienhechores de la Patria se encargan de hacer fecundo el inmen- 
so holocausto, al unir en una sola toda la familia venezolana en el común 
deseo de acabar con el tirano y hacer imposibles nuevas contiendas 
fratricidas. 

Desengañados los corifeos de la revolución por el tremendo fra- 
caso que sufrieran, agraviados los servidores del Gobierno de Castro 
por la ingratitud con que éste se burlara de sus merecimientos como 
esforzados sostenedores de aquel orden de cosas y descontentos también 
los ciudadanos que hasta entonces se habían mantenido partidarios del 
sosiego público sin serlo del general Castro, todas las fuerzas vivas del 
País se unirían en el sólo propósito de sustituir a éste con la única per- 
sona capaz de satisfacer las exigencias de la opinión popular. VA General 
Gómez era el ungido por la voluntad de todos. 

Quitado el general Castro del sitial donde se había erigido dés- 
pota y colocado en su lugar el austero Pacificador, poco tendría que 
tí 



— 58 — 

desear Venezuela acerca de su futuro bienestar, pues, como queda dicho, 
la época no podía ser más propicia para cnrumbar la nave de la Repú- 
blica hacia su venturoso porvenir. 

La narración de los sucesos de la campaña guerrera del General 
Gómez, por la cual venció a los enemigos del orden legal, es la historia 
verídica de la definitiva liberación de los venezolanos del imperio del 
caudillismo. Esa verdad, repetida antes en las páginas de este estudio, 
ha sido comprobada por trece años de paz y por el florecimiento de todas 
las industrias, el incremento de la agricultura y toda la serie de progre- 
sos que demarcan en los anales patrios, con caracteres perpetuos, la 
época mencionada. 

Tenemos, pues, que el resultado más valioso del vencimiento de 
la revolución acaudillada por el general Matos, fué la extinción de los 
prestigios regionalistas que traían a la Nación en un perenne jaque, 
pues, cuando ellos no estaban en el poder no había sosiego posible para 
la gente que trabaja y produce en el país; pero ese resultado vendría a 
anularse del todo sin su complemento indispensable: la eliminación de 
Cipriano Castro como Presidente de la República. 

Cinco años hubo que esperar para que esto aconteciese, pero 
todo ese tiempo es nada comparado con la magnitud di' la conquista 
efectuada el 19 de diciembre de 1908. 

Como las obras humanas que están destinadas a perdurar van 
adelantando constantemente, aunque algunas veces ese adelantamiento 
se efectúa de manera tan lenta que semeja la paralización de todo cuanto 
se ha edificado, así la empresa de rehabilitar a Venezuela, cuyo cimiento 
firme lo echó el mismo General Gómez en el año y medio en que pacificó 
el país, parece haberse detenido amenazada de destrucción durante ese 
lustro que fué de pruebas tremendas y de ejercicios de voluntad heroicos 
para el austero Repúblico. 

A esas pruebas de voluntad había de resistir victoriosamente el 
General Gómez y de tales ejercicios saldría más fuerte y apto para 
el éxito, pues es bien sabido que las contrariedades, las luchas y los su- 
cesos adversos son el troquel de los grandes caracteres. 

Es en el trascurso de esos cinco años cuando el General Gómez 
acaba de evidenciarse ante la conciencia y los afectos de sus compatrio- 
tas como el ciudadano de talla altísima contra quien son inútiles las ace- 
chanzas del odio y las torpes maquinaciones de la envidia. Su grandeza 
moral para dominarse a sí mismo y ejercer dominio sobre la natural 
impaciencia de los suyos — esperando siempre con la buena fe de su hon- 
radez y de su lealtad que Castro volviese atrás en el camino de desacier- 
tos, ingratitudes y prevaricaciones que había tomado — era la virtud más 
alta que podía exhibir a la mirada atenta y ansiosa de sus conciudada- 



— 59 — 

nos, y tenía que llegar — como en efecto llegó — el momento en que el 
bizarro adalid que desde Villa de Cura hasta Ciudad Bolívar había ven- 
cido en cien batallas para dar paz a su Patria, rompiese de una vez los 
vínculos que le unían al general Castro y que éste había hecho intolera- 
bles con su felonía. 

El 19 de diciembre de 1908 se unió todo el pueblo venezolano alre- 
dedor del héroe de aquel día para pedirle su apoyo indispensable en la 
magna empresa de rehabilitar a la Patria, y como era condición categó- 
rica, o en otros términos, asunto esencial, la cesación de la autoridad del 
general Cipriano Castro, para que aquella obra pudiera realizarse, al 
reclamo plebiscitario del pueblo vino a complementarlo la circunstancia 
tremenda pero feliz de haberse evidenciado para esa fecha los planes 
criminales del autócrata. En ese día la mano férrea que cayó sobre los 
bastiones y trincheras de Ciudad Bolívar para deshacerlas peleando 
cara a cara, se revolvió iracunda contra los que se preparaban a ata- 
carle por la espalda, y con el dorso — tal cual se castiga a villanos — de- 
rribó por tierra los brazos asesinos que movía la voluntad homicida de 
Castro y se elevó hacia el cielo de la Patria en promesa de que castigaría 
al tirano y haría el bien a sus conciudadanos. 

Los ocho años de brillante Administración, transcurridos para Ve- 
nezuela desde aquella fecha hasta hoy — y los cuales reseñamos en la 
parte de este libro que sigue — son los testimonios irrebatibles de cómo 
ha cumplido el General Juan Vicente Gómez aquella promesa solemne. 



ADMINISTRACIÓN 



ADMINISTRACIÓN 



El 24 de noviembre de 1908 fué llamado el General Juan Vicente 
Gómez al ejercicio de la Presidencia Constitucional de Venezuela, en 
virtud de ser el 1er. Vicepresidente de la República y legalmente corres- 
ponderle la sustitución del Presidente Castro, quien se retiraba al ex- 
tranjero enfermo de una dolencia grave que no podía ser curada sin la 
intervención de cirujanos europeos, especialistas en el caso. Este se 
separaba del poder en momentos de terrible espectación e inquietud 
para el patriotismo venezolano, pues la Nación estaba rodeada de peli- 
gros, peligros que se originaron precisamente en el hecho de estar Cas- 
tro al frente de los destinos públicos. 

Hacía ya algún tiempo que la soberbia desatentada de éste venía 
creando conflictos graves al Estado y señaladamente en asuntos de polí- 
tica internacional los procedimientos arbitrarios del engreído gobernante 
tenían a Venezuela amenazada de calamidades difíciles de conjurar. 
Era, por tanto, imposible en el límite de lo humano, que los asuntos pú- 
blicos siguieran como hasta entonces y se hacía menester un cambio en 
el orden de cosas existente, cambio que cuanto más radical fuese resul- 
taría más beneficioso. 

Tan luego como el vapor Guadeloupe zarpó de las costas vene- 
zolanas conduciendo a Castro a su destino, el pueblo entero, sin distin- 
ción de clases, se agitó en un solo deseo de liberación y en una ansia 
muy viva de ver terminada aquella época sombría de temores y desaso- 
siegos en que se vivía. Los pensamientos, unidos a la acción de los bra- 
zos se dirigieron al General Juan Vicente Gómez para pedirle se colo- 
cara al frente de una reacción saludable y definida contra el autócrata. 
A contar de la fecha anotada, ese deseo y esas ansias, traducidas en ma- 
nifestaciones constantes que recibía el digno Magistrado, fueron adqui- 
riendo fuerza hasta llegar a revelarse como un movimiento avasallador 
y todopoderoso que estalló en Caracas el 13 de diciembre. Desde ese día 
en adelante el General Gómez y sus gobernados no se guían más que 
por una sola idea, que es la comunión perfecta de ambas entidades, de 

10 



— 66 — 

la cual ha de surgir, vigorosa y grande, la Causa Rehabilitadora; la idea 
de hacer el bien a Venezuela, comenzando por redimirla del anacrónico 
régimen de lo discrecional y lo arbitrario que gravitaba sobre sus 
hombros. 

A la voluntad de todo un pueblo ávido de desagravios y colérico 
contra el ídolo falso que acababa de derribar de las alturas del Capitolio, 
respondió un grupo de hombres llamados castristas afilando sus armas 
de conjurados para prepararse a cumplir las órdenes que tenían recibi- 
das de su Jefe. El fracaso de esa conjuración y el hecho de haberse sal- 
vado el país merced a la presencia de ánimo y al valor heroico del Ge- 
neral Gómez, son muy conocidos de todos. En la mañana del 19 de Di- 
ciembre de 1908, día imperecedero en los fastos de la República, quedó 
ejemplarmente castigada la implacable soberbia del general Cipriano 
Castro. 

Mal podía el épico vencedor de Ciudad Bolívar dejarse amedren- 
tar por las armas de los pretorianos a quienes había dejado Castro en- 
comendada la siniestra misión del parricidio, — único nombre que co- 
rresponde al crimen de hundir la Patria en la anarquía. A las puertas 
de los Cuarteles donde medraba la rebeldía, apareció el intrépido repre- 
sentante de la voluntad popular, sin más fuerza armada que la concien- 
cia del cumplimiento del deber y la indomable energía de su corazón. 
A su sola presencia cae la espada de las manos de los subalternos com- 
prometidos en el complot y los soldados exponen los fusiles, siendo el 
homenaje de ordenanza la señal de la sumisión. El golpe criminal es- 
taba evitado por la heroica valentía de la víctima elegida y los parrici- 
das todos quedaron reducidos a prisión por el General Gómez en persona. 

Ese mismo día comienza para Venezuela la era de su rehabilita- 
ción, ya anunciada en los campos de batalla por la gloriosa obra de pa- 
cificación llevada a término cabal por el General Juan Vicente Gómez. 
Del 19 de Diciembre de 1908 arranca el complemento de esa obra. Tras 
los esfuerzos gigantescos por imponer la paz en todos los ámbitos de la 
República, habían de venir las luchas tenaces por salvar a la Patria de 
la vesania de Cipriano Castro: otro monstruo que si no consumía vidas 
como el Moloch de la guerra, menguaba la honra y el decoro nacional, 
tal como el imperio de los Césares histriones era el vilipendio de la an- 
tigua Roma. El fin victorioso de esas luchas lo demarca la gran fecha. 

En la mente de los venezolanos vive perenne el recuerdo de aquel 
día, perenne y asociado al nombre del factor de los sucesos que durante 
su trascurso se verificaron. De ahí, que al General Gómez, no obstante 
su proverbial repugnancia por los títulos pomposos, se le llame usual- 
mente el Héroe de Diciembre. Y a la verdad lo es. No tan sólo si se tiene 
en cuenta su actitud de eminente valor cívico en los días del mes final 



— 67 — 

del año, en la época que rememoramos, sino también al memorar su 
fulmínea campaña de pacificador, que comenzó precisamente el 20 de 
diciembre de 1901. 

¡El Héroe de Diciembre! De esa manera le ha bautizado el pa- 
triotismo venezolano, y ya esté él en el poder o fuera del poder, ya se le 
nombre con gratitud por los contemporáneos o se le recuerde con reco- 
nocimiento por la posteridad, cuantas veces vaya a decirse Juan Vicente 
Gómez, el breve cognomento vendrá a los pensamientos porque están 
íntimamente asociadas la fecha y su grandeza con los actos y la grandeza 
del paladín. 

El primer acto del General Gómez, después de los sucesos a que 
nos hemos referido, fué el de expedir su célebre Alocución del 20 de di- 
ciembre, síntesis elocuente de su programa de gobierno. Párrafo por pá- 
rrafo vamos a insertar en estas páginas la Alocución dicha y hemos de 
comentar cada uno de éstos con la imparcialidad necesaria y en los tér- 
minos concisos y justos que nos sea posible. 

"Compatriotas! Ya sabéis que vine a desempeñar el Poder Ejecu- 
tivo Nacional, en virtud del título legal que invisto, sin ser empujado por 
ninguna ambición personal. La Ley me llamó al puesto y desde el pri- 
mer momento me di a conciliar las aspiraciones populares con mis de- 
beres públicos, procurando establecer un régimen de garantías en con- 
sonancia con nuestras instituciones. He querido y quiero para cada ve- 
nezolano la efectividad de sus derechos sin ser esta aspiración concesión 
o merced sino únicamente una imposición de la Ley." 

Con este primer párrafo comienza el luminoso documento. No 
hay en esas líneas literatura política de pompas y de mentiras, sino la 
expresión augusta de la verdad y las frases escritas corresponden per- 
fectamente a los actos emanados del Gobierno que para la fecha conta- 
ba menos de un mes. En el brevísimo período de tiempo trascurrido, el 
General Juan Vicente Gómez ha demostrado, con nuevos testimonios, es- 
tar en posesión cabal de la ciencia del mando en una joven democracia, 
cuyas fuerzas exuberantes no han menester las disciplinas de un domi- 
nador para dar el gradual resultado que de ellas se esperan. El ha venido 
gobernando con la prudencia de los varones de la Roma consular, y 
tanto en las prácticas de la Administración y de la Política como en la 
observancia del derecho escrito, sus actos han sido la antítesis de los ac- 
tos de Cipriano Castro. El pueblo que intuitivamente sabe analizar y 
sintetizar en los asuntos que se relacionan con su existencia — así sean 
éstos materia ardua para los estadistas profesionales — no se engañó 
acerca de la naturaleza y fines del orden de cosas que acababa de im- 
plantarse y rotos como estaban ya sus vínculos con Castro se unió firme- 
mente al Magistrado que con tanta exactitud y modesta sabiduría ga- 
rantizaba a todos los venezolanos la efectividad de sus derechos. 



— 68 — 

No fueron esos derechos, ciertamente, respetados por todos los Go- 
biernos anteriores. A contar desde Cipriano Castro hasta sus antecesores, 
casi la totalidad de los hombres del Poder se valieron siempre del pre- 
texto del orden público para castigar sin más medida que las violencias 
de sus pasiones, aun por leves sospechas. Y de ahí que los ciudadanos 
comparasen las épocas, los sucesos y los gobernantes para deducir que 
el General Gómez sí se daba cuenta de sus deberes para con sus gober- 
nados, pues actuando como actuaba en un tiempo francamente reaccio- 
nario en que las medidas radicales eran casi una imposición que sí jus- 
tificaría plenamente esa invocación del orden público, él se abstuvo de 
ejercer venganzas y de oír sugestiones de intrigantes o de impulsivos, y 
sólo fué prudentemente severo con aquellos individuos sin escrúpulos 
a quienes no podía detener en sus designios sino la prontitud del castigo. 

"Pero mis mejores intenciones y deseos han encontrado desgracia- 
damente un inexplicable obstáculo en algunos pocos ciudadanos que, 
llamándose íntimos amigos del ciudadano general Cipriano Castro, no 
sólo se han atravesado en el camino de mis deberes legales sino que han 
bajado al antro de la conjuración y fraguado contra mi vida el plan dia- 
bólico que hice abortar en la mañana de ayer, enfrentándome a los mis- 
mos conjurados y reduciéndolos a prisión." 

Es éste el segundo párrafo de la Alocución del General Gómez. Ya 
antes hemos hablado de la sombría trama que puso en peligro la vida 
del austero repúblico y en trance de tremendas anarquías a la Patria. 

No es explicable como se prestaron a ser instrumentos del odio 
de Cipriano Castro, los hombres a que alude el General Gómez. Si éstos 
debían algunos favores al dictador, muchos eran los que debían al mag- 
nánimo Jefe a quien dócilmente se prestaban a victimar, pues, es bien 
sabido que casi no hubo subalterno del general Castro que no fuera ob- 
jeto de la desdeñosa soberbia de éste y de su insolente altivez, agravios 
cuya dureza dulcificó la protección del General Gómez, quien siempre 
se interpuso entre los arrebatos y las inconsecuencias del autócrata y la 
obligada pasividad del subalterno despreciativamente injuriado. 

El delito frustrado de aquellos ingratos fué prontamente casti- 
gado, como correctivo necesario; pero no pasaría largo tiempo sin que la 
generosidad del Jefe de la Causa Rehabilitadora, cubriera con un manto 
de olvido y de perdón a los delincuentes. 

En el tercer párrafo de su alocución continúa el General Gómez 
refiriéndose a estos hombres y se expresa en los siguientes términos: "Al 
proceder así, conciudadanos, no sólo he definido mi vida sino algo que 
vale más que mi existencia personal, porque he procurado salvar el 
decoro y el prestigio de la Magistratura que desempeño y que aspiro a 
convertir en manantial de bienes para todos los venezolanos". 



— 69 — 

En efecto, el decoro y el prestigio de la Magistratura hubieran 
sido burlados si llega a perpetrarse el crimen. No es ya la vida del Jefe 
benemérito, por sí sola valiosísima, lo que se ha salvado; es la autoridad 
suprema de la República encarnada y representada dignamente en una 
persona cabal, la que ha resultado ilesa del golpe que premeditó la 
alevosía. De parricidio calificamos antes aquel crimen y no hay exa- 
geración en la frase. ¿Acaso esas armas afiladas para hundirlas en el 
pecho del austero Magistrado republicano, podían compararse a la espa- 
da de Harmodio y ni siquiera a los puñales de Casio y de Bruto? En el 
primero de los casos la historia hubiera podido repetirse a la inversa: 
no era Hipias quien iba a recibir la muerte de manos del tiranicida, 
era el propio tirano quien esgrimía su espada de asesino sobre el corazón 
valiente del patriota. 

Pensemos en todo el cortejo de horrores que hubiera traído para 
Venezuela la realización de los planes siniestros de Castro. Ni éste ni 
ninguno de los caudillos vencidos cinco años antes, ni nadie habría po- 
dido dominar la situación, en medio de las perplejidades y desacuerdos 
profundos de los individuos y de los pueblos que tenían puestas todas 
sus esperanzas en la autoridad indiscutible y bienhechora del General 
Gómez. Quien sabe si todavía, caso de que hubiéramos podido mantener 
íntegra nuestra nacionalidad, quien sabe si todavía por nuestros cam- 
pos, nuestras llanuras y nuestras ciudades señorearía el ángel de exter- 
minio y no tendríamos bastantes maldiciones para execrar el nefando 
delito de Castro y bastantes acentos de desesperación para lamentar la 
infinidad de vidas y de riquezas perdidas. 

Pero la Providencia que vela por la suerte de las colectividades 
humanas, como vela por los destinos individuales, no permitió que tal 
iniquidad acaeciera y el bravo vencedor en cien batallas, el Magistrado 
en quien Venezuela tenía puestas sus mejores esperanzas, surgió incó- 
lume de entre la red villana para escarmiento de los malos y júbilo efu- 
sivo de los buenos. 

El párrafo que insertamos de seguidas es la exposición más breve 
y sabia que puede hacerse de un plan de Gobierno ejemplar: "Después 
de los sucesos que acabo de narrar he constituido un nuevo Gabinete en 
el cual juzgo representada la opinión pública de Venezuela. Con tales 
colaboradores pretendo dar a mi Gobierno el carácter de nacional que 
reviste, hacer efectivas las garantías constitucionales, practicar la liber- 
tad en el seno del orden, respetar la soberanía de los Estados, amparar 
las industrias contra odiosas confabulaciones, buscar una decorosa y 
pacífica solución para todas las contiendas internacionales, vivir vida 
de paz y de armonía y dejar que sólo la Ley impere con su indiscutible 
soberanía". 



— 70 — 

El cumplimiento de las promesas contenidas en las líneas prein- 
sertas no se dejaría esperar. Su efectividad comienza con los célebres 
decretos de indulto y de amistad que permitieron la vuelta a Venezuela 
a todos los exiliados por motivos políticos. 

La clemencia, que no debe contundirse con sentimientos de mal 
entendida compasión, es una de las características de los ánimos enteros. 
Los cobardes y los mezquinos de espíritu nunca fueron clementes y a 
lo sumo llegaron a ser compasivos, con esa hipócrita sensiblería del fari- 
seo que practica la generosidad así redunde en perjuicio de los demás, 
y al practicarla únicamente tiene en mientes la satisfacción de pequeños 
egoísmos, ello sin detrimento de ordenar luego el asesinato, el robo y el 
incendio. A esa turba de compasivos por usura no pertenece el General 
Gómez, quien si abrió las puertas de la Patria y las de las cárceles a los 
compatriotas malhallados con el régimen discrecional y absoluto de su 
antecesor, era porque conceptuó beneficioso para la familia venezolana 
comenzar aquella era de rehabilitación con el mutuo perdón de las pasa- 
das faltas y porque ningún motivo había para mantener el ya largo cas- 
tigo a muchos de aquellos compatriotas cuyos delitos políticos los lleva- 
ron al destierro. 

Las garantías constitucionales se acataban después de tanto tiem- 
po en que fueran burladas por los caprichos e intemperancias de Castro. 
La prensa tuvo libertad para expresar el pensamiento público, y si luego 
las indispensables necesidades del orden hicieron imprescindible impe- 
dir la licencia en que se extraviaron algunos periodistas, esto no quiere 
decir que el General Gómez no respete las opiniones políticas de cada 
quien. Cuando él se ha visto obligado a emplear severos correctivos, 
ha sido porque humanamente no ha podido hacer otra cosa y porque, 
hombre de luchas y que no rehuye responsabilidades, el deber primordial 
que él sabe le está cometido como Director de la Causa, es perseguir a 
los malhechores que afectan formas proteicas y que, desde el ladrón de 
caminos hasta el político artero y truhán disfrazado de negociante, son 
la plaga de la sociedad. 

A los decretos de indulto y de amnistía aludidos, suceden diversos 
actos y procedimientos que demuestran evidentemente la sinceridad del 
lenguaje empleado en la Alocución que comentamos. 

Los Estados vienen a ser respetados en su soberanía durante el 
Gobierno del General Gómez, pues él ha tenido el cuidado especial de no 
inmiscuirse en los asuntos concernientes a cada Entidad Federal. La au- 
tonomía de las Secciones en que se divide la Nación, lejos de ser menos- 
cabada como acontecía en tiempos anteriores, recibe vigoroso estímulo 
por parte del Ejecutivo Federal. 

Era de rehabilitaciones, el transcurso de tiempo comprendido del 
19 de Diciembre de 1908 al de 1916, se ha señalado por hechos que com- 



~_3 — 71 — 

prueban el deseo del General Gómez por hacer práctico el pensamiento 
y fructíferos los inmensos sacrificios de los repúblicos de 1811 y de los 
apóstoles y luchadores del federalismo. 

El primer testimonio que dio el General Gómez, como Magistrado, 
de la atención que le merecía la existencia ordenada de los Estados en 
sus relaciones con el Gobierno general fué la expedición del Decreto de 
26 de enero de 1909, que derogaba el de 2 de agosto de 1907, en virtud 
de ser éste violatorio del espíritu del Pacto de Unión, y de la letra de los 
preceptos 1 y 2 de la Obligación 27, artículo 7" de la Constitución que 
regía entonces. Por este Decreto se cuidaba de la vida económica de las 
Entidades Federales, de manera que su renta no sufriera disminución 
alguna y la soberanía seccional fuera acatada en una de sus prerrogati- 
vas esenciales. 

Durante toda la época de su actuación como Magistrado y como 
Director de la Causa, el General Gómez ha laborado con incesante per- 
severancia en el sentido de que esa soberanía se mantenga indemne, de 
manera que el pensamiento descentralizador vaya encarnándose gra- 
dualmente en los individuos y en las colectividades que constituyen la 
Nación venezolana y nadie tenga motivos para tachar de utópica la libé- 
rrima estructura de nuestras instituciones. 

Las industrias, en el tiempo del Gobierno de Castro, habían llegado 
a ser el patrimonio de una especie de menguada burocracia formada de 
los agentes y socios del dictador. Era ésta la obra liberticida de quien 
aspira a adquirir riquezas fabulosas, a expensas de la gente laboriosa 
que trabaja y se ingenia por adquirir algún bienestar. Empobrecer al 
pueblo para tiranizarlo con mayores facilidades fué siempre el empeño 
de aquellos gobernantes sórdidos, discípulos conscientes o inconscientes 
de la vieja enseñanza maquiavélica. 

Cuando el General Gómez acometió la magna empresa de rehabi- 
litar a Venezuela, sus primeras disposiciones fueron para amparar las 
industrias, que, como bien lo decía en su Alocución, eran víctimas de 
odiosas confabulaciones. 

Cada quien quedó otra vez en aptitud de trabajar y producir ri- 
queza, sin tener suspendida sobre el fruto de sus fatigas, a manera de 
espada leyendaria, la mano rapaz de aquel autócrata, siempre insaciable 
en su apetito de avaricia. 

Odiosos privilegios pesaban sobre muchos ramos de la vida indus- 
trial del país, y todos quedaron proscriptos para satisfacción y prosperi- 
dad de la familia venezolana y honor y gloria del austero Jefe de la Ad- 
ministración Nacional. 

Pero no es ese el mayor de los bienes que ha de hacer el General 
Gómez a los gremios trabajadores del país. Poco importa que la produc- 
ción sea abundante y el goce de sus beneficios esté garantizado por leyes 



— 72 — 

que se cumplen si ella está sujeta al peligro de abarrotarse o perderse en 
gran parte por escasez de población consumidora. Es éste un raciocinio 
tan sencillo que no se necesita ser un sabio en materia de economía 
política para comprenderlo y que ocupará la mente de los Magistrados 
previsores. De allí que el General Gómez dedicara sus primordiales pen- 
samientos de Administrador al tomento y construcción de los caminos 
públicos. 

No era ya solamente el guardián de la libertad de industria; la 
promesa contenida en el programa de Diciembre había de ser cumplida 
con esplendidez y el laborador de la tierra y el criador y el comerciante 
así como todos los que se ocupan en esta rama de la actividad bumana, 
tendrían en breve una red magnífica de carreteras modernas para tras- 
portar de un punto a otro, con las mayores facilidades, el excedente de 
producción que no tuvo consumo en sus respectivas localidades. 

Al comentar el párrafo de la Alocución del General Gómez en que 
ofrece amparo a las maltratadas industrias del país, seremos extensos, 
porque a la luz de la verdad histórica es en su faz de Magistrado amante 
del trabajo y del progreso, como conviene más estudiar la personalidad 
benemérita del Héroe de Diciembre. 

La Venezuela rehabilitada no podía concebirse de otra manera 
que como un vasto emporio donde la zona de los pastos alimentara reba- 
ños innumerables, las tierras de cultivo dieran toda la variedad de frutos 
solicitados por la demanda del exterior y de fácil cambio por numerario 
circulante, las regiones mineras fueran explotadas por el capital nacional 
o por el extranjero que diera seguridades de quedarse en el país; un 
emporio, en fin, que por su riqueza industrial y por la actividad de su 
comercio y de todas sus fuentes de bienestar hiciera fácil y venturosa 
la vida de los nativos y atrajera las comentes de esa inmigración valiosa 
que importa brazos vigorosos y mentes sanas a la tierra a donde se 
dirige. 

Dos eran los medios principales para lograr un fin tan halagüeño 
y el Repúblico de Diciembre los encontró fácilmente, porque para un 
pensamiento bien intencionado y una voluntad enérgica nada es difícil. 
Fomentar las vías de comunicación y acabar con todo linaje de malhe- 
chores aplicándoles las penas legales y aquellos correctivos que están al 
alcance de la autoridad y que son lícitos, era la manera expedita de me- 
jorar a Venezuela en lo moral, en lo físico y en lo intelectual, y de ambos 
medios se ha venido valiendo el General Juan Vicente Gómez, desde las 
postrimerías de 1908 hasta los días actuales. Los resultados no pueden 
ser más satisfactorios y no miente la prensa ni la voz pública dice false- 
dad cuando habla de la Venezuela rehabilitada. Nuestra misma pluma, 
en estos momentos, traduce ese sentimiento general y si algún mérito 
tienen las páginas que escribe, ese mérito se debe a que emplea el len- 
guaje augusto de la verdad. 



— 73 — 

Las carreteras modernas se cruzan por todo el territorio venezo- 
lano y sobre su superficie, llana y fuerte como para soportar el paso 
gigantesco del progreso, circulan sin inconvenientes desde el rudimen- 
tario vehículo de dos ruedas tirado por una caballería hasta el automóvil, 
esa admirable máquina de trasporte que al moverse por sí misma parece 
que la impeliera el soplo de un espíritu omnipotente. Por esas arterias 
inmensas circula sin estorbos la savia juvenil de la Nación y allí donde 
las condiciones de existencia son deficientes por una parte y por la otra 
exuberantes, ellas son equilibradas por el incesante y fácil cambio de 
objetos de comercio y hasta por la difusión de las ideas. 

No hace mucho fueron inauguradas la carretera de Maracay a 
Ocumare de la Costa y la parte de la carretera del Este que llega hasta 
Guatire; ambas obras acabadas de la ciencia de construir caminos. La 
inauguración de esas obras de utilidad pública indiscutible, tuvo gran 
resonancia, porque el Jefe de la Causa hizo del acto respectivo una fiesta 
del progreso única en los fastos de la Nación. Concurrieron a la esplen- 
didez de esa fiesta — que bien pudiéramos llamar una solemnidad de la 
Patria — varias circunstancias felicísimas solicitadas de propósito por el 
ilustre anfitrión: entre éstas la de estar reunido a la sazón el Congreso 
de la República y estar la próvida naturaleza de nuestro país revestida 
de sus mejores galas por ser la época de la entrada de la estación 
lluviosa. 

Muchos llegaron a imaginarse, cuando se hacían los preparativos 
para la fiesta en referencia, que se trataba de algún acontecimiento po- 
lítico de resonancia y que al efecto se escogía la oportunidad de la inau- 
guración de las carreteras dichas. Se confirmaba esta suposición por el 
hecho de haber concurrido a Caracas la casi totalidad de los Presidentes 
de los Estados de la Unión, quienes, junto con los miembros del Congreso 
Nacional, fueron los huéspedes del General Gómez en aquellos memora- 
bles días. 

Pero no es el autor del Programa de Diciembre, persona que se 
valga de las ocasiones favorables al bien colectivo para utilizarlas en 
planes de conveniencia propia o de interés político, tal cual era la prác- 
tica de gobernantes anteriores. Nó, para el General Gómez lo esencial es 
la Administración sin que esto quiera decir que él no dé importancia 
a los asuntos políticos. 

Las miras que guiaron al General Gómez a congregar a su lado, 
en aquella ocasión, a cuanto de mayor valimiento tiene Venezuela en 
hombres públicos, eran de carácter civilizador y de eminente trascen- 
dencia. El quería dar enseñanzas prácticas a todos los individuos que 
colaboran en la Causa de la Rehabilitación Nacional, y nada mejor al 
logro de este objeto que irles mostrando, con la elocuencia irrebatible 
11 



— 74 — 

de los hechos, la suma de progresos que ha importado a la Patria con 
su actividad incesante de administrador. Esas miras del General Gómez 
tuvieron su expresión más cabal en el descanso que se tomó con su bri- 
llante y numerosa comitiva en el sitio denominado La Aduana, momen- 
tos antes de ir a inaugurar otra admirable obra de progreso: el Central 
Azucarero del Tacarigua. 

Bajo un inmenso árbol, producto vigoroso de la vegetación cara- 
bobeña, y sentado en medio de todos sus acompañantes que le oían 
con cariño respetuoso y creciente admiración, el General Gómez conver- 
só acerca del bien de Venezuela y su lenguaje sencillo penetró en todas 
las conciencias y se grabó en todos los corazones. La fácil improvisación 
fué la paráfrasis del Programa de Diciembre hecha sin frases rebusca- 
das ni figuras literarias de efectismo ni ese aparato teatral de que se 
valen los oradores para impresionar un auditorio. Allí la tribuna era un 
tosco banco de madera, de la misma madera que había sido utilizada en 
la magnífica carretera que acababa de inaugurarse y sobre cuya base es- 
taba erigido el cercano Central. Y el recinto no podía ser más digno de 
recoger los ecos de la palabra de un patriota: lugar consagrado al tra- 
bajo; sitio de recogimiento para las mentes y para las almas que ansian 
la grandeza nacional; tierra que forma parte de ese suelo heroico que se 
estremeció un día a los relámpagos de la espada libertadora, cuando 
ésta escribió con caracteres inmortales sobre el cielo de la llanura in- 
mortal; Ocassus Servituiis: la frase luminosa que fulge en el blasón ca- 
rabobeño. 

No pudo ser más convincente aquella conversación del General 
Gómez. Su lenguaje austero y ceñido en todos sus períodos a la verdad, 
tuvo la virtud de conmover a cuantos le oyeron. Parecía que no fuese el 
Jefe quien hablara sino un apóstol de la rehabilitación de la Patria que 
trataba familiarmente con los servidores de la Causa para inculcarles 
en el pensamiento el caudal de ideas que informan su amor vehemente 
por el bien del País. Fueron cosas muy prácticas todas las que dijo el 
General Gómez a sus invitados. De la fácil realización de esas ideas 
enunciadas con tanto acierto en La Aduana, es un ejemplo el impulso 
que han venido dando todos los Presidentes de Estado, en sus respecti- 
vas jurisdicciones, a la más importante rama del fomento regional: las 
vías de comunicación. Nuevos caminos y carreteras decretados, la con- 
clusión de las que estaban ya comenzadas y el continuo trabajar en las 
que se están construyendo : he aquí la cosecha abundante recogida por 
el bienhechor de Venezuela de la simiente sembrada por él una radiante 
mañana de mayo, bajo la sombra apacible de un samán secular y en me- 
dio del ambiente de fraternidad que circundaba a sus oyentes. 

Habla también el párrafo de la Alocución que venimos comentan- 
do de "buscar una pacífica y decorosa solución a todas las contiendas 



— 75 — 

internacionales, de vivir vida de paz y de armonía y dejar que sólo la 
Ley impere con su indiscutible soberanía". 

La mejor manera de llegar a esa solución decorosa era con el 
cumplimiento de los compromisos contraídos. Y durante todo el tiempo 
que ha venido practicándose el Programa de Diciembre se han cum- 
plido con religiosidad esos compromisos. 

A contar de la fecha en que fué expedido aquel programa hasta 
hoy, la Cancillería venezolana ha venido laborando con acierto, circuns- 
pección y patriotismo muy loables, atenta siempre a los consejos del Ge- 
neral Gómez, y es en virtud de esos procederes que se han obtenido éxi- 
tos de la mayor entidad, tales como el arreglo de las cuestiones que se 
tenían pendientes con Francia y que quedaron definitiva y ventajosa- 
mente resueltas por medio del Protocolo de ejecución de 14 de enero 
de 1915. 

Los conflictos diplomáticos suscitados durante el Gobierno del 
general Cipriano Castro — cuyo criterio en asuntos de política interna- 
cional es bien conocido — quedaron todos zanjados y excepto las relacio- 
nes con Holanda que hasta ahora no han podido reanudarse, el trato 
con todas las naciones extranjeras es tan cordial y deferente como co- 
rresponde a la promesa formulada en el Programa de Diciembre. 

Se ha vivido vida de paz y de armonía, porque el General Gómez, 
con su excelente buen sentido y su prescindencia de todo orgullo que 
degenere en torpe vanidad, ha cuidado de que Venezuela no se exhiba 
como un ente quijotesco que arremete a ciegas contra el poderoso en el 
palenque donde debaten sus intereses las Naciones, para después sufrir 
la humillación de sacrificios de dignidad y sacrificios materiales. 

La Ley ha imperado con su indiscutible soberanía, y por tanto, na- 
cionales y extranjeros no han experimentado ningún linaje de atentados. 

El penúltimo párrafo de la Alocución del General Gómez dice : 
"¡Venezolanos! Tales son mis propósitos y los fines que aspiro desarro- 
llar al frente del Gobierno; y como creo que ésta es la más solemne im- 
posición del patriotismo, pido y reclamo de todos los círculos políticos 
su apoyo moral y material para que el acierto sea completo y universa- 
les los beneficios". 

Cuando se abrigan propósitos con buena fe e intención honrada 
y cuando se posee una voluntad incontrastable para cumplirlos, nadie 
tiene porque dudar de la realización de ellos. Así aconteció al pueblo 
venezolano, que oyó la palabra del General Gómez con absoluta confian- 
za y a través de ocho años ha venido palpando la realización de todos 
los propósitos enunciados en el Programa de Diciembre. 

En consecuencia, no ya su apoyo moral y material le dieron los 
círculos políticos, sino que los venezolanos, bien hallados con el Gobier- 
no y paternal dirección del austero repúblico, han prescindido por com- 



— 76 — 

plcto de divisiones y se han constituido en un solo gran partido, el par- 
tido del bien general, que representa las más nobles aspiraciones de la 
colectividad y que tiene por único Programa el sobrio documento que ve- 
nimos comentando. 

El acierto, pues, ha sido completo y universales' los beneficios: 
La Nación vive existencia pacífica, y, quieran que no los pocos adversa- 
rios del orden de cosas establecido en las postrimerías de 1908 y actual- 
mente imperante en el país, la fraternidad es el dogma que informa las 
relaciones y actos de los servidores públicos y de todos los individuos que 
componen la Causa Rehabilitadora; la sola y grande agrupación polí- 
tica que tiene Venezuela. 

He aquí el último párrafo de la célebre Alocución : "El régimen 
legal que impera nos da derechos y nos impone deberes: ejerzamos 
aquéllos con la moderación que reclama la austera democracia, y cum- 
plamos éstos con inquebrantable resolución. Tengamos presente que las 
violencias que inspiran las pasiones desbordadas son el contrasentido de 
la civilización y que la mejor fórmula de la República es la que se en- 
cierra entre la modestia y el ardiente patriotismo". 

Digno remate de esa insigne obra de sabiduría política que se 
llama el Programa de Diciembre, es el párrafo anterior. Antes se le han 
ofrecido al pueblo todos los beneficios que le corresponden y ahora se 
le recuerda que en una sociedad regida por leyes el ejercicio de la ciu- 
dadanía importa esos beneficios pero reclama también el concurso indi- 
vidual y colectivo para que esa misma sociedad viva existencia ordenada 
y pacífica y logre la suma de felicidad a que pueden aspirar los pueblos 
como los hombres. 

Deber primordial del pueblo venezolano era celebrar el Centena- 
rio de su Independencia; el supremo derecho que adquiriera de manera 
definitiva en la célebre sesión del Congreso Constituyente de 1811, verifi- 
cada el 5 de julio. El General Gómez — a quien la Providencia colocó al 
frente de los destinos nacionales para la época — se dio cuenta muy cabal 
de lo que debía hacerse para festejar y solemnizar la gloriosa efeméri- 
des y a fuero de patriota expidió cuantos decretos eran necesarios para 
que esas fiestas y solemnidades fueran insólitas, tal cual se debía en me- 
moria del hecho magnífico y para honrar el heroísmo de los hombres por 
quienes nació Venezuela a la vida de la Libertad. 

Desde el 19 de abril de 1910 puede decirse que comenzó la conme- 
moración de la Independencia, pero aquellas fiestas y solemnidades es 
el 5 de julio de 1911 cuando adquieren toda su magnificencia, para pro- 
longarse hasta el 24 del mismo mes y año. Durante esos veinte días Ca- 
racas, la cuna de la Independencia, fué el espléndido recinto donde el 
General Gómez se constituyó en anfitrión de todos los representantes 
especiales de las Naciones amigas que vinieron a regocijarse con nos- 



— 77 — 

otros en esos días inolvidables y que eran los portadores de los senti- 
mientos de viva simpatía y cordialidad existentes entre Venezuela y los 
países que ellos representaban. 

La reunión del Congreso Boliviano, verificada entonces, será 
perennemente uno de los más insignes triunfos gubernativos del General 
Juan Vicente Gómez. Era la primera vez que el pensamiento grandioso 
del Libertador, de unir en el más estrecho vínculo de solidaridad inter- 
nacional a los pueblos del continente americano, tenía en parte realiza- 
ción práctica. 

El digno anfitrión se extremaría en dejar muy bien sentado el nom- 
bre de Venezuela como Patria agradecida, y hogar noble donde el hués- 
ped recibe todo linaje de agasajos y es tratado con el afecto y la gentileza 
requeridos. A este fin no se omitió gasto de dinero, ni se omitió esfuerzo 
alguno y de ahí que el Centenario de nuestra Independencia fuera un 
acontecimiento que no se borrará jamás de los corazones y cuyo recuerdo 
perdurará en las conciencias. 

Es de esa manera como el General Gómez ha sabido cumplir sus 
deberes de ciudadano investido con la Primera Magistratura Nacional y 
en cuanto a la advertencia que hace él a sus gobernados de cómo las 
violencias generadas por pasiones desbordadas son el contrasentido de 
la civilización, nadie ignora que una de las principales virtudes cívicas 
que él posee es la de la temperancia en todo. Sus afectos, sus deseos, sus 
gustos y hasta sus hábitos están siempre disciplinados por su gran volun- 
tad. Con ésto da un ejemplo saludable a sus compatriotas y les da a en- 
tender que observa el primero cuanto está consignado en el Programa de 
Diciembre. No de otro modo puede proceder el Magistrado que ha finali- 
zado ese Programa de Causa con las frases siguientes: la mejor fórmula 
de la República es la que se encierra entre !a modestia y el ardiente pa- 
triotismo. 

Hemos hecho el comentario de la Alocución del General Gómez a 
los venezolanos, documento que contenía sus propósitos patrióticos de 
Magistrado y que generalmente se conoce con el nombre de Programa de 
Diciembre. Ese documento fué expedido a raíz de los memorables sucesos 
que determinaron la extinción absoluta del orden de cosas que presidiera 
Cipriano Castro. Cada una de sus frases es el producto de la serena medi- 
tación del hombre que ha venido reflexionando acerca de las desgracias 
de Venezuela y que, sabio en el origen de aquellos males y conocedor del 
modo de combatirlos hasta devolver la salud a la Patria, enuncia en fór- 
mulas maravillosas todo el fruto de esas reflexiones. No hay en esta Alo- 
cución palabras que estén de más ni conceptos festinados acerca de la si- 
tuación del País. 

Lo maravilloso de las fórmulas relativas a política y administra- 
ción ahí contenidas no está sino en la sencillez con que se plantean los 



— 78 — 

más difíciles problemas de la ciencia de gobernar y lo práctico de los 
medios que el previsor Magistrado se promete emplear para solucio- 
narlos. 

De cómo se ha venido cumpliendo ese programa dan testimonio 
fidelísimo los ocho años en que el General Gómez ha dirigido los destinos 
de la República, ya como Presidente de Venezuela, ora como Jefe de la 
Causa Rehabilitadora. 

Para poder apreciar cabalmente la verdad de cuanto dejamos di- 
cho, basta considerar las cosas tales como acontecían en los últimos años 
del régimen castrista y como acontecieron durante la mayoría de los go- 
biernos anteriores. 

El ex-Dictador no se ocupó ya más del progreso nacional. De 1904 
en adelante ese progreso es írrito y sólo existe en una copiosa producción 
de Decretos ilusorios. Es la misma treta de muchas Administraciones 
precedentes: mentir incesantemente al pueblo crédulo para mantenerlo 
esperando la realización de bines que nunca se verificarán. La vieja 
máxima espartana de que a los niños se les engaña con juguetes y a los 
hombres con promesas, venía teniendo entre nosotros la más triste con- 
firmación. 

De aquella época a ésta cuánta diferencia. El General Gómez ha 
realizado prodigios para mejorar a Venezuela tanto en lo moral como 
en lo intelectual y lo físico, y esta verdad la comprueban mucho mejor 
que nuestras palabras los hechos, que son testimonios irrebatibles. 

Con el extenso comentario en referencia y con los documentos que 
insertamos de seguidas finaliza esta obra y no pecamos de vanidad al 
juzgarla nosotros mismos como patriótica. Quien la lea sin estar animado 
de prejuicios políticos, sin duda que emitirá juicio igual acerca de ella. 



APÉNDICE 



APÉNDICE 



Esta obra finaliza con la publicación de los documentos relacio- 
nados con los sucesos más importantes que historiamos. Todos esos do- 
cumentos constituyen pruebas evidentes de la actuación eminentemente 
patriótica del General Gómez y de su heroísmo militar y cívico, durante 
toda esa época de luchas en los campamentos y en la paz que tuvo que 
sostener: primero contra la formidable Revolución vencida definitiva- 
mente en sus baluartes de Ciudad Bolívar y después contra la suspicacia 
y la ingratitud del General Cipriano Castro, castigadas al fin ejemplar- 
mente el 19 de Diciembre de 1908. 

La documentación es sobria, pero arroja luz sobre el cuadro som- 
brío de la dictadura castrista, que como lo hemos mencionado en pági- 
nas anteriores, comienza con la soberbia desatentada que poseyó a aquel 
hombre a raíz del triunfo estupendo alcanzado por el General Gómez 
sobre los revolucionarios, pero disfrutado a sus anchas por el autócrata 
en un interregno de tiempo de cinco años. 

Si existe persona que dudara de la felonía del general Castro para 
con su salvador, a la lectura de estas páginas ha de quedar absolutamen- 
te convencida de la verdad. 



Telégrafo Nacional. — De Parapara, el 30 de diciembre de 1901. — Las 
6 hs. 50 ms. p. m. 

Señor General Castro. 

Caracas. 

Por informes de los espionajes sé que Fernández se halla por 
Lambedero, frente a Chacao, a salir a La Puerta, en donde derroté a 
Mendoza. 

Para que no se me pueda escapar le tengo escalonada fuerza desde 
aquí hasta La Puerta con buenos espionajes. 

Así, pues, me prometo terminar de aquí a mañana con esa facción 
como un obsequio de año nuevo. 
Su amigo, 

J. V. Gómez. 
12 



— 82 — 

Telégrafo Nacional. — De Parapara, el 30 de diciembre de 1901. — Las 7 
hs. p. m. 

Señor General Castro. 

En este momento acaban de romperse los fuegos de mi fuerza al 
mando del General Torres con las fuerzas de Fernández en "La Puerta." 

Desde luego le prometo el triunfo. 

Su amigo, 

J. V. GÓMEZ. 

Ad. — Seguiré comunicándole lo que ocurra. 

Vale. 



Telégrafo Nacional. — De Caracas, el 30 de diciembre de 1901. 

General J. V. Gómez. 

Donde esté. 

Recibido su importante telegrama. El triunfo sobre Fernández es 
el sello de la Revolución, con cuyo motivo me felicito y lo felicito a usted 
calurosamente en unión de todos sus valientes compañeros. 

Estaba escrito y dispuesto por la Providencia que a usted, el más 
leal de mis compañeros y amigo más decidido, había de tocar en suerte 
la destrucción de los traidores. 

Envidiable gloria la que por otra parte ha tocado a usted y sug 
compañeros, como es la de que los tres reveses sufridos en el histórico 
campo de "La Puerta" por nuestros eminentes patriotas en la célebre 
campaña que nos diera independencia y libertad, quedan hoy borrados 
con las dos célebres jornadas en que usted le devuelve la paz y tranqui- 
lidad a la República. 

Lo abraza su amigo, 

Cipriano Castro. 



— 83 — 

(párrafos de un telegrama) 

"Telégrafo Nacional. — Caracas: enero 1? de 1902. 

General J. V. Gómez. 

Ciudad de Cura. 

Recibido su telegrama. 

Cada vez más se hace más gloriosa e importante su campaña, 
¿sabe por qué? porque a usted le ha tocado y le tocará acabar con todos 
los enemigos y cogerlos a todos: acabó con Luciano Mendoza, primero; 
después con Fernández, y ahora le toca ir contra los malhechores de 
nuestra Sierra-morena. 

Encuentro muy bien las órdenes que ha dictado, porque tengo la 
fundada esperanza de que, dentro de ocho días, a más tardar, nos dará 
la pascua de Reyes, acabando con toda esa partida de vagabundos. 

Cipriano Castro." 

Telégrafo Nacional. — De El Tinaco, el 10 de febrero de 1902. — Las 4 p. m. 

Señor General Castro. 

Caracas. 

Con la mayor satisfacción participo a usted que acabo de recibir 
aviso de que en ''Las Galeras" punto que dista diez leguas de esta plaza, 
fué capturado hoy en la mañana por parte de mi oficialidad el general 
Luis Loreto Lima, el cual fue encontrado herido en un rancho y abando- 
nado de todos sus compañeros. Esta tarde de cinco a seis llegará dicho 
prisionero a este campamento. Al hacer a usted esta participación, me 
atrevo a asegurar a usted que la paz tanto tiempo perturbada por este 
afamado lancero en las pampas venezolanas, será de hoy en adelante 
un hecho incontrovertible. 

También ha sido capturado el general Froilán Rarreto. 

Su amigo, 

J. V. GÓMEZ. 



— 84 — 

(párrafo de un telegrama) 

"Telégrafo Nacional. — De Caracas a Tinaco, el 11 de lebrero de 1902. 

Señor General J. V. Gómez. 

Tinaco. 

Recibido telegrama: 

Lo felicito por la captura del bandido de Loreto Lima, y por haber 
tocado a usted la satisfacción de devolver a los Estados del Centro la 
paz tan deseada. 

Cipriano Castro." 



(párrafo de un telegrama) 
"Telégrafo Nacional. — De Caracas al Tinaco, el 12 de febrero de 1902. 
General J. V. Gómez. 

Tinaco. 

Triste es que de los Jefes con fuerzas boy en actividad en el centro 
de la República, tan sólo haya de tener fe absoluta y confianza ciega 
en un solo hombre, que es usted, y así se explica que cuando yo quiero 
acabar con una facción y obtener resultados rápidos y satisfactorios, 
haya de moverlo a usted como decía en una ocasión el Padre Caicedo, 
que el Obispo lo tenía como pelota de caucho, moviéndolo para un lado 
y otro. 

La culpa, pues, no es mía sino de usted y sus compañeros que son 
los que me dan resultados efectivos: aguante, pues. 

Cipriano Castro." 



(párrafo de una carta) 

"Abril 26 de 1902. 

General Juan Vicente Gómez. 

La Guaira. 

Estaba escrito en uno de los misteriosos e inescrutables destinos 
de la Providencia, que a usted, el hombre más abnegado y patriota y el 
mejor servidor de la Causa Liberal Restauradora, y a sus bravos y va- 



85 



lientes tenientes, había de tocar en suerte la pacificación de toda la Repú- 
blica en la más grande y poderosa de nuestras guerras civiles. 

Cipriano Castro*'. 



El 12 de octubre de 1902 le llegó al General Gómez telegrama de 
La Victoria en que Castro con urgencia le pedía un batallón, pero el 
General Gómez, penetrado de lo que tenía entre manos, dio a aquel tele- 
grama la siguiente contestación: 

Telégrafo Nacional. — De Caracas a La Victoria, el 12 de octubre de 1902. 

General Castro. 

La Victoria. 
Recibido. 

No creo que sea un batallón el que deba de mandarle, sino que 
debo salir yo con mil hombres que tengo disponibles, dejando como dejo, 
esta plaza resguardada con los batallones "Marino" y "Cojedes". En Los 
Teques, punto importante, dejaría al general González Pacheco con las 
fuerzas de Moros en "Pan de Azúcar" y los 150 oficiales de Paulino To- 
rres, que valen por dos batallones; y en "El Guayabo" quedaría el gene- 
ral Adolfo Méndez con sus fuerzas. 

Con estas fuerzas, la artillería y el parque suficiente que llevo, tri- 
turo lo que se me atraviese, y le caigo al enemigo por retaguardia do- 
minándolo. 

Espero contestación. 
Su amigo, 

J. V. GÓMEZ. 



Telégrafo Nacional. — De Caracas a La Victoria, el 12 de octubre de 1902. 
General Castro. 

La Victoria. 
Recibido. 

Muy contento estoy por haber aprobado usted la operación que le 
consulté, pues los mil hombres que llevo valen por un ejército, y su ofi- 
cialidad por una legión. 

Salgo en tren expreso a las 6 a. m. 
Su amigo, 

J. V GÓMEZ. 



— 86 — 

Todos sabemos cuáles fueron los resultados posteriores a los dos 
telegramas anteriormente insertados. Como lo hemos dieho en el co- 
mentario hecho a la Batalla de La Victoria, se debió el éxito de ésta al 
refuerzo de los mil hombres y parque abundante con que voló el General 
Gómez a aquella plaza a salvar la situación. Después de los asaltos diri- 
gidos por el General Gómez contra las posiciones enemigas, asaltos que 
culminaron con el de El Copey, y después de haber barrido éste con las 
puntas de sus bayonetas a las tropas adversarias, el mismo general Cas- 
tro hizo constar que el General Gómez había sido el predestinado a ven- 
cer en La Victoria como lo había sido para triunfar en todas parles. 



Compagine Francaise des Cables Télégraphiques. — De Coro a Caracas, el 
(j de junio de 1903. 

Las Adjuntas: 4 de junio. 

Para General Cipriano Castro. 

Caracas. 

Tengo la satisfacción de participarle que al tercer día de haber 
pisado el Estado Falcón di alcance y batí a los generales Matos, Riera y 
Lara en "Matapalo". El día 2, a las 8 de la noche, asalté el campamento 
enemigo con dos batallones y desde esa hora hasta las 6 de la tarde de 
ayer en que el enemigo, al empuje formidable del batallón "Gómez", se 
declaró en completa derrota, se combatió reciamente. Tenemos que la- 
mentar la muerte de varios oficiales y tropa, pero mayores han sido las 
pérdidas del enemigo, cuya persecución sigo activamente, para dejar se- 
llada la paz del Estado Falcón y la de la República. 

Lo abraza su amigo, 

J. V. GÓMEZ. 



Compagnie Francaise des Cables Télégraphiques. — De Caracas a Coro, 
el 6 de junio de 1903. 

General Gómez. 

Coro. 

Recibido. Felicito al heroico batallador junto con sus valientes y 
abnegados atletas de la Causa Liberal Restauradora. Felicito al vencedor 
en todas partes, predestinado para ser el Pacificador de la República. 

Ninguno con más títulos que usted que ha sido el Salvador del Sal- 
vador. Me enorgullezco de ello porque la Providencia se ha encargado de 
corresponder a quien yo no podía hacerlo dignamente. 



— 87 — 

Loor a los bravos y verdaderos patriotas que han sucumbido en la 
lucha, y salud a los sobrevivientes que deben continuar en el camino 
trazado para hacer la felicidad y engrandecimiento de la República. En 
su nombre, mi eterna gratitud. 

Su amigo, 

Castro. 



De propósito hemos separado los tres documentos siguientes, para 
finalizar con ellos esta obra : Telegrama del General Gómez al Presi- 
dente Castro participándole la expugnación de Ciudad Bolívar; tele- 
grama de éste en contestación al anterior, y carta del General Gómez al 
general Castro fechada el 24 de mayo de 1906. Al singularizar estos docu- 
mentos es porque ellos son, digámoslo así, la prueba plena de la desleal- 
tad del general Cipriano Castro y proclamarán perennemente cuál fué 
la recompensa que éste dio al esforzado compañero de armas por todas- 
las penalidades, los peligros afrontados, los esfuerzos inauditos y la he- 
roica constancia con que estuvo peleando a los revolucionarios por es- 
pacio de diez y nueve meses hasta aniquilarlos, afirmándolo con mano 
vigorosa en la silla presidencial. 

Conceptuosa es la participación que hace el General Gómez al 
Presidente Castro del triunfo espléndido obtenido en Ciudad Bolívar. En 
esas breves palabras, características del lenguaje del vencedor, que no 
expresa sino lo necesario, dejando a los hechos la explicación de lo acce- 
sorio, está condensada toda su obra, la inmensa obra de haberle devuelto 
la paz a la República en más de año y medio de recio combatir. 

¿Quién podía disputarle al General Gómez esa gloria? 

No sería ciertamente ninguno de los tenientes del general Castro 
quien osara disputársela, pues es bien sabido que todos ellos fué con 
suerte varia como se enfrentaron al enemigo : vencedores un día, lo eran 
para ser vencidos en otras ocasiones; ni tampoco sería el mismo Presi- 
dente Castro en campaña, pues ya lo hemos visto fracasar en Flores y 
Mal Paso, combates en los cuales pelea por primera vez sin tener a su 
lado al General Gómez, y lo hemos visto también próximo a rendirse en 
La Victoria y pidiendo auxilios a su noble e infatigable salvador, que se 
los prestó de la manera eficaz que reseñamos en el capítulo correspon- 
diente de esta obra. 

El pacificador auténtico era el General Juan Vicente Gómez y el 
primero en reconocerlo fué el general Cipriano Castro, cuando todavia 
no se encontraba poseído de la envidia satánica de que luego dio mues- 
tras inequívocas y que le llevaría de desatino en desatino hasta permitir 



— 88 — 

la acechanza criminal. "Esa gloria no se la podía disputar nadie al gi- 
gante venezolano, cuyo sólo nombre es capaz para someter ejércitos", 
son palabras del general Castro al General Gómez, en su telegrama en 
que contesta la participación del insólito triunfo de Ciudad Bolívar. 

El gobernante salvado del desastre es presa de una inmensa ale- 
gría al saber que ya no perdería las delicias de la Presidencia de la 
República y no vacila en reconocer los méritos indiscutibles del bravo 
paladín de aquella jornada. Todo ese telegrama del general Castro es la 
expresión de la verdad en que se rinde homenaje al que era a la vez el 
más humilde y el más grande de los defensores del orden de cosas exis- 
tentes, pero tanta expresión sincera del momento, tanto arranque efusivo 
de gratitud consignado sólo en unas carillas de papel, no fueron obs- 
táculos para que el general Castro maquinase todo aquel ridículo pro- 
ceso de su propia Aclamación, que comienza con la falaz renuncia con- 
tenida en el manifiesto del 23 de mayo de 1906 y termina con la aparatosa 
entrada a Caracas el 5 de julio del propio año. 

Esa Aclamación, hecha toda por el mismo general Castro desde sus 
residencias de placer en La Victoria y Los Teques, esa fingida renuncia 
y esa entrada a Caracas en medio de una pompa de César de carnaval, 
no tuvieron otro móvil en la mente siniestra de aquel envidioso que el 
de hundir en el concepto público al héroe magnánimo que le quitaba el 
sueño y le amargaba el goce de las bacanales con su fama justísima de 
varón prudente, fuerte y austero. 

Esa fué la recompensa que Castro venía meditando dar a quien 
— según sus mismas frases — era cabeza y brazo de la obra más porten- 
tosa, por difícil, que realizarse pudiera para la salvación de un pueblo. 

Mas no contó el general Castro con la gratitud de ese mismo pue- 
blo, que es firme en sus afecciones y que no devuelve con males el bien 
recibido. Los venezolanos se burlarían de toda aquella aclamación de 
farsa, de aquel desinterés mentiroso y de aquella entrada teatral a Ca- 
racas y en secreto, para no despertar la suspicacia del tirano ni sufrir 
su ira — se prepararían para hacer una verdadera Aclamación al perso- 
naje político que estaba destinado a realizar desde las cimas del Capito- 
lio la obra portentosa de la salvación nacional. 

La admirable carta pública del General Gómez, que insertamos en 
tercer lugar entre todos los documentos que siguen, fué motivada por el 
manifiesto del general Castro, ya citado. 

El hombre honrado que se había jugado la vida en los combates 
para sostener el Gobierno de un compañero a quien venía prestando ser- 
vicios valiosísimos desde hacía muchos años; el patriota que había aban- 
donado la tranquilidad de su hogar provinciano e invertido un patrimo- 
nio adquirido por medio del trabajo para hacer triunfar una Causa que 



— 89 — 

creyó buena; el ciudadano benemérito que había pasado por todos los 
cargos altos de la República siendo siempre fiel a todos sus compromisos; 
el amigo consecuente basta el sacrificio, que hasta entonces había venido 
imaginándose leal la amistad de un malhechor, necesariamente tuvo que 
sorprenderse con la alevosía que entrañaba toda aquella treta de la re- 
nuncia del general Castro y de ahí que produjera ese admirable docu- 
mento público, escrito al día siguiente del manifiesto en referencia. 

Ese Manifiesto y esa carta establecen las diferencias esenciales que 
hay entre los dos hombres: entre el General Gómez y el general Castro. 
El primero, abnegado y noble siempre; libre de las influencias de la 
ambición, lleno de grandeza moral, y sin embargo, humilde; con una 
historia brillante de éxitos guerreros como los de Urucure, La Victoria, 
El Guapo, Barquisimeto, Mata Palo y Ciudad Bolívar y de triunfos en 
el civismo obtenidos en su actuación como Gobernador del Distrito Fe- 
deral y Presidente de la República, pero no obstante desprovisto de va- 
nidades, republicano en todos sus procedimientos, fiel a la palabra em- 
peñada y manteniendo hasta entonces un culto de amistad invariable 
al compañero veleidoso a quien nada debía pero contra quien tenía una 
acreencia inmensa de beneficios. El segundo, ferozmente envidioso y mez- 
quino, poseído de ambiciones desatentadas, reveladoras de un principio 
de desequilibrio mental, maniático de grandezas con una megalomanía 
que diariamente lo sitúa en el terreno de lo ridículo, con una leyenda de 
glorias militares que quedó destruida en los ya citados combates de 
Flores y Mal Paso; administrador pésimo que no hizo sino crear deudas 
enormes a la República como la de los millones de los Protocolos de 
Washington y que al irse para Europa dejó el tesoro nacional en banca- 
rrota y a las industrias nacionales arruinadas; enemigo de la democracia 
cuyos principios y prácticas escarneció constantemente, infidelísimo en 
el cumplimiento de sus promesas; el hombre, en fin, que a raíz de la 
victoria de Ciudad Bolívar se exhibe con una gratitud infinita hacia el 
General Gómez y el 23 de mayo de 1906 trata de anularlo como hombre 
público en pago a todos los favores recibidos. 

No hemos tratado de hacer comparaciones entre el General Gómez 
y el general Castro. Nó; la hombría de bien del uno y la felonía del otro 
no permite esa clase de paralelos. Hemos querido, sí, — y lo hemos logra- 
do — confirmar al lector en el juicio sereno que sin duda tiene formado 
acerca de los dos hombres, pues, no existe venezolano que ignore los 
grandes servicios hechos a la Patria por el General Juan Vicente Gómez 
y la manera inicua con que fueron apreciados esos servicios por el gene- 
ral Cipriano Castro. 



13 



— 90 — 

Telégrafo Nacional.— De Soledad a Caracas, el 21 de julio de 1903.— 
Las 12 ni. 

Señor General Castro. 

El 21 de diciembre de 1901 salí de esa capital con un grupo de va- 
lientes a someter al general Luciano Mendoza, primer alzado contra las 
instituciones de la República. Hoy, después de cincuenta lloras de san- 
grienta batalla, tengo el honor de poner a su disposición esta plaza, úl- 
timo baluarte de la rebelión. 

Lo felicito por el afianzamiento de la paz en Venezuela. 

Detalles irán después. 

Su amigo, 

J. V. GÓMEZ. 

Nota. — Fechado hoy en Ciudad Bolívar. 



Telégrafo Nacional. — De Caracas, el 21 de julio de 1903. 

General Juan Vicente Gómez. 

Ciudad Bolívar. 

Acabo de recibir su importante parte en que me da cuenta de la 
toma de esa ciudad, después de cincuenta horas de sangrienta y ruda 
batalla. 

Por tan trascendental suceso, en nombre de la República, en mi 
propio nombre y en el de todos mis amigos, que lo son suyos también, 
felicito a usted muy calurosamente y por su órgano a todos y a cada uno 
de sus valientes cuanto abnegados y heroicos compañeros. 

El hombre que desde el 21 de diciembre de 1901, con tan buen su- 
ceso, viene luchando por la salvación de la República, de sus institucio- 
nes, de su Jefe y de los grandes y sagrados intereses de la Causa Liberal 
Restauradora, no podía menos que terminar con golpe ruidoso, por atre- 
vido y audaz, con el último baluarte que tuvo la Revolución más inicua, 
infame y criminal que registrarán los anales bistóricos de las Naciones 
civilizadas del orbe!! 

Esa gloria no se la podía disputar nadie al gigante venezolano, 
cuyo solo nombre es capaz para someter Ejércitos, a la vez que prenda 
de seguridad de que en su campamento no se albergan sino la razón, la 
justicia y la equidad, para que así como sirve de antemural contra los 
enemigos de la República, ampara, protege y defiende la inocencia y 
la virtud. 



— 91 — 

Así que cuando en los infinitos arcanos de la Providencia plugo 
a Dios salvar a Venezuela del desbarajuste, del desorden y del caos en 
que venía, ya lo había destinado a usted para ser a la vez cabeza y brazo 
de la obra más portentosa, por difícil, que realizarse pueda para la sal- 
vación de un pueblo. 

Yo, eterno enamorado de todo lo bueno, de todo lo grande, de todo 
lo sublime y de todo lo que relacionarse pueda con la vida espi- 
ritual y moral de la humanidad, especialmente en lo que se roza con el 
espíritu de justicia y de equidad, en la marcha ya de las sociedades, ya 
de los pueblos y ya del individuo mismo, no puedo menos que sentirme 
orgulloso de que usted, a la vez que el más humilde, el más grande de 
todos los servidores que ha tenido hasta hoy la Causa Liberal Restau- 
radora, que es como si dijéramos la Causa de la verdad y del porvenir 
venturoso de la Patria, haya sellado, infatigable, el horroroso expediente 
de nuestras guerras civiles, de todas nuestras desgracias y de todas nues- 
tras desdichas! Es, por decirlo así, como si en esta vez estuviera encarna- 
da la honra del Padre en la gloria del Hijo. 

Permítame, pues, abrazarlo a usted y en usted a todo ese Ejército 
de héroes y abnegados patriotas. 

Cipriano Castro. 



Caracas : 24 de mayo de 1906. 
Señor General Cipriano (lastro, etc., etc., etc. 

La Victoria. 
Estimado amigo : 

Voy a hablarle con el corazón como su antiguo y leal amigo, y al 
decirle ésto, sé bien que usted me creerá. 

He visto con pena su Manifiesto de ayer, porque en él deja usted 
entender que a mí me ha impresionado mal la idea de la Aclamación. 
Verdaderamente lia sido para mí una gran mortificación imaginarme si- 
quiera que hayan podido llevar a su ánimo la desconfianza de que me 
haya tentado el demonio de la ambición. 

Jamás he tenido el deseo de ser político. Fué usted quien me hizo 
salir de mi hacienda y entrar a la vida pública, y al contraer las graves 
obligaciones que ese paso me imponían, sólo me guió, como único móvil, 
mi gran cariño, mi sincero afecto por usted. ¿Podré yo ser tan feliz que 
esta afirmación de mi conciencia de hombre honrado merezca su apro- 
bación y que al leerla diga : es verdad? Tengo la íntima convicción de que 
así sucederá, y por esta razón estoy completamente tranquilo. 



— 92 — 

Veo, mi querido General, que hoy, dados los acontecimientos que 
se han presentado, sin culpa suya ni mía, es absolutamente inconveniente 
mi presencia en el Poder y mi intervención en la política del País. Mi 
nombre y la modesta pero honrada posición que he adquirido en Vene- 
zuela, nada valen para mí : ellos estarán siempre subordinados al noble, 
al grande interés de la Patria y la consecuencia que debo a usted como 
Jefe de la Causa Restauradora y como mi amigo y mi compañero de 
muchos años. 

Venga usted a hacerse cargo del Gobierno y a fijar el rumbo que la 
República deba seguir. Yo tengo ya suficientes decepciones en mi alma 
de patriota para poder resistir esta lucha, lucha más terrible que la de 
los campamentos, y a la cual he venido únicamente por acatar un llama- 
miento de usted. 

Retirado a la vida privada, libre de todo compromiso con los que 
se disputen el mando en Venezuela, trabajaré para mi familia y gozaré 
siquiera de tranquilidad, que es ya la única aspiración que me queda. 
Pero, sí me creo en el deber de suplicar a usted muy encarecidamente, 
protección decidida para mis amigos, que son también suyos, y a quie- 
nes exigiré el apoyo leal a su Gobierno como una necesidad de la Causa 
y de la Patria. 

Le agradeceré venga a esta Capital lo más pronto que le sea posi- 
ble, porque comprendo la urgencia que hay de calmar la excitación que 
se ha producido y (pie si continuara causaría grandes males a la Repú- 
blica. 

Su amigo de siempre, 

J. V. GÓMEZ. 




/' 







¿geeitzeooo 




T1IH 13dVH0 IV O'N dO AJ.ISH3AINÍ1